El tren a Lugo
El tren a Lugo
«Hay un mundo mejor... pero es carísimo.»
Carmen Lodeiro llevaba doce días en libertad cuando cogió el tren.
Fue un martes de octubre, a las ocho y cuarenta de la mañana, en la estación de Vilagarcía, y lo cogió sola.
Esto último no es un detalle de estilo. Una mujer que había pasado veinte años sin desplazarse a ningún sitio sin que hubiera un coche, un conductor, un teléfono y una persona informada de su horario, se presentó en la estación con un bolso, un billete comprado en la máquina y ninguna otra cosa.
No se lo dijo al abogado. No se lo dijo a la mujer de cuarenta años. Dejó una nota de cuatro palabras en la mesa de la cocina — vuelvo mañana o pasado — y cerró la puerta.
Y en el andén, esperando, con el viento del norte metiéndose por el paso subterráneo, pensó en una cosa que le pareció ridícula y que la acompañó todo el viaje: que la última vez que había cogido un tren sola tenía diecinueve años y salía de Algeciras.
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Se cambió en Santiago.
Y en el trayecto de Santiago a Lugo, que dura poco menos de dos horas y que atraviesa una parte de Galicia que Carmen no había visto nunca, se dedicó a mirar por la ventanilla con una atención que no había puesto en un paisaje desde que era pequeña.
Le sorprendió lo que vio.
Su Galicia era una franja de treinta kilómetros de anchura: la ría, el litoral, las carreteras que van paralelas al mar, los puertos, la humedad salada. Había vivido treinta años en ella y no había pasado nunca de Santiago.
Lo de dentro era otro país.
Era verde de otro verde, más oscuro y más apagado.
Había vacas, muchísimas, y prados cerrados con muros de piedra, y aldeas de doce casas con un hórreo y una iglesia, y bosques de castaños, y una niebla baja que a las once de la mañana seguía metida en los valles como algo que no tenía prisa por irse.
No había horizonte.
Eso fue lo que la desconcertó. En la ría hay siempre un sitio adonde mirar que está lejos: el agua, la boca, las islas. Aquí, cada dos kilómetros, había un monte cerrando la vista.
Carmen Lodeiro, que llevaba veinte años sintiendo que el mundo era una llanura por la que se podía huir, tuvo la primera intuición desagradable del día: que iba a un sitio cerrado.
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Lugo la recibió con lluvia fina.
Salió de la estación, echó a andar hacia el centro, subió por una calle en cuesta, y a los diez minutos se encontró de frente con la muralla.
Se quedó parada en la acera.
No era lo que esperaba. Había visto fotos, evidentemente.
Pero las fotos no dicen lo que dice tener aquello delante: una pared de pizarra y piedra de diez metros de altura, mojada, oscura, sin gracia ninguna, corriendo hacia la derecha y hacia la izquierda hasta donde se veía, con una puerta abierta en medio por la que pasaban coches y gente con paraguas como si aquello fuera lo más normal del mundo.
Dos mil metros. Un círculo entero. Y dentro, una ciudad.
Carmen la miró un rato largo con la cara mojada.
Y pensó, con esa parte de la cabeza que no se apagaba nunca y que a veces le resultaba insoportable: aquí no se entra ni se sale más que por donde ellos dicen.
Cruzó la puerta.
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Anduvo cuatro horas.
Comió sola en un sitio de la Rúa Nova, de pie en la barra, un pincho de pulpo y una copa de blanco, rodeada de funcionarios que hablaban a gritos de cosas que no le interesaban y que le resultaron, sin embargo, extrañamente descansadas: gente discutiendo de un ascenso, de un partido, de un cuñado.
Ninguno de ellos podía matar a nadie.
Estuvo un rato pensando en eso.
Después subió al adarve por una de las escaleras y dio la vuelta entera a la muralla, los dos kilómetros, despacio, bajo la lluvia, con el bolso colgado y sin cruzarse con más de nueve o diez personas.
Desde arriba se veían los tejados del casco viejo, las torres de la catedral, y hacia el otro lado el ensanche, la ronda, y a lo lejos el valle del Miño.
Y en un tramo del lado norte, mirando hacia abajo, vio un edificio administrativo grande, de los años setenta, con banderas.
Se paró.
Estuvo ahí de pie doce minutos.
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Lo que Carmen Lodeiro fue a hacer a Lugo no era pedir un favor.
Conviene ser exactos con esto, porque después se contó de las dos maneras y solo una es verdad.
Ella tenía dinero, tenía gente, tenía un hombre contratado y tenía veinte años de método. Con eso se puede matar a alguien y con eso se puede, incluso, sacar a una mujer de un club de carretera si se sabe cuál es el club, cosa que no sabía.
Con eso no se puede hacer lo que venía después.
