Caperucita. La cara B Elena
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Elena

Elena

«Cuando una puta se enamora de ti, no la subestimes. Quizás sea la única mujer que te ame de verdad en toda tu vida.»

Antes de llamarse Luna se llamaba Elena, y antes de vivir en el norte vivía en un cuarto piso sin ascensor de un barrio de Málaga donde en agosto no se podía estar y en enero tampoco, por motivos opuestos.

Su familia no era desestructurada en el sentido técnico del término.

Lo era en la práctica: dos padres presentes que no funcionaban bien juntos y que canalizaban esa disfunción de maneras distintas pero igualmente agotadoras para los tres hijos que habían tenido antes de darse cuenta de que no deberían haber estado juntos nunca.

El padre se iba. No definitivamente: se iba a las siete de la tarde y volvía a las doce, todos los días, durante veinte años, con una constancia que a Elena de pequeña le parecía un trabajo y que después entendió que era una manera de estar divorciado sin serlo.

La madre se quedaba, y hablaba. Hablaba mucho, todo el rato, a cualquiera que estuviera delante, de lo que le pasaba y de lo que le había pasado y de lo que le iba a pasar, y los tres hijos crecieron dentro de aquella narración continua como se crece dentro de una radio encendida.

Elena era la del medio.

Los del medio aprenden pronto una de dos cosas: a hacerse invisibles o a destacar. Elena eligió la primera, que es más barata a corto plazo y mucho más cara a largo.

Se le daba extraordinariamente bien.

A los quince años era capaz de estar cuatro horas en una habitación con su madre sin que su madre le dirigiera la palabra ni una vez, y de salir de esa habitación sabiendo exactamente en qué estado de ánimo estaba su madre, qué había pasado esa mañana y qué iba a pasar esa noche.

Es una habilidad. Se paga cara y es una habilidad.

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El hombre se llamaba Óscar y tenía veintinueve años cuando ella tenía veintidós.

Trabajaba en un almacén de material eléctrico y tocaba el bajo en un grupo que ensayaba los jueves y que en tres años dio once conciertos, y Elena fue a los once.

No era mala persona. Eso es lo que más le costó explicarle después a la gente, y lo que hacía que la historia no sirviera como advertencia: la gente quiere que el hombre sea malo, porque si el hombre es malo la historia tiene moraleja y las moralejas tranquilizan.

Óscar no era malo. Era otra cosa mucho más común: era un hombre de veintinueve años que quería que alguien creyera en él más de lo que él creía en sí mismo, y que encontró a una chica de veintidós que llevaba toda la vida entrenándose para adivinar lo que necesitaban los demás.

Se encontraron. Fue casi mecánico.

Cuando le salió lo del norte —un trabajo de comercial en Pontevedra, con coche, que duró cinco meses—, Óscar se lo dijo un domingo por la noche con la voz de quien está pidiendo permiso.

—Me voy en octubre.

—Vale.

—¿Vale?

—Voy contigo —dijo Elena.

Y él la abrazó y le dijo que era la única persona que lo había entendido, y Elena estuvo tres años viviendo de aquella frase.

Sus padres no se opusieron. Eso fue lo que le dolió: que no se opusieran. Su madre dijo que allí llovía mucho y su padre dijo que avisara cuando llegara, y eso fue todo, y Elena metió su vida en dos maletas y cogió un tren de veinte horas.

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Óscar se fue a los dos años y siete meses.

No hubo dramatismo. Volvió al sur porque el trabajo se había acabado hacía tiempo y porque su madre estaba mal y porque, dijo, aquello no era lo suyo.

—Vente —le dijo, en la puerta, con el coche cargado.

Y Elena, que llevaba dos horas esperando esa frase, descubrió con horror que la había dicho de una manera que no era una invitación sino una fórmula de cortesía, y que si decía que sí iba a pasarse el resto de la vida sabiendo que había ido detrás de un hombre que la invitó por educación.

—No —dijo.

Y él asintió demasiado rápido.

Se quedó porque volver habría significado admitir que se había ido. Y hay una edad —los veinticuatro, los veinticinco— en la que esa admisión parece más grande que la vida entera.

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Lo que encontró en el norte fue trabajo. El tipo de trabajo que encuentran las mujeres solas y sin red en ciudades que no son las suyas cuando necesitan dinero rápido y el hambre acecha.

El primer sitio fue en Ourense y duró ocho meses.

De aquellos ocho meses Elena no habló nunca en detalle con nadie, ni siquiera con Sister, ni siquiera con Sheila. Lo único que dijo alguna vez, y lo dijo una sola vez, es que en aquel sitio no se podía uno ir.

Ni se cerraban puertas, ni se ataba a nadie, ni había nada que un juez hubiera sabido calificar.

Simplemente no se podía uno ir.

Salió de allí en agosto, en un autobús de línea, con lo puesto y con cuatrocientos euros que había ido escondiendo en el forro de un abrigo durante cinco meses, y con una idea muy precisa que le duró el resto de su vida: que la diferencia entre un sitio y otro no está en lo que te hacen, sino en si la puerta se abre.

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A Luna la inventó en un autobús.

Fue en el trayecto de Ourense a Pontevedra, mirando por la ventanilla, y fue una decisión completamente práctica: Elena era el nombre de su abuela y no le iba a servir donde iba, y además había una cosa insoportable en oír tu propio nombre en según qué boca.

Eligió Luna porque era corto, porque no significaba nada y porque sonaba a las dos cosas que le hacían falta: a algo que está lejos y a algo que cambia de forma según el día.

Elena se quedó dentro del pasaporte.

Y en el pasaporte estuvo, sin usarse, guardado en el fondo de una maleta de tamaño medio, durante diez años.

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