La fotografía
La fotografía
«Todo tiempo pasado fue anterior.»
Condujeron once minutos sin decir nada.
Luna iba en el asiento del copiloto, ligeramente inclinada hacia la ventanilla, con los brazos cruzados y los ojos en la carretera oscura. No era una postura defensiva. Era la postura de alguien que piensa mejor con algo sólido a la espalda.
Estaba haciendo lo que siempre hacía cuando necesitaba entender a alguien: observar, catalogar, sacar conclusiones provisionales que podrían revisarse con más información.
Observó: manos al volante, firmes, sin rigidez. Expresión neutra pero no forzada. Respiración regular. Ni una sola mirada de más al retrovisor. El tipo de calma que viene del hábito, no de la naturaleza.
Conclusión provisional: este hombre ha estado en situaciones peores que esta y ha aprendido que el pánico es ineficiente.
Segunda conclusión, menos tranquilizadora: todavía no ha decidido qué hacer conmigo.
—¿Cuánto tiempo llevas en esto? —preguntó, por decir algo, porque el silencio jugaba en su contra.
—Suficiente.
—¿Y qué se siente?
Él giró la cabeza un momento.
—¿Quieres una respuesta honesta o una tranquilizadora?
—Las tranquilizadoras me las sé todas.
—Nada —dijo el Cazador—. Normalmente nada. Es como cualquier trabajo. Los días buenos son los que no hay que pensarse mucho después.
—¿Y hoy?
—Hoy tiene una complicación que no estaba en el presupuesto.
—Yo.
—Tú.
Luna asintió despacio.
—Ya.
❖
Fue entonces cuando vio la cartera.
Se le había caído a él del bolsillo interior de la chaqueta al asiento cuando la había pasado hacia atrás, al subir al coche, y había quedado abierta a medias entre los dos asientos, con la parte de las fotos hacia arriba.
Luna la miró tres segundos.
Y después, sin pensarlo mucho —o pensándolo exactamente lo suficiente, porque la información es lo único que no te pueden quitar—, alargó la mano y la cogió.
El Cazador no dijo nada. Lo vio por el rabillo del ojo y no dijo nada, cosa que después él mismo consideró la decisión más importante de aquella noche.
Dentro había un carné, dinero, una tarjeta de una gasolinera.
Y una fotografía.
Una fotografía.
Una fotografía.
❖
Era pequeña, con los bordes levemente amarilleados de las fotos que llevan mucho tiempo dentro de una cartera, impresa en un papel que no estaba pensado para esa clase de custodia y que lo soporta con más dignidad de la esperada.
Una niña de unos diez años. El pelo rojo recogido en dos trenzas irregulares, del tipo que se hacen los niños cuando se peinan solos. Un vestido azul. Y en los brazos, una muñeca de trapo, también con el pelo rojo, abrazada con la naturalidad de algo que se lleva siempre encima.
Detrás, unas escaleras de piedra bajando hacia el agua y una torre pequeña en un islote.
Sonríe directamente a la cámara.
Es la sonrisa de alguien que confía plenamente en la persona que tiene el objetivo apuntándole.
Luna la sostuvo con las dos manos y la miró con la misma concentración que ponía en todo lo que necesitaba entender.
Y dijo:
—Era muy guapa de niña.
El Cazador miró la carretera.
—¿Quién?
—La Francesita.
❖
Lo que ocurrió en el habitáculo de aquel coche en el segundo siguiente fue un cambio de temperatura.
No fue dramático. No hubo un frenazo, no hubo un grito. Fue el cambio que se produce en un sistema cuando recibe una variable que no estaba en el modelo.
—¿Qué has dicho?
—La Francesita. —Luna levantó la vista de la foto—. Es ella, ¿no? De pequeña.
El coche fue frenando.
No de golpe. Con suavidad y con inmediatez a la vez, el tipo de parada que no se anticipa porque no hay tiempo de anticiparla. Puso el intermitente —lo puso, y ese detalle absurdo Luna lo recordaría siempre— y se detuvo en el arcén, en un tramo de comarcal entre eucaliptos, y apagó las luces.
Se giró entero en el asiento para mirarla de frente, cosa que no había hecho desde que subieron.
