Caperucita. La cara B Cuarenta kilómetros
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Cuarenta kilómetros

Cuarenta kilómetros

«Sé la segunda más lista de la habitación.»

Los dos últimos años fueron los peores, y eso es una cosa que Sheila Lodeiro no consiguió explicarle nunca a nadie, ni siquiera a la psicóloga, ni siquiera a su madre.

Fueron los peores porque fueron los mejores.

Después de dieciocho años en Francia y en Bélgica, aquellos dos últimos años en Galicia tenían todo lo que no habían tenido los anteriores.

Se hablaba su idioma. Se comía comida que ella reconocía.

Había ventanas que se abrían. En el Club Elvis hubo cuatro meses con Luna.

Había, en general, menos violencia y más rutina, porque los circuitos españoles de aquel momento funcionaban con menos brutalidad y más contrato, que es peor moralmente y mejor a diario.

Y todo eso —todo— era exactamente lo que hacía insoportable lo otro.

Porque durante dieciocho años Sheila había estado lejos, y estar lejos permite una cosa muy útil: no pensar en la distancia.

Ahora estaba cerca.

Y no sabía cuánto.

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Empezó a hacer el mapa la segunda semana.

No pudo evitarlo. Fue automático, como respirar. Llevaba dieciocho años recogiendo información porque la información era la regla uno, y de pronto la información que caía a su alrededor era información sobre dónde estaba .

Reunió las piezas despacio, sin preguntar nada, durante veinticuatro meses.

Pieza uno: el mar. El olor del primer día. Estaba en la costa, o a menos de veinte kilómetros de ella, y era costa atlántica del norte. Eso reducía el problema a una franja.

Pieza dos: los camiones. Desde la ventana de la habitación del Club Elvis se veía un trozo de carretera comarcal.

Sheila apuntó mentalmente durante meses los rótulos de las empresas que pasaban.

Congelados. Madera. Conservas. Transportes con nombres que llevaban topónimos: nombres terminados en -oso , en -eira , en -án .

Pieza tres: la radio. En la cocina había una radio encendida a media tarde.

Los informativos locales daban el tiempo por comarcas.

Sheila memorizó los nombres de las comarcas por orden de aparición durante un año entero, sin saber lo que significaban, hasta que un día el orden le dio la lógica: los que aparecían al principio eran de una provincia y los que aparecían después de otra.

Pieza cuatro: los acentos. Este fue el más difícil y el más decisivo. Sheila había perdido casi entero su gallego a los diez años, pero la música seguía ahí. Y la música del sitio en el que estaba era la misma que la de su casa.

No parecida. La misma.

Estuvo tres días sin poder dormir por eso.

Pieza cinco llegó un domingo por la tarde, a los catorce meses.

Un cliente estaba en la barra hablando por teléfono, en voz demasiado alta, discutiendo con alguien sobre unos plazos. Y dijo, con toda naturalidad, como quien dice el nombre de una calle:

—Que no, hombre, que mañana bajo a Vilagarcía y lo hablamos allí.

Sheila estaba a metro y medio, con una bandeja en la mano.

No pasó nada.

No se le cayó la bandeja, no se le movió un músculo de la cara, no giró la cabeza. Siguió andando, dejó la bandeja donde tenía que dejarla, fue al servicio, cerró la puerta con pestillo y se sentó en el suelo con la espalda contra la pared durante siete minutos.

Regla cinco.

Salió, se lavó las manos y volvió al salón.

Y aquella noche, en la cama, hizo por primera vez en veinte años una operación aritmética que había evitado durante veinte años: si aquel hombre bajaba a Vilagarcía al día siguiente y volvía por la tarde, aquello estaba a menos de una hora.

Cuarenta kilómetros. Cincuenta a lo sumo.

Veinte años, once ciudades, cuatro fronteras.

Y su madre estaba a cuarenta kilómetros.

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Aquí es donde cualquiera que lea esto se hace la pregunta.

Es la pregunta que se hizo el inspector Iglesias veinte años atrás sin saber que se la estaba haciendo, la que se hizo Vidal, la que se hizo la psicóloga en la tercera sesión, y la que se hicieron todos los que oyeron la historia después.

