Caperucita. La cara B El Club de Moisés
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El Club de Moisés

El Club de Moisés

«Dios no habría alcanzado nunca al gran público sin la ayuda del diablo.»

Moisés Canteiro llegó al Club de Moisés por un camino que él mismo habría descrito, de haber tenido vocación de autobiógrafo, como una serie de accidentes con intención retroactiva.

Tenía sesenta y un años y el pelo blanco de una manera que en otra persona habría resultado distinguida y en él resultaba simplemente lo que era: el pelo de alguien que ha vivido más rápido que el promedio y que ha pagado el precio con el pigmento capilar antes que con otras monedas.

Había nacido en el Algarve, en una familia de pescadores que no había salido nunca del radio de cincuenta kilómetros del pueblo donde habían nacido sus padres, sus abuelos y sus bisabuelos.

La única excepción fue Moisés, que a los dieciséis años decidió que el mar en su versión de trabajarlo no era lo suyo, se subió a un barco que iba al norte y se bajó en Vilaxoán.

Eso fue en el año setenta y ocho.

Y en Vilaxoán, en el año setenta y ocho, un chaval portugués de dieciséis años que sabía manejar una embarcación pequeña y que no hacía preguntas encontró trabajo en cuatro días.

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Lo del tabaco duró quince años.

Moisés lo contaba, cuando lo contaba, sin ninguna épica y sin ninguna vergüenza, que es la manera en que se cuenta en la ría: como un trabajo.

Se descargaba de noche, se cargaba en furgonetas, se llevaba a los sitios donde tenía que ir.

Había mucha gente metida. Había curas metidos, había concejales metidos, había guardias civiles metidos, había mujeres de sesenta años que guardaban cartones en casa y que en el pueblo eran señoras respetabilísimas y lo seguían siendo.

—Aquello no era delito —decía—. Era un impuesto que no se pagaba.

Después llegó lo otro.

Y ahí Moisés Canteiro tomó, a los treinta y tantos años, la decisión más rentable de su vida, que fue no tomarla. Vio venir aquello, vio quién se metía y con cuánta velocidad, hizo dos números, y se quedó con lo suyo.

No por moral. Porque el que entra tarde en un negocio nuevo es el que primero cae, y él no era de los que estaban dentro desde el principio.

Estuvo tres años haciendo el cálculo.

Cuando terminó de hacerlo, la mitad de los hombres con los que había descargado tabaco a los veinte años estaban en prisión y la otra mitad tenía casas con columnas.

Moisés abrió un club.

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El Club de Moisés estaba en la carretera de O Salnés, a nueve kilómetros de Vilagarcía, en un edificio de dos plantas con las paredes pintadas de un color que había sido burdeos y que la lluvia había convertido en otra cosa, con un aparcamiento de gravilla para veinte coches y un rótulo de neón que llevaba cuatro años con la primera letra fundida, de modo que en la carretera se leía OISÉS, lo cual a Moisés le parecía perfecto porque, decía, el que tiene que saber ya sabe.

Y Moisés tenía una regla.

En su club no había violencia.

No porque le repugnara la violencia en abstracto —había visto suficiente como para haber desarrollado una cierta ecuanimidad— sino porque la violencia es mala para el negocio: atrae atención, estropea el ambiente y encarece el seguro.

Si Dios no habría alcanzado nunca al gran público sin la ayuda del diablo, pensaba a veces, también era verdad que el diablo necesitaba locales como el suyo para operar con discreción.

Era un razonamiento circular. Lo sabía. Lo encontraba útil.

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Luna llegó con veintiséis años.

Moisés la recibió en su despacho, que era una habitación pequeña detrás de la barra con una mesa llena de papeles, un calendario de una empresa de bebidas y un ventilador en el techo que giraba demasiado despacio para ser eficiente y demasiado deprisa para ser decorativo.

La miró un momento con la mirada de alguien que ha entrevistado a mucha gente para el mismo puesto y que tiene criterios muy específicos que no coinciden con los criterios habituales de selección de personal.

—¿Has trabajado antes?

—Sí.

—¿En esto?

—En algo parecido.

—¿Cuánto tiempo?

—Ocho meses.

—¿Dónde?

—En Ourense.

Moisés levantó la vista del papel donde no estaba escribiendo nada.

—¿En cuál?

Luna le dijo el nombre.