Sus ojos, que Luna había catalogado como del tipo que no cambian fácilmente, tenían algo nuevo.
—¿La conoces?
—De verla. Estuvimos cuatro meses en el mismo local, hace dos años. En el Elvis.
—¿Por qué la llamáis así?
—Porque vino de Francia. Y porque no habla de dónde es. —Luna lo miraba con mucha atención—. ¿Por qué me preguntas...?
—¿Está viva?
La pregunta tenía un peso específico que Luna notó con la precisión de alguien que ha aprendido a leer el peso de las palabras.
Un hombre no pregunta si alguien está viva de esa manera.
—Hace tres semanas lo estaba —dijo despacio.
El Cazador cerró los ojos un segundo.
Fue el único gesto que hizo.
—¿Sabes dónde está ahora?
—En el Morgana, supongo. La compró Rodrigues hace un mes. Suele tenerlas allí una temporada antes de moverlas.
—¿Cuánto tiempo lleva en esto?
—Dos años que la conozco yo. Pero lleva muchísimo. Se le nota en los ojos y en cómo se sienta.
—¿Cuántos años tiene?
—Treinta. Puede que treinta y uno.
El Cazador miró al frente, a la carretera negra, y no dijo nada durante un tiempo suficiente para que el silencio se convirtiera en algo con peso propio.
Luna esperó.
Y después, porque ya no aguantaba más y porque había decidido en algún momento de los últimos cuarenta minutos que aquel hombre no iba a matarla, dijo:
—¿Me vas a contar qué está pasando?
❖
—A esa niña la secuestraron hace veinte años —dijo el Cazador—. Tenía diez.
—Ya.
—Su madre lleva veinte años creyendo que está muerta. Le mandaron la muñeca de la foto llena de sangre y ella lo creyó. —Pausa—. La madre es la persona que me ha contratado esta noche.
Luna procesó aquello.
—¿Para matar al del callejón?
—Sí.
—¿Y el del callejón es el que...?
—Sí.
—Joder.
—Sí.
Luna miró la foto otra vez. La niña del vestido azul y la torre al fondo.
—¿Y la foto por qué la tienes tú?
—Me la dio ella. Para que entendiera por qué pagaba lo que pagaba. —El Cazador se pasó una mano por la cara, que fue el primer gesto cansado que Luna le vio—. Y para que supiera que si el trabajo salía mal no había marcha atrás.
—¿Y no le has dicho...?
—No lo sabía. Hace diez minutos no lo sabía nadie más que tú.
Silencio.
—Su madre está viva —dijo Luna, y no era una pregunta, era una cosa que necesitaba oírse decir a sí misma en voz alta.
—Sí.
—Y no lo sabe.
—No.
❖
—¿Podríamos encontrarla? —dijo el Cazador.
Luna se giró hacia él.
—¿Nosotros? ¿Por qué nosotros?
—Porque tú sabes dónde está y yo puedo sacarla de donde está.
—No te pagan por eso.
—No.
—Entonces ¿por qué?
Él tomó la fotografía de las manos de Luna con un gesto que no fue violento sino cuidadoso, de quien recoge algo que tiene valor, y la volvió a meter en la cartera.
—Hay trabajos que se empezaron hace veinte años y que no terminaron bien —dijo—. No me gustan las cosas que no terminan bien.
Era una respuesta incompleta.
Los dos lo sabían.
Era también la más honesta que se podía dar en ese momento, que es el tipo de honestidad que cuenta.
Luna estuvo callada cinco o seis segundos.
Y después dijo la frase que puso todo lo demás en marcha, y la dijo mirando al frente, con una calma que a ella misma le sorprendió:
—El Morgana tiene un solo controlador entre semana y un pasillo con cuatro puertas.
—¿Cuándo? —dijo el Cazador.
—Ahora.
—Son las dos menos veinte.
—Por eso —dijo Luna—. A las cinco entra el turno de Rodrigues y no se puede. —Se giró hacia él—. Pero necesito cambiarme los zapatos. Estos tacones no son para operaciones de rescate.
El Cazador la miró un momento.
—Eso ha sido un chiste.
—Más o menos —dijo Luna.
Y él arrancó.
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