Caperucita. La cara B Un trabajo cualquiera
56%

Un trabajo cualquiera

Un trabajo cualquiera

«Preguntar el motivo es la primera de las cuatro cosas que no se hacen.»

Para que se entienda lo que ocurrió en el Club de Moisés hay que contar un trabajo anterior.

No es el más importante ni el más difícil. Al contrario: es el más corriente que hizo nunca. Se cuenta precisamente por eso.

Fue tres años antes, en una ciudad del levante que no hace al caso.

El objetivo era un hombre de cincuenta y cuatro años que había hecho algo que a alguien le había costado mucho dinero. El Cazador no sabía qué, y no lo preguntó, porque preguntar el motivo es la primera de las cuatro cosas que no se hacen en su oficio y porque, además, el motivo siempre decepciona.

Le dieron una dirección, una descripción y una ventana de once días.

Llegó, alquiló un apartamento turístico fuera de temporada, y empezó a mirar.

❖

Miró seis días.

Esto es lo que la gente no entiende del oficio y lo que las películas cuentan al revés: que el noventa por ciento consiste en caminar y esperar, y que el resto es limpiar.

Aprendió, en seis días, que el objetivo salía de casa a las ocho menos veinte.

Que compraba el periódico en el mismo quiosco.

Que los martes y los viernes no volvía a comer.

Que tenía un perro viejo, un mestizo de tamaño medio con las patas traseras mal, al que sacaba tres veces al día y al que le hablaba en la calle, en voz alta, largamente, como habla la gente que vive sola.

Que tenía tres cerraduras en la puerta y ninguna alarma, lo que quería decir que tenía miedo pero no dinero.

Y aprendió, el sexto día, una cosa que no estaba en el encargo.

Los sábados iba una niña.

Una niña de siete u ocho años, llevada por una mujer de unos treinta que la dejaba en el portal y se iba sin subir, y recogida cuatro horas después en el mismo sitio por la misma mujer, que tampoco subía.

Nieta. Régimen de visitas de los que se cumplen mal.

El Cazador anotó el dato y siguió mirando.

❖

Aquí es donde hay que ser exacto, porque es fácil hacer con esto una escena de redención y no lo es.

El Cazador no se planteó no hacer el trabajo.

Ni un segundo. No hubo debate interno, no hubo noche en vela, no hubo el momento en que el profesional descubre su alma. Eso son cosas de las novelas.

Lo que hizo fue mover la fecha.

Tenía once días de ventana y le quedaban cinco. El sábado estaba dentro de esos cinco. Lo hizo el jueves.

Y esa es la totalidad de la moral del Cazador a los cuarenta y seis años, expuesta sin adornos: no que se negara, sino que no lo hizo en sábado.

Después, en el coche, camino de la autopista, pensó en el perro.

Pensó en él sin sentimentalismo, como un problema técnico: un animal viejo, en un piso, con la puerta cerrada. Calculó cuánto tardarían en encontrarlo. Dos días, tal vez tres. El perro estaría vivo.

Después dejó de pensar en el perro y puso la radio.

Aquella noche durmió siete horas.

❖

Vivía en ninguna parte.

Tenía un piso a su nombre en una capital de provincia, pequeño, correcto, con una tostadora, unos cuantos libros y ropa suficiente, y pasaba en él unos ochenta días al año.

No tenía pareja ni la había tenido nunca más de cuatro meses. No tenía perro, por razones evidentes. No tenía cuentas en redes sociales, no aparecía en fotografías y en las dos bodas a las que había ido en veinte años se había colocado siempre donde no encuadra la cámara.

No bebía casi. No jugaba. No consumía nada.

Hacía deporte con una constancia aburrida.

Leía bastante, sobre todo historia militar y manuales técnicos, y una vez cada mucho tiempo una novela, que casi nunca terminaba porque a la mitad se daba cuenta de que le estaban pidiendo que le importara alguien y no sabía hacerlo.

Su vida entera estaba construida sobre un principio único, y el principio era este: los vínculos son vulnerabilidades.

No era una filosofía. Era ingeniería.

Cualquier persona a la que necesites se convierte en el sitio por donde te van a apretar.

Cualquier persona que te necesite se convierte en el sitio por donde te van a encontrar.

Un hombre que no quiere a nadie no tiene rehenes que perder, y un hombre sin rehenes es un hombre que puede levantarse a las cuatro de la mañana e irse a otro país sin discutirlo con nadie.

Funcionó veinticinco años.

Funcionó tan bien que el Cazador llegó a los cuarenta y nueve años sin haber tenido nunca la ocasión de comprobar si aquel principio era verdad o si era simplemente lo que le había salido bien.

❖

Y entonces una mujer de la que solo sabía la voz le deslizó una fotografía por una barra de bar.

Llegó de la manera en que llegan las cosas que cambian algo: sin anuncio, mientras él miraba al frente.

Era la fotografía de una niña con el pelo rojo y una muñeca de trapo. Sonriendo.

Le habían dicho que era la hija de la clienta. Que había muerto hacía veinte años. Que la foto era el motivo del encargo y que se la daban para que entendiera por qué le pagaban tanto por un hombre que no valía tanto.

El Cazador había visto muchas fotografías de mucha gente. Fotos de personas a las que tenía que encontrar. Fotos de lugares donde tenía que operar. Fotos de personas que ya no estaban.

Esta era distinta.

No supo decir por qué. Lo racionalizó la primera noche de la siguiente manera: es la foto de una víctima inocente, y las víctimas inocentes no entran en el trabajo pero sí en el ecosistema ético que lo rodea, y cualquier persona con un mínimo de coherencia debe ser capaz de distinguir entre los objetivos que están en el trabajo y los que no.

Esa racionalización le duró hasta la mañana siguiente, cuando sacó la foto otra vez, la miró otra vez, y se dio cuenta de que lo que le producía no era reflexión ética sino algo bastante más primario y bastante más difícil de manejar.

La niña de la foto le recordaba a algo que no existía en su historia personal y que sin embargo reconocía: la infancia que le habría gustado tener, y la posibilidad de ser alguien a quien una niña así le sonríe con esa confianza absoluta que tienen los niños cuando se sienten seguros.

La guardó en la cartera.

No la metió en el bolsillo interior de la chaqueta, ni en la carpeta del trabajo, ni en el compartimento del coche donde iba lo del encargo.

En la cartera.

Ese detalle, que él no advirtió en el momento, era la totalidad de lo que iba a pasar después.

Y se fue a trabajar.

❖

❖