Caperucita. La cara B Veinte años de la Abuela
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Veinte años de la Abuela

Veinte años de la Abuela

«Toda cuestión tiene dos puntos de vista: el equivocado y el nuestro.»

Al Gabacho no lo encontraron.

Ese es el hecho central de veinte años, y conviene decirlo así de seco, porque todo lo que hizo Carmen Lodeiro desde la caja de cartón hasta el día en que salió por la puerta de A Lama estuvo determinado por eso.

Lo buscó desde el tercer día. Y al cuarto mes supo que Jean-Pierre Delacroix había salido de España, y al octavo supo que estaba en Francia, y al año y medio supo que estaba en Francia y protegido por gente con la que ella no podía tener un problema en aquel momento sin perderlo todo.

Y ahí Carmen tomó la decisión que la define entera.

No fue la de gastarse el dinero. No fue la de mandar a nadie a Marsella a hacer una barbaridad.

Fue esperar.

Le pagó al hombre que había contratado la mitad de lo pactado por un trabajo que no se había hecho, le dijo que el encargo quedaba abierto y sin plazo, y colgó.

Y después se puso a trabajar.

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Los que la conocieron en aquellos años cuentan todos lo mismo, con distintas palabras: que a partir de aquel invierno se volvió muy buena.

Buenísima.

La mujer que hasta entonces era competente y discreta se convirtió en otra cosa.

Trabajaba dieciséis horas. No cometía errores.

Absorbió tres estructuras pequeñas en dos años sin una sola pelea, porque compraba a la gente en lugar de asustarla y porque pagaba puntualmente, que en aquel sector es un fenómeno tan raro que genera lealtades absurdas.

No se le conoció nunca un episodio de violencia.

Ni uno. Eso figura incluso en los informes policiales, que suelen ser generosos con los adjetivos: no consta que la investigada haya recurrido a la coacción física.

No la necesitaba. Le bastaba con ser la persona que siempre pagaba y que nunca perdía los papeles, en un negocio lleno de hombres que hacían exactamente lo contrario.

Y en el fondo de todo aquello había una sola operación mental que ella se repetía por las noches: cuanto más grande sea esto, más lejos llega mi brazo. Y algún día ese hombre volverá a ponerse a tiro.

Estuvo veinte años poniéndose a tiro ella misma.

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Lo del nombre fue un accidente burocrático.

Ocurrió unos ocho años después de la desaparición, en una conversación intervenida en una causa que no era la suya. Dos hombres hablando de un suministro. Uno le pregunta al otro que a quién hay que consultarle aquello, y el otro dice, en gallego y con toda la naturalidad del mundo:

— Iso hai que preguntarllo á avoa.

El funcionario que transcribió la conversación anotó la abuela entre paréntesis, con una interrogación.

Tres meses después, cuando por fin identificaron a quién se refería, el paréntesis ya se había convertido en alias, y el alias ya estaba en cuatro atestados, y de los atestados pasó a los periódicos.

Carmen lo odió desde el primer día.

Lo odió por lo obvio —porque tenía cuarenta y siete años y ninguna nieta y ninguna posibilidad de tenerla— y lo odió sobre todo por una razón que no le contó nunca a nadie, y es que había leído aquel cuento cuatrocientas veces en voz alta en una habitación pequeña de un piso del casco viejo, y sabía perfectamente lo que le pasa a la abuela en el cuento.

A la abuela se la come el lobo.

Y después el lobo se pone su ropa y se mete en su cama y espera a la niña.

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La detuvieron un jueves de junio, diez años antes de esta historia.

Fue una operación limpia y buena, con dieciocho meses de trabajo detrás y con nueve detenidos, y Carmen Lodeiro no opuso ninguna resistencia ni dijo una palabra más allá de las estrictamente necesarias.

En el registro del domicilio, en un armario del dormitorio, en una caja de zapatos, los funcionarios encontraron una muñeca de trapo con el pelo rojo y la ropa manchada.

Consta en el acta.

Uno de los que hicieron el registro —que después fue inspector y que estuvo muchos años contando esto— dijo que Carmen Lodeiro no movió un músculo durante las cuatro horas que duró la entrada, ni cuando levantaron el suelo del trastero, ni cuando encontraron los cuarenta mil euros del falso techo.

Y que cuando el compañero sacó la caja de zapatos del armario y la abrió, ella dijo, sin levantar la voz:

—Eso no es una prueba de nada. Devuélvamelo cuando terminen.

Fue lo único que pidió en toda la instrucción.

Y se lo devolvieron, catorce meses después, por resolución judicial, con un sello.

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La condena fue de diez años y los cumplió casi enteros.

De aquellos diez años hay poco que contar que sea interesante en el sentido en que las cárceles resultan interesantes en las novelas. No hubo peleas, no hubo motines, no hubo una enemiga con la que arreglar cuentas en el patio.

Lo que hubo fue administración.

Carmen Lodeiro gobernó lo que le quedaba de negocio desde dentro durante diez años con una eficacia que sus abogados calificaban de irritante, y lo hizo mediante los tres instrumentos legales que tiene cualquier interna: las comunicaciones autorizadas, las visitas de letrado y la absoluta certeza de que quien va a salir dentro de siete meses vale más que quien va a salir dentro de siete años.

No dio una sola orden que pudiera ser transcrita.

Al cabo de tres años, la mitad de la comarca la seguía llamando la Abuela y la otra mitad ya solo decía ella .

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Lo que sí hubo, y esto es lo que importa, fue la ventana.

La celda tenía una ventana alta y estrecha, con barrotes, orientada de manera que a media tarde entraba un rectángulo de luz que iba subiendo por la pared de enfrente.

