Caperucita. La cara B El despacho
65%

El despacho

El despacho

«Hay cosas que pueden arreglarse aunque lleguen tarde. No siempre. Pero a veces.»

El despacho del Comisario a las once de la noche tiene una luz distinta que de día.

No por la iluminación —era la misma lámpara de escritorio que llevaba diez años en la misma esquina de la misma mesa— sino por la calidad del silencio que la rodea.

De día, el despacho tenía el ruido de fondo de una comisaría en funcionamiento: pasos, teléfonos, conversaciones en el pasillo.

De noche todo aquello desaparecía y quedaba solo el sonido de la calefacción y, de vez en cuando, la lluvia contra el cristal.

Antonio Vidal llevaba diez años en aquel despacho.

Lo había pedido con ventana al norte y se lo habían dado sin entender por qué, porque las ventanas al norte no las quiere nadie: no entra sol nunca, en invierno se enfría el cuarto y en verano da una luz gris que envejece los papeles.

Vidal las quería exactamente por eso.

Desde aquella ventana se veía un tramo de la muralla iluminado, la escalera de piedra que sube al adarve, y en las noches de lluvia el brillo de las losas de arriba.

Había subido a caminarla, en diez años, unas cuatrocientas veces.

❖

A las siete y cuarenta le habían dado la novedad por teléfono. Lo había cogido de pie, con el abrigo puesto, a punto de irse.

—Comisario, perdone. Ha entrado una detenida por requisitoria y dice que le avisemos.

—¿A mí?

—Da su nombre. Carmen Lodeiro.

Vidal se quedó quieto tres segundos con el abrigo en la mano.

—¿La han identificado?

—Sí, señor. Coincide.

—Voy.

Colgó. Se quitó el abrigo. Lo dejó en el perchero.

Y estuvo sentado en su despacho una hora y diez minutos sin hacer absolutamente nada, que era la primera vez que le pasaba en treinta y cinco años de servicio, antes de bajar.

❖

Lo que hizo después fue perfectamente legal y absolutamente irregular, que es una combinación que existe y que es exactamente la que mejor representaba a la justicia.

Ordenó que le subieran a la detenida al despacho para una entrevista.

No hay ninguna norma que lo prohíba. Un comisario puede entrevistar a una detenida en su despacho.

Se hace. Lo que no se hace es a las once de la noche, sin instructor de las diligencias presente, sin motivo consignado, y sin que la detenida tenga nada que ver con ningún asunto de la Comisaría Provincial de Lugo.

Y mucho menos si el comisario mantuvo con esa detenida, veinte años atrás, una relación que no comunicó nunca a nadie.

Vidal lo sabía mientras lo ordenaba.

Lo escribió después, de su puño, en el propio expediente, con una frase que Soria leyó tres veces:

Lo ordené sabiendo lo que ordenaba.

❖

Entró con las esposas puestas.

Vidal le dijo al funcionario que se las quitara y que esperase fuera, y el funcionario, que tenía veintiséis años y llevaba ocho meses en el destino, hizo las dos cosas sin preguntar, y por eso lo llamaron a declarar dos veces.

La puerta se cerró.

Y en aquel despacho quedaron un hombre de cincuenta y ocho años de pie junto a la ventana y una mujer de cincuenta y nueve sentada en una silla de visita, con las muñecas marcadas, veinte años después.

Estuvieron un rato sin hablar.

No era un silencio incómodo. Era de los otros: el silencio de las personas que se conocen lo suficiente como para que no todo necesite decirse.

—Has envejecido bien —dijo Carmen.

—Tú también.

—Yo he envejecido en la cárcel, Antonio. No he envejecido bien. He envejecido conservada, que no es lo mismo. —Se frotó una muñeca—. Allí no hay sol, no hay disgustos nuevos y se come mal pero a la misma hora. Es lo que es, el precio a pagar.

Vidal se rió. Le salió a la primera y le sorprendió a él más que a ella.

—¿Puedo sentarme? —dijo, y se dio cuenta a la mitad de la frase de que estaba en su propio despacho.

—Es tu silla.

Se sentó.

❖

—¿Por qué has venido a Lugo? —dijo.

—A verte.

—Podías haber llamado.

—Sí. —Carmen lo miró—. Y tú podías no haber cogido el teléfono, y entonces yo me habría quedado sin la única cosa que he venido a pedirte y además lo habría sabido. Así es mejor. Así estás obligado a mirarme a la cara.

—Nunca has hecho nada sin calcular.

—Nunca.

—¿Y lo de dejar que te detuvieran también estaba calculado?

—Eso sobre todo. —Se encogió de hombros—. Setenta y dos horas. Mi abogado lo arregla el jueves. Y a cambio, en una hora estoy sentada delante de ti sin haber tenido que pedir cita.

Vidal la miró un momento largo.

—Sigues siendo la persona más inteligente que he conocido en mi vida.

—Eso no es un cumplido, es un diagnóstico.

—Ya.

❖

Fue derivando, como derivan las conversaciones de las personas que tienen mucho que decirse y que han aprendido que los temas importantes no se abordan de frente sino de lado.

Hablaron de la ciudad. Ella le contó lo de la muralla y él le explicó, con un entusiasmo que le salió sin querer, que era la única del mundo que se conservaba entera, y ella le dijo que ya lo había notado.