Lo que venía después era esto: una mujer de treinta años que llevaba veinte desaparecida, sin documentación, sin partida de nacimiento que la vinculara a nadie que estuviera vivo, sin un solo día cotizado, sin un médico, sin un domicilio y con veinte años de cosas dentro.
Una mujer a la que había que dar un nombre otra vez, y una identidad, y una asistencia, y una protección frente a la gente a la que se la iban a quitar.
Y eso —eso exactamente y no otra cosa— es lo único que Carmen Lodeiro no podía comprar.
Para eso hace falta el Estado.
Y para que el Estado haga algo así deprisa, de noche y sin veinte días de papeles, hace falta un funcionario de rango suficiente que decida hacerlo.
Carmen conocía a uno.
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Había otro motivo, y era más pequeño y menos confesable, y ella lo sabía perfectamente porque llevaba toda la vida siendo honesta consigo misma en privado.
El otro motivo era que le quedaba poco tiempo y que había una conversación pendiente desde hacía veinte años.
Las dos cosas eran verdad al mismo tiempo.
Como casi todo lo importante.
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A las seis y veinte de la tarde, Carmen bajó del adarve y entró en una cafetería de la Praza Maior.
Pidió un café con leche. Sacó el móvil.
Y llamó a su abogado.
—Estoy en Lugo —dijo.
—¿En Lugo?
—En Lugo. Escúchame bien, que voy a decirlo una vez. La pieza separada de la causa del noventa y siete.
Hubo un silencio de tres segundos al otro lado.
—Carmen, esa pieza...
—Esa pieza tiene una requisitoria desde hace tres semanas y las dos lo sabemos. Y llevas tres semanas gestionándola para que no se ejecute.
—Y lo tengo casi. Con la comparecencia voluntaria del día...
—Ya. —Carmen removió el café—. Deja de gestionarla.
—¿Cómo que deje de gestionarla?
—Que la dejes. Que no hagas nada. —Miró por el ventanal la plaza mojada—. Y pasa el aviso de dónde estoy.
El abogado tardó bastante en contestar.
—Carmen, si haces eso te detienen esta noche.
—Sí.
—Es que no lo entiendo. Llevo tres semanas...
—Ya lo sé. Y lo has hecho bien y te lo voy a pagar igual. —Pausa—. ¿Cuánto puede durar? Con lo que hay, y con el tiempo cumplido, y contigo.
—Cuarenta y ocho horas. Setenta y dos como mucho. Es un trámite.
—Pues eso.
—¿Pues eso qué?
—Que hay sitios en los que a una la reciben en tres semanas —dijo Carmen Lodeiro— y otros en los que a una la reciben en una hora. Y esta noche yo no tengo tres semanas.
Colgó.
Se terminó el café. Pagó. Salió a la plaza.
Y a las siete y diez de la tarde, en la Rúa da Cruz, dos funcionarios de paisano de la Comisaría Provincial de Lugo procedieron a la detención de una mujer de cincuenta y nueve años que no opuso ninguna resistencia, que no dijo una palabra durante el trayecto, y que al llegar a la comisaría, mientras le tomaban los datos, levantó la vista y dijo una sola frase:
—Díganle al Comisario Vidal que está aquí Carmen Lodeiro.
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CAPÍTULO 34
El Gabacho
«Cuando el diablo está contento, es una buena persona.»
Jean-Pierre Delacroix había vuelto a España en primavera y lo había hecho con la tranquilidad de los hombres que creen que veinte años son mucho tiempo.
Es un error muy común. Veinte años son mucho tiempo para el que espera y son cinco minutos para el que espera bien.
Tenía sesenta y cuatro años. Se le habían puesto los ojos algo húmedos y la papada de los hombres que han bebido con constancia y sin exceso, y conservaba lo único que le había hecho falta siempre: esa cualidad de los que están acostumbrados a evaluar a las personas como recursos, que es ligeramente distinta de la forma en que las personas normales miran a otras personas y que produce una incomodidad que no siempre puede articularse pero que se nota.
Había llegado a España la primera vez a los cuarenta y tantos, persiguiendo la estela de una oportunidad de negocio que le habían descrito con más optimismo del que merecía.
Era el tipo de hombre que tiene una gran capacidad para convencerse de que las cosas van a salir bien.
No por optimismo —el optimismo implica una disposición emocional que él no tenía— sino por esa arrogancia particular de los que han tenido suficiente éxito en la primera mitad de sus vidas como para creer que el éxito es una propiedad permanente y no una circunstancia que se renueva o no según lo que se haga.
Carmen Lodeiro formó parte de su mapa durante seis años.
No al principio. Al principio eran dos actores en el mismo sector sin necesidad de interacción directa. Pero los sectores pequeños se compactan, y en algún momento tuvieron que sentarse a una mesa y decidir si iban a ser complementarios o competidores.
