El callejón
El callejón
«El que no mira a la puerta es el que se siente seguro.»
Lo que el Cazador había aprendido en veinticinco años de oficio era que la diferencia entre los aficionados y los profesionales no está en las habilidades técnicas sino en la paciencia.
Y que la paciencia no es pasividad.
Es una forma activa de esperar: no simplemente aguardar, sino procesar mientras se aguarda toda la información disponible.
El ángulo de la cabeza del objetivo cuando habla.
El patrón de sus movimientos en el espacio.
Cuándo mira hacia la puerta —señal de que está pendiente de alguien—.
Cuándo no mira a ninguna parte concreta —señal de que se siente seguro.
Llevaba tres noches en aquel local.
Tres noches sentado en el mismo sitio de la barra, con un whisky que duraba una hora y media, mirando al frente.
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Luna lo había fichado la primera noche.
Es una cosa que las mujeres de aquel oficio hacen sin proponérselo y de la que dependen bastante: clasificar a los que entran en los primeros cuarenta segundos. Hay cuatro o cinco categorías y casi todo el mundo entra en una.
Aquel hombre no entraba en ninguna.
No miraba a nadie de la manera en que se mira en un sitio así, ni de la contraria, que es la de los que están incómodos.
No bebía deprisa ni despacio. No hablaba con el camarero.
Estaba sentado en la barra con el cuerpo ligeramente girado hacia el salón, que es una postura que Luna no supo interpretar hasta mucho después, cuando entendió que era la que permite ver la puerta por el rabillo del ojo sin mirarla.
La segunda noche se lo comentó a Sister.
—El de la barra.
Sister miró de refilón.
—Ya.
—¿Qué es?
—Policía no —dijo Sister—. Los policías se aburren y ese no se aburre.
—¿Entonces?
Sister se encogió de hombros y se fue a trabajar.
Pero a la una de la mañana volvió, le puso a Luna una mano en el brazo un segundo y le dijo, sin mirarla:
—Esta noche no te acerques a ese.
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La tercera noche, a las once y veinte, entró en el local una mujer de unos cuarenta años.
No era una clienta y no era del oficio, y eso lo notó todo el mundo en el momento en que empujó la puerta. Llevaba un abrigo bueno, se acercó a la barra, pidió una tónica que no bebió, estuvo cuatro minutos, y se fue.
En esos cuatro minutos, mientras cogía el bolso, dejó sobre la madera de la barra, a treinta centímetros del vaso del Cazador, un papel doblado en cuatro.
El Cazador no lo miró.
Siguió con los ojos en el salón hasta que la puerta se cerró y hasta que pasó un minuto entero.
Después estiró la mano, lo cogió sin mirarlo, y lo abrió por debajo del nivel de la barra.
Tres palabras.
Está dentro. Hoy.
Lo dobló otra vez. Se lo guardó.
Y por primera vez en tres noches, con un gesto que duró segundo y medio, sacó la cartera para dejar el dinero.
Luna, que estaba a cuatro metros, no vio lo que había dentro de la cartera.
Vio que la abría, que se quedaba mirándola un instante más de lo necesario, y que la cerraba.
Un hombre que mira dentro de su propia cartera antes de pagar es un hombre que está comprobando cuánto tiene.
Un hombre que la abre, se para y la cierra, está mirando otra cosa.
Luna lo archivó.
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El Gabacho salió a la una y cuarto.
El Cazador lo tenía calculado. Los hombres como aquel tienen horarios aunque no lo sepan: el cuerpo impone ritmos que la mente cree controlar y que son mucho más predecibles de lo que a nadie le gustaría admitir.
Había salido a la una y veinte la primera noche y a la una y diez la segunda.
El Cazador se levantó a la una y doce y salió por la puerta lateral.
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El callejón de detrás del Club de Moisés era un paso de servicio de cuatro metros de ancho entre el edificio y una tapia, con el contenedor de la basura, dos palés apoyados y un punto de luz: una farola en el extremo más lejano, en la carretera, que proyectaba más sombra que iluminación.
El Gabacho llevaba veintitantos metros andados hacia su coche cuando oyó el paso detrás de él.
Se giró.
El Cazador estaba a tres metros.
Y aquí ocurrió una cosa que el Cazador no había previsto y que le duró después bastante tiempo en la cabeza: que el Gabacho supo inmediatamente lo que era aquello.
No hubo desconcierto. No hubo el segundo de incredulidad que hay casi siempre, ese segundo en que la gente busca una explicación alternativa. El hombre miró al hombre que tenía delante y le cambió la cara de golpe, y lo que le apareció no fue sorpresa.
Fue reconocimiento.
Un hombre que lleva veinte años esperando algo y que por fin lo ve llegar.
— Elle —dijo.
No era una pregunta.
—Sí —dijo el Cazador.
El Gabacho cerró un momento los ojos.
—Espera —dijo entonces, y las manos se le levantaron solas—. Espera, podemos...
El Cazador no esperó.
El trabajo no admite negociación en esa fase. No porque él fuera cruel, sino porque la negociación a esas alturas es siempre una ganancia de tiempo para quien negocia y una pérdida de tiempo para quien ya ha decidido.
Lo hizo rápido, porque el Gabacho merecía morir pero no merecía que se prolongara, distinción que la mayoría de la gente no haría y que a él le parecía relevante desde un punto de vista estrictamente profesional: el encargo requería un resultado, no un dolor.
Quizás Carmen no lo entendía así.
El Gabacho cayó sin terminar la frase.
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Y en el extremo del callejón apareció una figura que no estaba calculada.
Una mujer joven. Zapatos de tacón. Vestido negro. Un cigarrillo sin encender en una mano y un mechero en la otra.
Los ojos muy abiertos.
Se miraron.
Y en los tres segundos que duró aquello, los dos hicieron el mismo cálculo simultáneo desde los dos lados: él, si dejo un testigo tengo un problema ; ella, si echo a correr tengo un problema mayor .
Fue ella quien habló primero.
—No he visto nada —dijo.
Su voz era firme para las circunstancias, lo cual el Cazador anotó como interesante.
—Sí lo has visto.
—Vale. —Luna tragó saliva una vez—. Pues lo he visto y no lo he visto. Depende de a quién se lo cuente.
El Cazador la miró durante dos segundos más.
Después dio dos pasos hacia ella. Luna no se movió, que fue lo que le salvó la vida, aunque ella no lo supo hasta tres años después.
—¿Cómo te llamas?
—Luna.
—¿Es tu nombre real?
—Es el único que uso.
Él señaló con la barbilla hacia la carretera.
—Tengo un coche ahí. Puedes subir o puedes quedarte. Si te quedas, la policía va a estar aquí en menos de quince minutos y vas a tener que explicar muchas cosas.
Luna miró al hombre del suelo. Después al que tenía delante.
—¿Adónde vamos?
—Todavía no lo sé.
—Menudo plan.
—¿Subes?
Luna tiró el cigarrillo sin encender.
Y antes de echar a andar, hizo una cosa que después le costó explicarse a sí misma: volvió a la puerta de servicio, la entreabrió veinte centímetros, y dijo hacia dentro, en voz alta y clara:
—¡Sister! Me voy con un cliente. Vuelvo por la mañana.
Cerró.
—¿Por qué has hecho eso? —dijo el Cazador.
—Porque si no vuelvo, alguien tiene que saber que me fui andando —dijo Luna—. Es la única regla que hay.
Y lo siguió hasta el coche.
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