Hablaron de Lucía. Vidal le contó que se había casado a los cuarenta y seis, que su mujer era profesora de matemáticas, que había sido buena persona y que había muerto de un cáncer de pulmón que tardó dieciocho meses en hacer lo que hizo.

—¿Fuiste feliz?

—Sí —dijo Vidal—. Dentro de lo que cabe.

—Bien.

—¿Lo dices en serio?

—Completamente en serio. No habría querido que fueras infeliz. —Pausa—. Habría preferido que fueras un poco menos feliz que si hubieras estado conmigo, pero eso ya es vanidad.

❖

Y en algún momento, sin transición, ella dijo:

—Estoy enferma.

Vidal no se movió.

—¿Cuánto llevas?

—Lo saben desde hace dos años. Lo tengo desde antes.

—¿Qué es?

Se lo dijo.

—¿Tratamiento?

—Empiezo la semana que viene. Si me dejan salir el jueves.

—¿Por qué no antes?

—Porque no quise empezarlo dentro. —Levantó una mano antes de que él dijera nada—. Ya sé lo que vas a decir y tienes razón y me da igual. Fue orgullo. Me ha costado catorce meses de los que tenía. Es la factura más cara que he pagado en mi vida y la firmé yo.

Vidal se levantó. Fue a la ventana.

Estuvo allí un rato mirando la muralla mojada.

—¿Por qué no me lo dijiste? —dijo.

—¿Antes cuándo? No ha habido una sola conversación entre nosotros en veinte años.

—Podría haberse sabido.

—¿Para qué?

La pregunta era genuina, no retórica. Ella lo miraba con esa expresión de quien quiere entender la lógica del otro, no contradecirla.

—No lo sé —admitió él—. Para... estar.

—Para estar —repitió ella.

Y se quedó callada, y por primera vez en toda la noche a Carmen Lodeiro se le movió algo en la cara.

—¿Sabes qué es lo que más me costó de la cárcel? —dijo.

—¿Qué?

—No la falta de libertad. Eso es lo que se dice siempre y no es lo peor. Lo peor es que no puedes elegir con quién estar. No puedes decir: esta noche necesito estar con alguien que me conozca de verdad. Tienes que estar con quien tienes que estar. —Pausa—. Diez años así.

—Lo siento.

—No lo sientas. Lo hice yo por razones que siguen siendo válidas.

❖

—Bueno —dijo Vidal al fin, volviéndose—. Dime a qué has venido.

Carmen respiró hondo una vez.

Y después, con la voz perfectamente controlada de quien ha ensayado esto doce días, dijo:

—Necesito que me escuches ocho minutos sin interrumpirme y sin ser policía. Y a los ocho minutos vuelves a serlo y decides.

—Carmen...

—Ocho minutos, Antonio.

Vidal se sentó.

—Adelante.

Y Carmen Lodeiro le contó lo del rumor. Le contó lo de la mujer del patio, lo de la Francesita, lo del pelo rojo, lo del gallego que se le escapó una noche a una chica que decía ser francesa.

Le contó que había contratado a un hombre.

Le contó para qué lo había contratado, sin adornos y sin buscar en ningún momento que sonara mejor de lo que era, porque no había ido allí a que la absolvieran.

Y le contó lo que hacía falta si el rumor era verdad: una mujer de treinta años sin papeles, sin identidad, sin nada, a la que había que sacar de un sitio y después sostener.

Cuando terminó, se hizo un silencio muy largo.

Vidal tenía las dos manos sobre la mesa.

—¿Sabes lo que me estás pidiendo?

—Perfectamente.

—Me estás pidiendo que ponga los medios del Estado a disposición de una operación que ha empezado con un homicidio por encargo tuyo.

—Sí.

—Y que además no lo denuncie.

—No —dijo Carmen—. Eso no te lo he pedido. Denúncialo cuando quieras. Denúncialo mañana. Yo ya estoy detenida y me quedan meses. —Se inclinó un poco hacia delante—. Lo que te pido es una sola cosa, y es esta: que si esa chica existe, no la pierda otra vez el sistema. Nada más.

—¿Y por qué yo?

Carmen lo miró.

—Porque tú la conociste —dijo—. Eres la única persona viva, aparte de mí, que la conoció.

Y ahí se le rompió por primera vez la voz, medio segundo, en la palabra conoció .

Se recompuso inmediatamente.

Pero fue medio segundo, y Antonio Vidal llevaba veinte años esperando algo así sin saber que lo esperaba.

❖

Se levantó.

Fue a la ventana. Miró la lluvia cayendo sobre la muralla iluminada, los dos mil metros de piedra cerrando un círculo alrededor de una ciudad que estaba durmiendo.

Pensó, en aquellos treinta segundos, en las siguientes cosas y en este orden: en treinta y cinco años de servicio; en una carrera limpia; en una pensión; en el juramento; en un miércoles por la mañana, hace veinte años, en un despacho de Vilagarcía, con once documentos sobre una mesa y una línea escrita a lápiz que decía tiene una hija pequeña ; y en una niña de nueve años en la puerta de un piso preguntándole qué tipo de amigo era.

Después se giró.

—El número —dijo.

—¿Qué?

—El número desde el que te llama ese hombre. Dámelo.

Carmen lo miró un segundo.

—Antonio.

—No —dijo Vidal—. Ahora ya no. Ahora ya soy policía otra vez. —Cogió el teléfono de la mesa—. Voy a hacer una llamada.

❖

❖