Pongamos que mi nombre es Cazador
Pongamos que mi nombre es Cazador
«Lo bueno de estar en el infierno es que te haces más fuerte. Pero solo si sales.»
El hombre que en esta historia se hace llamar el Cazador nació en una ciudad mediana del interior el año en que murió Franco, que fue también el año en que muchas otras cosas empezaron a morir o a nacer según se mire, que es la naturaleza de los años bisagra.
Su nombre real no viene al caso todavía.
Los nombres reales son para las vidas que tienen un registro continuo, un hilo que va del nacimiento hasta donde sea que el hilo termine.
La vida del Cazador tenía un punto de corte —un momento preciso en que la versión anterior de esa persona dejó de ser funcional y hubo que construir una versión nueva, con otro nombre y otro sistema operativo— y desde ese punto de corte el nombre anterior había dejado de pertenecerle.
Lo que importa del Cazador no es el nombre.
Lo que importa es la mecánica.
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Creció en una casa que técnicamente funcionaba: padre presente, madre presente, comida en la mesa, colegio pagado, una bicicleta a los nueve años y otra a los trece.
Pero hay presencias que son meramente físicas.
La ausencia emocional, cuando convive con la presencia física, produce en los niños un tipo particular de confusión: aprenden a leer el entorno con una precisión enorme para anticipar los estados de ánimo de los adultos que los rodean, aprenden a hacerse pequeños cuando hace falta y grandes cuando hace falta, aprenden a no necesitar demasiado porque necesitar demasiado es exponerse.
No hubo golpes. No hubo gritos. No hubo nada que contar.
Eso es lo peor que se puede decir de una infancia: que no hay nada que contar.
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Lo único que hubo fue el tío Germán.
Germán era hermano de su madre, tenía una casa en el campo a cuarenta kilómetros, cazaba, y era la única persona de toda su infancia que le hablaba directamente y sin simplificar.
Iban los sábados de octubre a febrero.
Salían a las seis y media de la mañana, con frío, y andaban.
Andaban mucho. El tío Germán tenía una teoría, que no expresó nunca en forma de teoría y que el sobrino dedujo a lo largo de siete años, y la teoría era que cazar consiste en un noventa por ciento en caminar y esperar y en un dos por ciento en disparar, y que el resto es limpiar el arma.
—No mires ahí —le dijo un día, cuando el crío tenía once años y llevaba media hora con los prismáticos apuntados a un claro.
—¿Por qué no?
—Porque llevas media hora mirando donde quieres que esté. Mira donde estaría si no quisiera que lo vieras.
Aquella frase fue lo más parecido a una educación que recibió.
Germán murió de infarto a los sesenta y dos años sin haber visto en qué se convertiría su sobrino, cosa que el Cazador consideraba, según el estado de ánimo, una suerte o una lástima.
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La mili fue a los dieciocho.
Para la mayoría de los jóvenes de aquellos años el servicio militar era un paréntesis: tiempo muerto, tiempo robado, tiempo que se pasaba esperando a que pasara.
Para él fue otra cosa.
No por patriotismo ni por vocación militar en ningún sentido romántico, sino porque el ejército fue el primer lugar de su vida en que las reglas estaban explicitadas por completo y se aplicaban sin excepciones.
Esa claridad, para alguien que había crecido en un entorno donde las reglas eran arbitrarias y su aplicación dependía del humor de quien las dictaba, resultó ser exactamente lo que necesitaba.
Descubrieron que era bueno con las armas de una manera que iba más allá de la práctica.
Tenía lo que sus instructores llamaban compostura : la capacidad de mantener el pulso y la concentración en condiciones de estrés que producen en la mayoría de las personas una respuesta fisiológica incompatible con la precisión.
La compostura no se aprende. O se tiene o no se tiene.
Un sargento se lo dijo una tarde en la galería, después de una tirada.
—Tú no estás tranquilo.
—Sí lo estoy, mi sargento.
—No. Tú estás lejos, que no es lo mismo. —El sargento le miró de una manera que a él le resultó incómoda porque era la primera vez que alguien lo miraba entero—. Los tranquilos aguantan diez años. Los que están lejos aguantan toda la vida. Ten cuidado con eso.
No entendió aquello hasta veinticinco años después, en una nave de un polígono industrial de la provincia de Lugo, tirado en el suelo con un agujero en el costado.
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El primer trabajo llegó a los veintitrés años.
Fue un contacto de la mili —esa es la parte que nadie cuenta de las redes: que casi todas son redes de conocidos, no de criminales— y llegó en un momento en que él necesitaba dinero y no tenía escrúpulos definidos sobre el tipo de dinero.
Le presentaron aquello como un encargo pequeño. No lo era. Nunca lo son.
Lo hizo.
Y aquella noche, en un piso alquilado, esperó a sentir lo que se supone que hay que sentir.
No sintió nada.
Estuvo tres días esperando. Nada.
Y en algún momento del cuarto día comprendió que aquella ausencia no era fortaleza. Era una información sobre sí mismo, y era muy mala, y ya no se podía devolver.
El corto plazo se convirtió en veinticinco años.
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El trabajo no le produjo nunca lo que algunos de sus colegas —colegas en sentido muy laxo: el Cazador no tenía colegas, tenía contactos y contratistas y gente con la que a veces coincidía en los mismos círculos sin que eso implicara ningún vínculo— llamaban satisfacción.
No sentía placer. No sentía repulsión.
Sentía la misma neutralidad funcional que siente un buen fontanero cuando ha reparado una tubería: el trabajo está bien hecho, los parámetros se han cumplido, siguiente trabajo.
Lo que sí le produjo el trabajo fue una comprensión muy específica del funcionamiento humano.
Después de años de observar a las personas en los momentos en que ya no pueden fingir —que son, profesionalmente, los momentos que le interesaban—, desarrolló una teoría del comportamiento que podría resumirse así: la gente hace lo que hace por miedo o por amor, y las dos cosas se parecen mucho más de lo que a nadie le gusta admitir.
El miedo al dolor. El amor a algo que no se quiere perder.
Él no había sentido ninguna de las dos cosas en mucho tiempo.
Hasta la fotografía.
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