Caperucita. La cara B El olor del norte
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El olor del norte

El olor del norte

«Lo sabía. No podía olvidar este olor.»

La trajeron de vuelta a España a los veintiocho años.

Habían pasado dieciocho desde el maletero. Dieciocho años de Burdeos, Lyon, Marsella, dos años en Bélgica de los que apenas conservó nada, y otra vez el sur de Francia. La habían movido once veces. La habían vendido —esa es la palabra, y no hay otra, y hay que usarla— cuatro.

En algún punto de aquel recorrido había dejado de ser la niña del expediente para convertirse en una mujer adulta de la que ya no había expediente en ninguna parte, que es exactamente lo que buscan esos circuitos: que pase el tiempo suficiente para que nadie esté buscando ya.

La llamaban la Francesita.

Se lo pusieron en el primer club español porque llegó de Francia, porque hablaba francés sin acento y español con un acento raro, y porque en aquel ambiente los nombres se ponen por procedencia, por color de pelo o por alguna cosa del cuerpo, y a ella le tocó la procedencia, que fue la menos mala de las tres opciones.

Nadie sabía que era española.

Sheila no lo dijo.

Regla uno.

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El club se llamaba Elvis y estaba en el interior de la provincia de Pontevedra, en una carretera comarcal, a cuarenta minutos de todo.

Llegó en marzo, de noche, y por lo tanto no vio nada.

Vio algo al día siguiente.

Y lo que vio no fue lo que la rompió. Lo que la rompió fue lo que olió.

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Salió al callejón de atrás a media tarde, antes de la apertura, porque le habían dicho que sacara dos bolsas al contenedor.

Era una de esas tardes atlánticas en que la humedad tiene una temperatura concreta, y el viento venía del oeste cargado de sal y de ese algo más que no puede nombrarse exactamente pero que reconoce cualquiera que haya crecido en esas latitudes, esté donde esté.

Sheila dejó las bolsas en el suelo.

Y se quedó parada.

No fue un recuerdo. Los recuerdos vienen de dentro, se piensan, se van desenrollando. Aquello vino de fuera y le entró por la nariz y le llegó al centro del pecho antes de pasar por ninguna parte del cerebro que se pudiera llamar consciente.

Piedra mojada. Verde. Madera. Marea baja, muy lejos, pero marea baja.

Le fallaron las rodillas y tuvo que apoyar una mano en la pared.

Cerró los ojos.

—Lo sabía —dijo, en voz alta, sin dirigirse a nadie—. No podía olvidar este olor.

Dieciocho años.

Dieciocho años y había bastado con un metro cúbico de aire.

—¿Qué haces ahí parada? —Una voz detrás. El controlador de la puerta la tenía cogida del brazo—. ¡En media hora abrimos!

—Déjala.

La voz era de Luna, que había aparecido en el umbral con esa calma que ponía entre ella y las situaciones que podían complicarse.

—Es nueva. Ya le explico yo.

El controlador la soltó y se fue.

Luna se acercó, encendiendo un cigarrillo.

—No les gusta que salgamos a la calle —dijo.

—Lo sé.

—¿Entonces?

Sheila seguía con los ojos cerrados.

—¿A qué huele? —dijo.

Luna la miró un momento, extrañada. Después, porque le pareció más fácil contestar que preguntar, aspiró.

—A humedad —dijo—. Y a mar. Y a eucalipto, creo.

—A casa —dijo Sheila—. Huele a mi casa.

Y abrió los ojos.

Luna no dijo nada durante unos segundos. Estuvo mirándola con esa atención suya que catalogaba, y catalogó: mujer de unos treinta o algo menos, acento indefinido, expresión de las que no dan nada, y una frase que acababa de romper esa expresión durante segundo y medio.

Después hizo algo que Sheila no esperaba.

No la llevó adentro.

Se quedó en la puerta del callejón, apagó el cigarrillo contra la pared a la mitad, y aspiró el aire otra vez, en serio, como se huele algo cuando alguien te ha dicho que hay algo que oler.

—Sí —dijo—. Huele a eso.

Y en aquel segundo de silencio compartido se estableció entre las dos una cosa que todavía no era amistad pero que era el material del que se hace la amistad cuando no hay ninguna otra opción disponible.

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Estuvieron cuatro meses en el mismo local.

Fue el periodo más habitable de los veinte años de Sheila, y consistió, básicamente, en tener con quién hablar.

Hablaban de tonterías. Eso es lo que la gente no entiende: que en los sitios así no se habla de lo que pasa, se habla de series, de comida, de un actor, de si el frío del norte es peor que el del este. Hablar de lo que pasa no ayuda a nadie y además lo hace más real.

Luna le enseñó tres cosas prácticas que Sheila no sabía y que en España valían.

Sheila le enseñó a Luna las reglas. Las seis. Se las dijo una noche entera, en la cocina del club, a las cinco de la mañana, con dos cafés.

Luna las escuchó sin interrumpir.

Cuando terminó, dijo:

—Eso no te lo ha enseñado nadie.

—La seis sí.

—Las otras cinco no. —Luna dio vueltas al café—. ¿Sabes lo raro que es eso? Que alguien que entró de cría se haga un sistema. Casi nadie se hace un sistema. La mayoría se hace una anestesia.

Sheila se encogió de hombros.

—Yo era muy mía de pequeña —dijo—. Mi madre me lo decía.

Fue la primera vez en dieciocho años que mencionó a su madre delante de otra persona.

Luna lo registró y no preguntó.

Y eso —el no preguntar— fue exactamente lo que hizo que dos años después, en un coche con una fotografía en las manos, Luna reconociera la cara de una niña de diez años con el pelo rojo, y dijera un nombre en voz alta, y cambiara con eso el final entero de esta historia.

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