Caperucita. La cara B El Morgana
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El Morgana

El Morgana

«No huyas de las tentaciones. O huye despacio, para que puedan alcanzarte.»

El Morgana estaba a cuarenta minutos, en uno de esos cruces de carreteras comarcales que no figuran en los mapas turísticos pero que han sido incorporados a la geografía práctica de ciertos negocios con la misma solidez que cualquier otro establecimiento: tenían su número de teléfono, su horario y sus clientes habituales, que sabían llegar sin instrucciones porque el camino se les había grabado en el músculo antes que en la memoria.

Se llegaba por la orilla norte de la ría, dejando Catoira a la derecha, por una carretera vieja que va subiendo y bajando entre eucaliptos con el agua apareciendo y desapareciendo a la izquierda.

El Cazador condujo veinte minutos sin hablar.

Era el tipo de silencio que tiene contenido y no vacío: el de alguien que está procesando variables mientras el cuerpo se ocupa de la mecánica de conducir.

Luna había parado tres minutos en un área de servicio cerrada para cambiarse los zapatos —llevaba unas deportivas en una bolsa en el maletero, que era una cosa que llevaba siempre desde Ourense y sobre la que no dio explicaciones— y desde entonces iba con los pies apoyados en el salpicadero y los brazos cruzados.

—¿Cuánta gente hay normalmente entre semana? —preguntó él.

—Un controlador en la puerta, otro en la barra. El encargado, Rodrigues, portugués, cuarenta y tantos. Y las chicas.

—¿Cuántas?

—Diez o doce entre semana. Los fines de semana más, depende de cuántas hayan movido.

—¿Hay alguien de los Sousa físicamente?

Luna lo pensó.

—Rodrigues trabaja para ellos. Los Sousa en persona no van. Mandan gente cuando hay que resolver algo.

—¿Y esta noche?

—Esta noche Rodrigues está. Los martes hace caja.

❖

—Háblame de ella —dijo el Cazador.

La pregunta sorprendió a Luna. No era el tipo de pregunta que hacen los hombres que van a sacar a alguien de un sitio por razones profesionales.

—¿De la Francesita?

—Sí.

Luna se lo pensó de verdad, que era lo que hacía cuando le preguntaban algo que le importaba.

—Es lista —dijo—. Más de lo que parece. Ha aprendido a no parecerlo, porque ahí parecer lista es peligroso: los hombres que necesitan control prefieren a las mujeres que parecen no tener recursos propios.

—¿Y tiene recursos?

—Tiene memoria. —Luna miró la carretera—. Es lo que más tiene. Se acuerda de todo. De dónde ha estado, de quién la ha tenido, de nombres, de fechas, de detalles que alguien que lleva veinte años en esto no debería poder retener así. Como si se hubiera negado a olvidar.

—¿Cómo la vas a reconocer si la han cambiado de habitación?

—Por la forma de sentarse.

El Cazador la miró un segundo por el rabillo del ojo.

—¿Cómo se sienta?

—Con la espalda recta y sin tocar el respaldo —dijo Luna—. Todas nos apoyamos. Ella no. Lleva veinte años sentándose como si tuviera que levantarse.

❖

—¿Ha intentado escapar alguna vez? —preguntó él.

—Una, que yo sepa. De cría, en Francia. La devolvieron. —Pausa—. Después de eso hizo una regla.

—¿Qué regla?

Luna se giró hacia él.

—Que ella no puede abrir la puerta. Que lo único que puede hacer es estar lista el día que alguien la abra desde fuera.

El Cazador no dijo nada durante un rato.

Después:

—¿Y crees que esta noche va a estar lista?

—Lleva veinte años lista —dijo Luna—. Lo que no sé es si se va a creer que eres la puerta.

❖

A las dos y once minutos sonó un teléfono en el habitáculo.

No era el de Luna.

El Cazador miró la pantalla del suyo, encajado en el soporte: un número largo que no tenía guardado, con prefijo de fijo.

