Caperucita. La cara B Ourense y Málaga
52%

Ourense y Málaga

Ourense y Málaga

«El forro de un abrigo aguanta cuatrocientos euros y no se nota.»

De los ocho meses de Ourense, Elena Ruiz Montoro habló una sola vez en su vida y fue para decir una frase: que de aquel sitio no se podía uno ir.

Pero hubo una persona.

❖

Ourense es una ciudad rara y hermosa que casi nadie visita: está metida en un valle, hace un calor de horno en agosto y un frío húmedo en enero, tiene un puente romano y unas aguas termales que brotan a sesenta y siete grados en la orilla del Miño y en las que la gente se mete en pleno invierno, de noche, con la niebla por encima.

El local no estaba en Ourense capital. Estaba a doce kilómetros, en una nacional, y desde la ventana de arriba se veía un depósito de agua y un descampado.

Allí había una mujer que se llamaba Sonia.

Tenía treinta y cuatro años, era de Vigo, llevaba cuatro años en aquel sitio y no tenía ninguna intención de salir, y esto último es lo que hay que entender para que la historia signifique algo: Sonia no era una compañera de fuga, era una mujer que ya había decidido que aquello era su vida.

❖

Fue en el quinto mes.

Elena llevaba dos semanas raras. Comía poco, dormía menos, y había empezado a hacer cuentas en voz alta sin darse cuenta.

Una noche, a las seis de la mañana, Sonia entró en la cocina, cerró la puerta, y le dijo:

—¿Cuánto llevas juntado?

Elena se quedó blanca.

—No sé de qué me hablas.

—Ciento veinte, ciento cuarenta. —Sonia se sentó enfrente—. Y lo tienes en el zapato o debajo del colchón, que son los dos sitios donde miran.

Silencio.

—Si te lo encuentran te lo quitan y encima pierdes cuatro meses —dijo Sonia—. Así que escúchame.

Y le enseñó lo del forro.

Le enseñó a descoser cuatro centímetros de la costura interior de un abrigo por la parte de abajo, donde no se estira.

A meter los billetes de uno en uno, planos, repartidos por el bajo y no todos juntos.

A coser con hilo del mismo color y con puntadas largas por dentro y cortas por fuera.

Y a colgar el abrigo con los demás y no esconderlo, porque lo que se esconde se busca.

—¿Cuánto aguanta? —preguntó Elena.

—Cuatrocientos, sin que se note. Quinientos si el abrigo es gordo.

—¿Y tú cómo lo sabes?

Sonia se levantó y llevó la taza al fregadero.

—Porque a mí me lo enseñó otra —dijo—. Hace ocho años. En Zamora.

—¿Y por qué no lo has usado?

Sonia se quedó un momento de espaldas.

—Porque yo no tengo adónde ir, nena —dijo—. Tú sí. Se te nota en que miras el reloj.

❖

Elena salió de allí en agosto con cuatrocientos euros cosidos en el bajo de un abrigo de invierno que llevó puesto en un autobús de línea en pleno mes de agosto, sudando, porque llevarlo puesto era menos raro que llevarlo en la maleta.

No volvió a ver a Sonia. No supo nunca si seguía allí, si se había ido, si estaba viva.

Y doce años después, en una pensión de Lugo, cuando sacó del fondo de una maleta un pasaporte que llevaba diez años sin usar, lo primero que hizo, antes de mirar la foto, fue pasar el dedo por el bajo de un abrigo que ya no era aquel y comprobar la costura.

Costumbre.

Hay cosas que enseña una mujer en una cocina a las seis de la mañana y que no se van nunca.

❖

Málaga.

Málaga es una ciudad que ha cambiado tres veces desde que Elena se fue, y esto lo notó a los dos días de volver: el centro estaba lleno de museos y de gente arrastrando maletas por calles que ella recordaba con talleres y con mercerías.

Su barrio, no.

Su barrio estaba igual: los mismos bloques de los setenta, los mismos geranios, la papelería, el mismo bar en la esquina con las mismas sillas fuera y probablemente los mismos hombres dentro.

❖

En el cuarto piso, puerta B, vivía Maruja.

Maruja tenía setenta y nueve años, era viuda desde hacía veintidós y había sido durante toda la vida de Elena el tema de conversación número uno de su madre: me dijo Maruja , ha bajado Maruja , no sabes lo de Maruja .

Elena se la encontró en el rellano el segundo día, cargando dos bolsas de la compra.

—Deje, que se las subo.

Maruja la miró.

Y no dijo ay, qué grande estás ni ¿tú eres la hija de Rosa? ni ninguna de las cosas que se dicen.

Dijo:

—¿Y tú dónde has estado, niña?

❖

Elena se quedó parada en el rellano con las dos bolsas en la mano.

Doce años.

Cuatro días en aquella casa. Su madre hablando desde las nueve de la mañana hasta las once de la noche de la vecina, del hermano, de la cadera de la prima, de lo cara que estaba la vida.

Y la primera persona que le preguntaba dónde había estado era una señora de setenta y nueve años en un rellano, con dos bolsas de la compra y sin ninguna intención especial.

—Por el norte —dijo Elena.

—¿Y qué hacías?

—De todo.

Maruja abrió la puerta de su casa.

—Eso lo dice la gente que ha hecho cosas malas y la gente a la que le han pasado cosas malas —dijo, sin girarse—. Y no son lo mismo, aunque se parezcan en la cara. Deja las bolsas ahí, hija.

Elena dejó las bolsas en la entrada.

—¿Quieres un café?

—No, gracias. Ya he desayunado.

—No te he preguntado si has desayunado —dijo Maruja.

Elena se sentó.

Estuvo hora y media.

No contó nada. Absolutamente nada: hablaron del norte, de la lluvia, de lo que cuesta un piso allí y del marido de Maruja, que había sido de Lugo y que decía que en Andalucía se dormía mal por el calor.

Pero se sentó.

Y a las once y media de la mañana, cuando bajó a su casa, Elena Ruiz Montoro se dio cuenta de que llevaba doce años sin estar en una habitación con alguien que no quisiera nada de ella.

❖

Le llevó la compra a Maruja los jueves durante los cuatro años siguientes.

Cuando Maruja murió, en marzo, Elena fue al tanatorio y se sentó al fondo, y una sobrina le preguntó de qué la conocía.

—Del rellano —dijo Elena.

Y le pareció, dicho en voz alta, la mejor manera de conocer a alguien que había encontrado en su vida.

❖

❖