Bollería industrial
El dónut está inquieto porque es improbable que, a estas horas, entre un señor que no haya desayunado aún y pida una pasta.
Un cliente, sentado en un taburete, lamina con el tenedor una ración de tortilla gruesa y va depositando los trozos sobre unas rebanaditas de pan.
Entra otro señor, conocido del propietario, y pide otra ración de tortilla con rebanaditas. El dónut se desespera.
–Otra oportunidad perdida. Más valdría haber nacido ensaladilla rusa.
En la vitrina de al lado una bandeja de ensaladilla rusa, aplanada con espátula, sin tocar.
Cuando acabe el día, el propietario retirará la ensaladilla de la barra y la guardará en la nevera.
Mañana la volverá a colocar en la vitrina y quizás habrá alguien que no se dé cuenta de que lleva días allí y se encapriche de ella.
Uno de los cruasanes de mantequilla, que no ha perdido la esperanza, saca pecho: –Muy dulces os veo, el uno cubierto de azúcar glaseado y el otro de chocolate negro.
Yo, en cambio, podría ser una buena merienda.
El propietario me cortará transversalmente, me rellenará con queso y jamón de York, me pasará por la sandwichera y seré un bocadillo delicioso.
Entra un señor que, con la excusa de un café, pide una copa de coñac.
Va pasando la tarde y, en el interior de la vitrina, el dónut, los dos cruasanes de mantequilla y el de chocolate parecen sentados en el banco de los jubilados.
Cuántas ilusiones perdidas desde esta mañana, cuando, recién encendida la cafetera, O’Xestal se llenaba con el zumbido del tubo de vapor que se introduce en la jarra para calentar la leche.
Qué prometedores parecían los golpes de los portafiltros que iban escupiendo café en el cajón de los posos y el río de gente que ordenaba dónuts, cruasanes de mantequilla y cruasanes de chocolate: el propietario los sacaba directamente de una bandeja.
Iban saliendo sin parar y parecía que pronto llegaría su turno.
Qué tristeza el destino de las pastas que ya no son útiles a la sociedad, rechazadas por viejas y secas.
–¡Cuánta injusticia! –grita el cruasán de chocolate.
Un tipo que ya lleva tres cervezas encima lo oye, pero piensa que no puede ser.
A las ocho menos veinte el propietario empieza a recoger el bar. Llega una chica con una Brompton y se lleva las cuatro pastas por un euro.