Cerillas Garibaldi Casi a la manera de Henry James
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Casi a la manera de Henry James

La cita era a las once en punto, acudimos en calesa.

Mi amiga bibliotecaria del castillo de Kraft quiso acompañarme, atraída por la fama de los incunables.

La casa de nuestro huésped flanquea el camino real, junto a la manufactura que ha traído el progreso a la región.

Es un hombre de una curiosidad universal, muy irónico.

En uno de los pasillos, se exhibe un retrato suyo en la bañera, jugando con su hija: el pelo desordenado y la barba negra.

Sería un retrato inadecuado de no ser por la naturalidad y la simpatía de este hombre admirable.

La casa da la espalda al camino real: más que abrirse al exterior, la fachada protege del estruendo de carros y trabajadores de la manufactura.

Aquí el doctor vive encerrado en su mundo, con libros y manuscritos que fue reuniendo a lo largo de los años, recuperándolos de monasterios desamortizados y mansiones caídas.

En estos tiempos terribles, nuestro huésped ha coleccionado los libros que hablan de las costumbres y del saber de los antiguos.

Nos invita a pasar a una habitación reservada donde ha reunido decenas de ediciones de Kuifje, el famoso aventurero: sus viajes a Oriente, al África negra, las fantasías del viaje a la Luna.

Mi amiga bibliotecaria del castillo de Kraft está tan admirada que no deja de pedirle ediciones, cada vez más raras.

Nuestro huésped la complace, pasando las páginas de libros iluminados, ediciones únicas perfectamente conservadas, que va sacando de los estantes.

En uno de los trayectos por la casona veo, enmarcadas, unas grandes composiciones de estampas: las primeras impresiones fotolitográficas que representaron damas con vestidos de volantes, flores de jardinería, perros y gatos.

Las imágenes están troqueladas y montadas en unos grandes cuadros multicolores.

El efecto es magnífico. Las reconozco enseguida: hace muchos años había visto esos cuadros que nuestro huésped compró en un anticuario.

Fui un joven de familia modesta. Mis padres me enviaron a servir a una posada.

Algunos clientes conversaban conmigo y me confiaban sus cuitas.

Uno de ellos, el señor Quián, me invitó a visitarlo, al terminar el verano.

En aquella época, era poco frecuente mezclar distintos ambientes.

Resultaba muy extraño estar en casa de aquel señor, en la ciudad de Resma.

Durante el invierno, el señor Quián se dedicaba a recortar fotolitografías y a componerlas en unos cuadros que mandaba enmarcar: consagró a esta actividad los últimos años de su vida.

Y ahora aquellas composiciones estaban en casa de nuestro amigo, que nada sabía del esfuerzo, la obsesión y la tristeza de aquel hombre venerable.

Este olvido me impresionó. Así pues, los miles de volúmenes de la biblioteca de nuestro huésped eran como los cuadros del señor Quián, cada uno con su historia.

La única diferencia era que los incunables y los volúmenes de las aventuras de Kuifje no me tenían a mí para recordarla.

Me sentí desfallecer. Nuestro amigo advirtió mi palidez y nos ofreció una copa de Porto.