Y Moisés, que llevaba veinte años en aquello y que conocía todos los locales de Galicia como un comercial conoce su ruta, hizo una cosa muy pequeña con la boca y se quedó callado tres segundos.

—Ya —dijo.

Y no volvió a preguntar nada de aquello. Nunca.

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—Mis reglas —dijo—. En el local no hay violencia.

Ni de los clientes ni mía ni tuya. Los clientes no se llevan a nadie fuera sin que se hable conmigo antes.

Si tienes un problema con uno, me lo dices cuando es pequeño, no cuando es grande: los problemas pequeños los arreglo yo en dos minutos y los grandes no los arregla nadie.

Luna asintió.

—Y si en algún momento te quieres ir, te vas.

Ella lo miró.

—¿Por qué me dices eso?

—Porque hay sitios donde no es así —dijo Moisés, con la indiferencia de alguien que ha visto suficiente como para que la comparación le resulte obvia—. Y cuando una mujer que viene de esos sitios oye que aquí es distinto, o me cree o no me cree. Prefiero que lo sepa desde el principio y que decida.

—¿Y si me creo y es mentira?

—Entonces te vas igual, porque no te lo voy a impedir. —Se encogió de hombros—. Es que ese es el asunto. No es una promesa. Es una descripción.

Luna decidió que le creía.

No porque tuviera muchas razones para creer a los hombres en posición de autoridad, sino porque Moisés tenía algo que no habían tenido los anteriores en posiciones similares: la indiferencia del que no necesita convencerte.

El que tiene que convencerte suele ser el que más esconde.

—Bien —dijo—. Empiezo cuando quieras.

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Lo que Luna encontró en el Club de Moisés, y que no esperaba encontrar en ningún sitio, fueron las otras.

Estaba Sister, que llevaba allí siete años y que se llamaba así porque en su primera semana un cliente inglés le había dicho algo y ella le había contestado I'm not your sister , y aquello había hecho tanta gracia que se le quedó.

Tenía treinta y siete años, una manera de estar en el mundo principalmente sardónica y secundariamente afectuosa, y un cuaderno donde apuntaba lo que le debían, porque decía que el que no apunta acaba regalando.

Estaba Mariela, que mandaba dinero a Bucarest todos los días uno, sin fallar uno solo en cinco años, y que tenía dos fotos de sus hijos apoyadas en el espejo de la habitación de arriba y una tercera en la cartera que no enseñaba a nadie.

Y estaba Jinete, que había llegado de Andalucía con el convencimiento de que a los problemas hay que montarlos y cabalgarlos en lugar de huir de ellos, filosofía que le había costado dos dientes y que defendía igualmente.

Entre aquellas mujeres, Luna encontró algo que no era amistad —la palabra amistad implica una disponibilidad que ninguna de ellas podía garantizar— sino algo más concreto y más fiable.

Una red.

Una red de información, de gestión y de apoyo práctico en los momentos en que el sistema teórico fallaba, que fallaba a menudo.

Sister sabía qué clientes eran problema tres semanas antes de que lo fueran.

Mariela sabía de médicos que no preguntaban.

Jinete sabía cómo se le habla a un hombre que se está poniendo tonto para que se desinfle sin que se sienta humillado, que es la técnica más difícil de todas y la única que funciona.

Y las cuatro sabían, sin haberlo hablado nunca, que si una de ellas no bajaba a las nueve, alguien subía a mirar.

—Lo más parecido a la eternidad —decía Sister algunas noches, cuando el local estaba lleno y el trabajo era más de lo que ninguna habría elegido— es un mes sin cobrar. Por lo de eterno.

Se reían.

Era el tipo de risa que solo tiene gracia desde dentro.

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Lo que Luna no esperaba, en ninguna de sus formas posibles, era al Cazador.

No era el tipo de cliente que frecuentaba el local: demasiado quieto, demasiado observador, con esa compostura de alguien acostumbrado a controlar exactamente qué proyecta hacia el entorno.

Los clientes habituales del Club de Moisés eran hombres que iban a relajarse, a soltar el control que mantenían en sus vidas diarias.

Aquel hacía exactamente lo contrario: iba a observar, no a ser observado.

Lo notó la primera noche.

Lo notó la segunda.

Y la tercera noche salió al callejón a fumarse un cigarrillo, y en el segundo en que sus ojos se cruzaron con los de él por encima de un hombre caído, lo que pensó no fue miedo.

Fue reconocimiento.

Como cuando ves tu propio gesto en alguien que no te conoce.

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