Un fijo, a las dos de la mañana.

Lo dejó sonar los ocho tonos.

—¿No lo coges? —dijo Luna.

—No.

—¿Y si es importante?

—Es importante —dijo él—. Por eso no lo cojo.

Y ante la cara que puso ella, añadió, con una paciencia que a Luna le pareció que no le salía todos los días:

—Faltan doce minutos para entrar en ese sitio. Si eso es una buena noticia, me distrae. Si es una mala, me distrae más. En los doce minutos anteriores a un trabajo solo se atiende a lo que va a pasar en los doce minutos siguientes.

El teléfono dejó de sonar.

Doce segundos después volvió a sonar.

El Cazador alargó la mano y lo puso en silencio.

❖

Aparcó en un camino vecinal, a quinientos metros, con el morro hacia la salida.

Desde allí se veían las luces del aparcamiento: dos hileras de coches, una docena larga, y el rótulo de neón rojo y azul que en la oscuridad del campo parecía mucho más brillante de lo que habría parecido en una ciudad.

Apagó el motor. Se quedaron en silencio mirando aquello.

—Cuando salgas con ella —dijo—, venís directamente al coche. Sin correr. Correr llama la atención. Si os intercepta alguien, le dices que vais a buscar a un cliente que espera en el parking. Los de barra no quieren problemas en el parking.

—¿Y si hay lío dentro?

—Entonces habrá ruido. Cuando haya ruido, salís.

—¿Y tú?

—Yo salgo detrás.

Luna lo miró en la penumbra.

—¿Cada cuánto funciona este plan?

—Lo suficiente como para seguir haciéndolo.

—No es una estadística tranquilizadora.

—No —admitió el Cazador—, no lo es.

Se miraron un momento.

—Una cosa —dijo él—. Cuando entres, no la busques. No mires hacia el pasillo. No preguntes por ella. Tú vas a hablar con Rodrigues de un pedido y no sabes que existe.

—Ya lo sé.

—Lo sé que lo sabes. Te lo digo porque el error que comete todo el mundo es mirar una vez. Una sola vez. Y con una vez basta.

Luna asintió.

Abrió la puerta.

Y antes de bajar, dijo:

—¿Cómo te llamas?

—¿Ahora?

—Ahora. Por si sale mal y tengo que decirle a alguien con quién me fui.

El Cazador tardó dos segundos.

—Cazador —dijo.

—Eso no es un nombre.

—No —dijo él—. Todavía no.

❖

El Morgana por dentro tenía la atmósfera específica de los locales de ese tipo entre semana: suficiente actividad para que no fuera silencioso, insuficiente para que nadie prestara demasiada atención a quien entraba.

Música baja. Luz aún más baja. Una barra en forma de U con un camarero de espalda ancha. Cuatro o cinco hombres repartidos por el salón con esa postura del cliente habitual al que no hay que explicarle nada. Un olor a ambientador industrial por encima de otro olor.

Y al fondo, un pasillo con cuatro puertas cerradas.

Luna entró primero.

El local le era conocido de haberlo visitado por trabajo —los circuitos se solapan, los clientes se mueven y la información también—, y eso le daba la naturalidad de quien tiene derecho a estar ahí, que es lo único que se necesita.

Se acercó a la barra.

—Rodrigues.

—¿Quién lo busca?

—Una proveedora. Es sobre el pedido de la semana que viene.

El camarero la evaluó con la mirada de quien gestiona accesos y ha aprendido a distinguir los problemas de los que no lo son.

—Un momento.

Luna se apoyó en la barra con la naturalidad de quien tiene todo el tiempo del mundo, que es exactamente la actitud que no levanta sospechas en un entorno donde la ansiedad es el indicador más fiable de que algo va mal.

Pidió una tónica.

Y no miró ni una sola vez hacia el pasillo.

El Cazador entró por la puerta lateral dos minutos y cuarenta segundos después.

Ni él ni ella se miraron.

No hacía falta.

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