Eligieron complementarios.
Fue un acuerdo limpio mientras funcionó: él aportaba acceso a rutas y contactos internacionales, ella aportaba conocimiento del territorio y de las estructuras locales. Los dos se beneficiaban. Los dos mantenían su parte.
Lo que el Gabacho no calculó —o calculó y aceptó como colateral tolerable, que es peor— fue la niña.
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La historia de cómo Sheila Lodeiro acabó en un coche gris oscuro tiene la lógica terrible de las cosas que ocurren cuando un sistema opaco genera consecuencias que quienes operan en él prefieren no articular.
El Gabacho tenía un problema aquel mes de marzo.
El problema era que la contabilidad de tres años de una parte del negocio estaba en papel, dentro del forro de una mochila azul de colegio, y que esa contabilidad demostraba que llevaba dos años desviando en su beneficio una cantidad que no era enorme pero que era suficiente para que, si alguien la leía, se acabara todo.
Habían sido tres semanas de traslados. En la cuarta, aquel papel iba a llegar a manos de un contable que lo iba a leer.
Y aquí está la parte que Carmen Lodeiro tardó veinte años en poder pensar sin levantarse de la silla: que el problema del Gabacho no era ella. Era el papel.
Y que la solución más limpia para el papel era que el papel desapareciera con la persona que lo llevaba encima, en una desaparición que fuera atribuible a cualquier otra cosa.
No fue una decisión tomada en un momento de maldad particular.
Fue peor que eso: fue una decisión tomada con la calma de quien ha deshumanizado lo suficiente el elemento en cuestión como para no sentir el peso de lo que está haciendo. El Gabacho no le tenía ninguna manía a aquella niña. No la conocía. La había visto tres veces.
Lo único que hizo fue no encargar la parte final.
Dio la orden de que la niña y la mochila desaparecieran, y no especificó cómo, y no preguntó después, y a la gente a la que se lo encargó le salía más rentable venderla que enterrarla.
Y esa es toda la historia. No hay ninguna otra explicación, no hay un motivo grande, no hay una venganza ni un odio ni una pasión.
Ochenta y seis mil euros mal contados en un cuaderno.
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Mandó la muñeca porque era eficiente.
Una madre que recibe una muñeca ensangrentada deja de buscar a una niña y empieza a buscar a un culpable, y buscar a un culpable es una actividad ruidosa que se ve venir de lejos y de la que uno puede apartarse.
Buscar a una niña, en cambio, es una actividad silenciosa que no se detiene nunca.
Se equivocó en una sola cosa, y le costó veinte años de exilio y la vida: creyó que Carmen Lodeiro iba a hacer las dos cosas mal.
Las hizo las dos bien.
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Volvió porque los Sousa se lo pidieron.
Renato Sousa lo llamó en febrero y le dijo que la frontera estaba tranquila, que él era viejo y era útil, que sus contactos franceses valían dinero y que aquí no le iba a pasar nada.
—¿Y la Lodeiro? —preguntó el Gabacho.
—La Lodeiro sale en octubre y sale con sesenta años y con lo puesto —dijo Renato—. Le quedan cuatro amigos y ninguno con dinero. Va a estar ocupada intentando recuperar lo que ya no es suyo.
Fue el mejor análisis posible con la información disponible, y fue completamente erróneo, por una razón que Renato Sousa no podía saber: que Carmen Lodeiro no había vuelto para recuperar nada.
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El Gabacho llegó al Club de Moisés tres noches antes que el Cazador.
Iba dos o tres veces por semana. No por las mujeres, o no principalmente: iba porque en aquel local se podía hablar sin que nadie mirase, porque Moisés no permitía problemas, y porque a los sesenta y cuatro años lo que quería aquel hombre era estar en una barra a la que pudiera llegar en coche y en la que le sirvieran brandy sin preguntar.
Moisés Canteiro no lo tragaba.
No dijo nunca por qué, ni siquiera a Sister, que se lo preguntó una vez. Dijo lo que decía siempre:
—Mientras pague y no arme lío, aquí cabe todo el mundo.
Pero cuando el Gabacho entraba, Moisés se iba al despacho.
Y a Jinete le dijo, en una ocasión, con la brevedad con que él decía las cosas importantes:
—Al francés no le subas.
—¿Por qué?
—Porque no.
Y Jinete, que discutía todo, aquello no lo discutió.
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La noche del martes, el Gabacho estaba en la barra a las once, con una copa de brandy y su forma particular de ocupar el espacio, que sugería que era el dueño de cualquier habitación en la que estuviera aunque no lo fuera.
Habló por teléfono dos veces.
Le contó a un hombre un chiste que ya le había contado.
Miró el reloj a las doce y media.
Y no miró ni una sola vez hacia la puerta.
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