¿Por qué no se fue andando?

Cuarenta kilómetros. Diez horas a pie. Un pueblo cada tres kilómetros. Un cuartel de la Guardia Civil en cualquiera de ellos. Una gasolinera. Un teléfono.

Sheila Lodeiro pensó en eso durante veinticuatro meses todos los días.

Y no fue.

Y las razones, ordenadas por ella misma mucho después, en una consulta de Lugo, con una caja de pañuelos en la mesa de al lado, fueron tres, y solo la primera es la que la gente entiende.

La primera es la regla seis. No puedes abrir la puerta. Puedes estar lista. Las fugas improvisadas no funcionan. Lo había comprobado a los catorce años en Lyon con un plan mejor que cualquiera de los que podía montar allí, y el precio lo pagaron ella y otras dos.

La segunda son las otras. Siempre las otras.

En el Elvis eran nueve. En el club siguiente, siete.

Sheila sabía exactamente qué pasaba en un local cuando desaparecía una: el registro, la noche larga, el traslado de todas en cuarenta y ocho horas, el fin de los pequeños márgenes que cada una se había ganado en meses.

Irse era pagar su libertad con la de nueve mujeres que no la habían votado.

Y la tercera no se la contó a nadie durante mucho tiempo, porque le daba una vergüenza que no era proporcionada a nada y de la que tardó dos años en librarse.

La tercera era esta: que no sabía si su madre estaba viva.

Y que si estaba viva, hacía veinte años que la creía muerta.

Y que ella tenía ya veintinueve años, y que la niña de la que su madre se acordaría no existía desde hacía dos décadas, y que aparecer un martes por la mañana en un portal del casco viejo con lo puesto y decir soy yo significaba obligar a una mujer de sesenta años a mirar de frente lo que le habían hecho a su hija durante veinte años.

Me da miedo lo que va a ver cuando me mire.

Eso fue lo que le dijo a la psicóloga, en la sesión doce, y fue la primera cosa completamente cierta que dijo en toda la terapia.

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Al Morgana la vendieron en septiembre.

La palabra es vendieron.

No hay otra y hay que usarla, y hay que usarla también para explicar por qué a partir de ese momento todo se aceleró: porque Sheila llevaba dos años en un circuito relativamente estable y de pronto pasó a manos de un tal Rodrigues, que trabajaba para los Sousa, y los Sousa eran otra categoría.

El Morgana estaba en un cruce de comarcales entre Catoira y Rianxo, en la orilla norte de la ría, cuarenta minutos de Vilagarcía por la carretera vieja.

Le asignaron la cuarta puerta a la derecha del pasillo del fondo, que era la que Rodrigues usaba siempre para las nuevas, por superstición de gerente o simplemente por inercia.

En tres semanas, Sheila catalogó la habitación entera.

La anchura exacta de la ventana que daba al aparcamiento.

La reja: tres tornillos en la parte inferior levemente oxidados, uno de ellos con la cabeza redondeada por haber sido forzado antes por alguien, en algún momento, sin éxito.

La altura de la cama respecto al suelo: cuarenta y dos centímetros; cabía una persona debajo si era delgada.

El tiempo que tardaba el camarero de la barra en pasar por el pasillo entre las diez y las once: cada dieciocho o veinte minutos.

Los turnos de Ricky, el de seguridad, que era grande y no era listo y que sacaba el teléfono del bolsillo derecho cada vez que sonaba un teléfono en cualquier parte del edificio.

Catalogó todo aquello sin ninguna intención de escapar.

Lo hizo por costumbre y lo hizo por la regla seis.

Llevaba veinte años preparándose para un día que no dependía de ella, y la única forma de prepararse para un día que no depende de ti es estar lista todos los días, que es una manera agotadora de vivir y la única que hay.

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La noche del martes, Sheila estaba sentada en el borde de la cama con la espalda recta, que era como se sentaba.

Se oía la música del salón, muy baja a través de la pared.

Faltaban dos minutos para que alguien llamara dos veces a aquella puerta, hiciera una pausa y llamara una vez más.

Y dijera, en español, muy bajo, un nombre.

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