Y Carmen, que llevaba toda la vida sin permitirse un solo hábito inútil, adquirió uno.

Todos los días, a las siete menos cuarto, se sentaba en el borde de la cama y miraba el rectángulo de luz durante el tiempo que tardaba en llegar arriba y desaparecer, que eran unos veinte minutos según la época del año.

No pensaba en nada concreto.

Se lo preguntó una vez una psicóloga del centro, en una de aquellas entrevistas de rutina que ella respondía con una cortesía impecable y absolutamente vacía.

—¿En qué piensa cuando hace eso?

—En nada.

—Algo pensará.

Carmen la miró un momento, y por alguna razón que no supo explicarse nunca, contestó de verdad.

—Pienso que en algún sitio hay una ventana por la que ahora mismo entra esta misma luz —dijo—. Y que si estuviera viva, la estaría viendo.

La psicóloga escribió algo.

—¿Quién?

—Nadie —dijo Carmen—. Ya está.

Y no volvió a decir una frase verdadera en diez años.

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El diagnóstico llegó el penúltimo año.

Fue por lo de siempre: un dolor que no se iba, una tos que se explicaba con el tabaco, tres meses de retraso porque en prisión todo lleva tres meses de retraso, y después una sala pequeña con un médico joven que tuvo la decencia de decírselo de frente.

Carmen escuchó el diagnóstico entero sin interrumpir.

Al final preguntó dos cosas.

—¿Cuánto?

—Con tratamiento, y si responde, no lo sé. Sin tratamiento, poco.

—¿Se puede empezar aquí?

—Se puede.

—Pues empezamos cuando salga —dijo Carmen—. Faltan catorce meses. Prefiero perder catorce meses que perder catorce meses aquí dentro.

El médico le explicó, con paciencia, por qué aquello era una idea pésima.

Ella le dio las gracias, le dijo que tenía toda la razón, y no empezó.

Eso también hay que contarlo, porque la gente que quiere a Carmen Lodeiro tiende a olvidarlo: que retrasó catorce meses un tratamiento para no empezarlo en la cárcel, y que esa decisión probablemente le costó tiempo del que después le hizo falta.

Fue orgullo.

Fue la única vez en su vida que el orgullo le costó algo caro, y fue muy caro.

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Y tres semanas antes de salir, llegó el rumor.

Llegó por el canal más barato que existe: una mujer que salía en libertad condicional, que había estado en el mismo módulo dos años, y que tenía un cuñado que se movía en el circuito de los clubes de la zona.

Fue una conversación de patio de dos minutos.

—Tú eres de Vilagarcía.

—Sí.

—Es que me acordé el otro día de una cosa que me contó mi cuñado. —La mujer se encogió de hombros—. Que hay una chica en un local por allá abajo que le llaman la Francesita. Que dice que es francesa pero que él jura que es de aquí, porque una noche se le escapó algo en gallego.

—¿Y?

—Nada. Que es pelirroja. Y como tú eres de allí, pues por si conocías a la familia.

Carmen Lodeiro tardó cuatro segundos en contestar, y en esos cuatro segundos hizo el trabajo emocional de veinte años.

—No —dijo—. No me suena.

Y siguió andando.

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Los rumores en la cárcel son la moneda más inflada del mundo: valen mucho cuando quieres creerlos y son peligrosos exactamente por eso.

Carmen lo guardó en el único sitio de su arquitectura mental donde no había entrado nunca nada.

No en el cajón de lo verificado. No en el de lo descartado.

En el de la posibilidad.

Porque la certeza del luto, por terrible que sea, es manejable. La certeza tiene bordes: sabes dónde empieza y sabes cuál es el límite de lo que hay que absorber. Una madre puede vivir veinte años sabiendo que su hija está muerta. Es horrible y se puede.

La posibilidad no tiene bordes.

La posibilidad se expande hacia todas partes y te exige estar preparada para dos versiones contradictorias del mundo al mismo tiempo, y eso consume una energía que Carmen no podía permitirse gastar.

Así que la guardó, cerró, y siguió con su plan.

Un plan que tenía una sola línea: el Gabacho había vuelto a España en primavera.

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Salió un martes de octubre, el día en que el otoño decidió llegar de verdad, con una temperatura que bajó diez grados en una mañana y un viento que todavía no era frío pero que tenía la intención de serlo.

La esperaban dos personas: el abogado que había gestionado sus asuntos durante diez años con la discreción de alguien bien pagado para ser discreto, y una mujer de unos cuarenta años que había trabajado para ella desde antes de la detención y que había mantenido operativo lo que se podía mantener.

Carmen los saludó a los dos con la eficiencia de quien tiene una agenda mental elaborada durante meses y que empieza a ejecutarse desde el primer minuto de libertad.

—¿Cómo estamos? —preguntó, en el coche.

—Dentro de lo que cabe —dijo el abogado—. Los Sousa se han quedado con cosas que eran suyas. No con todas.

—Los Sousa pueden esperar.

—¿Entonces?

—El Gabacho.

Miró por la ventanilla. Llovía sobre la carretera, sobre los eucaliptos, sobre la ría que todavía no se veía.

Y no dijo lo otro.

Lo otro —el rumor, la Francesita, el pelo rojo, la posibilidad sin bordes— no se lo dijo al abogado, ni a la mujer de cuarenta años, ni a nadie.

Se lo dijo, doce días después, a un hombre al que no había visto la cara nunca, deslizándole una fotografía por la barra de un bar.

Y ni siquiera a él se lo dijo del todo.

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