Las dos puertas
Las dos puertas
«Hay quien no abre y hay quien hace café. Y casi nunca lo saben.»
Hay dos puertas en los dieciocho años franceses de Sheila Lodeiro.
Una no se abrió.
La otra ni siquiera era una puerta.
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Burdeos.
Burdeos es una ciudad de piedra clara, de fachadas del XVIII alineadas kilómetro tras kilómetro, de un río ancho y marrón, de tranvías silenciosos y de una elegancia municipal que se nota sobre todo cuando uno está en el sitio donde esa elegancia no llega.
El piso estaba en Bacalan, en la cuarta planta de un bloque de los años sesenta, en un rellano con dos puertas.
En la de enfrente vivía una mujer de setenta y seis años que se llamaba Ferrand.
Sheila supo el apellido porque estaba en el buzón y porque a los once años leía todo lo que había para leer, que en aquel piso era poco.
Madame Ferrand salía a las nueve y cuarto de la mañana. Todos los días. Con un carrito de tela escocesa.
Sheila lo sabía porque el ruido del carrito en el rellano era, junto con la basura del jueves, uno de los dos acontecimientos acústicos de la semana.
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Ocurrió en octubre, a los cuatro meses.
La puerta del piso se quedó entreabierta —quince, veinte centímetros— porque alguien había salido a por tabaco y no había cerrado bien, que es el tipo de negligencia mínima sobre la que se construyen todas las esperanzas de esa clase de sitios.
Y a las nueve y cuarto, madame Ferrand salió con su carrito.
Y miró.
Miró por la rendija durante cuatro segundos completos. Sheila los contó, porque contaba.
Vio lo que había dentro: un salón con las persianas bajadas a las nueve de la mañana, un colchón en el suelo, y una niña de once años sentada en él, mirándola.
Se miraron.
Cuatro segundos.
Después madame Ferrand cogió su carrito y bajó las escaleras.
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No llamó a nadie.
No llamó aquel día ni ninguno de los cuatrocientos y pico que Sheila estuvo en aquel piso, y a partir de aquella mañana no volvió a salir nunca a las nueve y cuarto: empezó a salir a las diez y media, cuando la puerta de enfrente llevaba una hora cerrada.
Eso es todo lo que hizo.
Cambiar de horario.
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Sheila Lodeiro pensó en aquella mujer durante veinte años.
Al principio con un odio simple y absoluto, del tipo que se tiene a los once años y que no admite matices.
Después, hacia los quince o dieciséis, con una cosa peor, que fue entender.
Porque una mujer de setenta y seis años que vive sola en un cuarto piso, en un barrio así, y que ve lo que hay al otro lado del rellano, sabe perfectamente dos cosas: que si llama a la policía tal vez saquen a esas personas, y que si no las sacan, o si las sacan y vuelven otras, ella tiene que seguir viviendo en ese rellano el resto de su vida.
El miedo de madame Ferrand era completamente racional.
Y esa fue la lección, y fue la más amarga de las que aprendió Sheila en veinte años, y la formuló a los diecisiete de esta manera: la gente decente no hace nada, y no lo hace por motivos que se entienden.
De ahí salió la regla seis mucho antes de que Natasha se la dijera en Lyon.
De ahí salió que no esperara.
Y de ahí salió —y esto lo entendió mucho después, en una consulta de Lugo, y le costó tres sesiones— que cuando por fin alguien abrió la puerta veinte años más tarde, ella tardara cuatro minutos en creérselo y le pidiera enseñar una fotografía.
Porque el que ha aprendido que nadie viene tiene que desaprenderlo, y desaprender eso es más difícil que aprenderlo.
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Lyon.
Lyon fue peor y no aportó ninguna puerta.
Lyon es una ciudad de dos ríos, de patios interiores comunicados por pasadizos que llaman traboules y por los que se puede cruzar una manzana entera sin salir a la calle, cosa que Sheila supo a los trece años y que incluyó en el plan de fuga que hizo a los catorce y que falló por un bar en una esquina.
De Lyon guardó la fiebre, a Natasha, y la regla seis.
Nada más.
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Marsella.
Marsella no se parece a ninguna otra ciudad francesa y la gente de Marsella lo dice antes de que se lo preguntes.
Tiene un puerto viejo con barcas, una colina con una basílica encima que se ve desde toda la ciudad, un ruido continuo, una luz que no es del norte y un olor a mar que no es el del Atlántico: más plano, más caliente, sin marea.
Sheila estuvo allí seis años, del año noveno al decimoquinto.
Y fue en Marsella donde estuvo a punto de perderlo todo.
Fue alrededor del octavo o noveno año, y no fue por nada concreto: no hubo una paliza especial, no hubo un traslado, no hubo una noticia. Fue una cosa que ocurre y de la que casi nadie que la haya pasado sabe explicar el origen.
Un día intentó recuperar el olor de la cocina de su madre y no vino.
Al día siguiente tampoco.
A la semana tampoco.
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Fueron veintitrés días.
Veintitrés días en los que Sheila Lodeiro, que había sobrevivido a nueve años de aquello con un sistema de seis reglas y una cámara blindada con seis cosas dentro, comprendió que si perdía la primera de las seis se caía la estructura entera, porque las otras cinco eran demostraciones y aquella era el axioma.
Fueron los peores veintitrés días de veinte años.
Peores que Lyon. Peores que la fiebre. Peores que el maletero.
Y no se lo pudo contar a nadie, porque ¿cómo se cuenta eso?
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Volvió una noche de junio.
Estaba tumbada, con la ventana abierta porque en Marsella en junio la ventana está abierta, y en el piso de arriba alguien se levantó a las cinco y media de la mañana y se puso a hacer café.
El olor bajó por el patio de luces.
Café, y el jabón de manos de alguien que se acababa de lavar, y algo más que no tenía nombre.
Sheila se incorporó en la cama.
Y lloró durante dos horas sin hacer ruido, que es una técnica.
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Nunca supo quién vivía en aquel piso.
Nunca lo vio. Nunca oyó una voz. Nunca supo si era un hombre o una mujer, ni de dónde era, ni por qué se levantaba a las cinco y media, aunque probablemente era por lo mismo por lo que se levanta a las cinco y media todo el mundo.
Aquella persona no hizo absolutamente nada.
Se levantó una mañana de junio, como llevaba haciendo años, y se puso el café.
Y con eso le devolvió a una chica de diecinueve años, que estaba en la habitación de abajo, lo único que tenía.
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Sheila Lodeiro contó estas dos historias en la sesión número veintiséis, en Lugo, un jueves a las cinco de la tarde.
Las contó seguidas, la de madame Ferrand y la del café.
Y al terminar dijo una cosa que la psicóloga apuntó y que después le devolvió muchas veces:
—La que miró y no hizo nada me destrozó la vida. Y el que hizo café y no se enteró me la salvó. —Se encogió de hombros—. Y los dos hicieron lo mismo: nada. La diferencia la puse yo.
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