El día del agua
El día del agua
«Hay un solo día al año en que a nadie le importa mojarse.»
El dieciséis de agosto, en Vilagarcía de Arousa, no se puede ir seco por la calle.
No es una manera de hablar. Es una descripción operativa del municipio durante unas seis horas.
Empieza a media mañana y va subiendo, y hacia las cinco de la tarde la ciudad entera —la ciudad y treinta o cuarenta mil personas que no son la ciudad y que han venido en tren, en autobús y en coches aparcados a dos kilómetros— está en la calle empapándose unos a otros con lo que tenga: vasos, botellas, cubos, garrafas, pistolas de agua, mangueras que salen por las ventanas de los primeros pisos, y los camiones cisterna de los bomberos avanzando despacio por la Rúa Castelao con la manguera abierta en abanico.
Los comercios cierran con plásticos. Los bares sirven en vasos de plástico y con la barra encharcada. Los ancianos miran desde los balcones y a veces participan desde los balcones, que es la forma más ventajosa de participar.
Y todo el mundo se ríe. Esa es la parte que no se entiende desde fuera: que no hay ninguna agresividad en aquello. Es una ciudad de treinta y siete mil habitantes tirándose agua unos a otros durante una tarde entera y riéndose.
Sheila Lodeiro tenía nueve años, y aquel dieciséis de agosto fue el mejor día de su vida.
Lo supo en el momento, que es rarísimo. Casi nadie sabe en el momento que está viviendo el mejor día de su vida; lo normal es enterarse quince años después, cuando ya no sirve de nada.
Sheila lo supo aquella misma tarde, a las siete y cuarto, empapada, en mitad de la Praza de Ravella, con un cubo de plástico azul en la mano.
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La habían dejado ir con la señora Fernanda y con dos nietas de la señora Fernanda, que tenían once y trece años y que a Sheila le parecían mayores de una manera que resultaba prestigiosa.
Su madre había dicho que iría después.
—¿Cuándo?
—Luego. Tengo que hacer una cosa.
—¿Qué cosa?
—Una cosa, Sheila.
Sheila registró el tono y no insistió, porque llevaba dos meses registrando tonos raros en aquella casa y había desarrollado la política de no tocarlos.
Aquella mañana, además, tenía otras prioridades.
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Las prioridades eran tres.
La primera era el cubo. Había estado dos semanas negociándolo.
Su madre proponía un vaso, la señora Fernanda proponía una botella con agujeros en el tapón, y Sheila había defendido el cubo con una argumentación que incluía la ratio entre esfuerzo y resultado y que terminó ganando por agotamiento del adversario.
La segunda era la ropa. Había que ir con lo que no importara y con calzado que no resbalara, y eso Sheila lo había resuelto sola.
La tercera era María.
María no iba.
Fue la única decisión difícil de aquella mañana y Sheila la tomó sentada en la cama, con la muñeca en el regazo, explicándoselo en voz alta:
—Hoy no. Es que hoy no se puede. Te ibas a poner como una sopa y luego tardas tres días en secarte y hueles raro. —Le colocó el pelo—. Te lo cuento cuando vuelva.
Y la dejó en la almohada, mirando hacia la puerta.
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De aquella tarde Sheila conservó, durante veinte años, un archivo desordenado y completo.
Conservó el ruido, que era un ruido enorme y continuo hecho de música de tres sitios distintos a la vez, de gritos, de chapoteo y de la megafonía diciendo cosas que nadie entendía.
Conservó el olor, que era el olor del agua sobre el granito caliente de agosto, que es un olor concretísimo que solo existe seis o siete tardes al año en el norte y que ella no volvería a oler.
Conservó a las nietas de la señora Fernanda tirándose agua entre ellas y olvidándose de ella durante veinte minutos, y el descubrimiento de que estar sola en medio de veinte mil personas no daba ningún miedo.
Conservó a un chaval de unos quince años que le vació media garrafa por la espalda, que le dijo «¡perdona!
» riéndose, y a quien ella le contestó vaciándole el cubo entero desde abajo, y la cara del chaval, y que el chaval se partió de risa y le dijo a sus amigos «esta es buenísima», y que aquella frase le duró a Sheila cuatro días.
Conservó el camión de bomberos.
Y conservó —y esto es lo que fue a parar al centro de todo— un momento exacto en la Praza de Ravella a las siete y cuarto de la tarde en el que se paró.
Simplemente se paró. En medio.
Con el pelo rojo pegado a la cara, la camiseta chorreando, el cubo colgando de la mano derecha y agua cayendo desde una ventana del primer piso a cuatro metros, y la gente moviéndose alrededor, y el sol todavía alto pero ya naranja, y el ruido.
Y pensó, con esas palabras, porque las recordó siempre con esas palabras:
Yo quiero acordarme de esto.
Tenía nueve años y ya sabía que hay cosas de las que hay que decidir acordarse.
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Volvió a casa a las nueve y media, empapada hasta el interior de los zapatos, con el pelo hecho un desastre y con un frío que había llegado de golpe cuando bajó el sol y que le parecía parte del premio.
Subió las escaleras haciendo ruido.
Abrió con su llave.
—¡Mamá!
Su madre estaba en la cocina, sentada.
Sentada era ya un dato. Su madre no se sentaba en la cocina: en la cocina su madre estaba de pie, moviéndose, haciendo dos cosas a la vez. Sentada en una silla de la cocina, sin nada delante, con las manos en el regazo, era una imagen que no existía en el archivo de Sheila.
—Hola —dijo Carmen.
—¡No has venido!
—No.
—¡Te lo has perdido entero! Los bomberos pasaron por Castelao dos veces y me mojó un tío una garrafa y le tiré el cubo y...
—Ya me lo contarás. —Su madre sonrió. Fue una sonrisa entera y auténtica y llegó dos segundos tarde—. Ve a ducharte, que estás helada.
Sheila se paró en la puerta.
Y miró a su madre.
La miró de la manera en que miraba ella, que era la que producía incomodidad en los adultos, y registró: la postura, las manos, la palidez, un pañuelo de papel arrugado en la encimera, y una cosa en los ojos que no supo nombrar entonces y que a los veintinueve años, en una consulta de psicología de Lugo, nombraría por fin y se pasaría una semana llorando.
—¿Estás bien? —dijo.
—Sí.
—¿Seguro?
—Sheila. Ducha.
Sheila fue a ducharse.
Y en la ducha, con el agua caliente, tuvo la primera experiencia real de la que después sería su capacidad principal: supo que le habían mentido, supo que la mentira no era contra ella, y supo que no iba a poder hacer nada.
Salió, cenó, y a las once fue a su cuarto.
María estaba en la almohada, mirando hacia la puerta.
—Ha sido el mejor día de mi vida —le dijo Sheila, secándose el pelo—. Pero mamá está rara.
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Aquel día no lo metió nunca en la cámara.
Cuando, años después, en un piso de Burdeos, Sheila Lodeiro construyó el sitio donde iba a guardar lo que se podía guardar, y fue eligiendo con avaricia las seis cosas que iban a entrar, el dieciséis de agosto no entró.
Lo consideró muchas veces. Estuvo a punto tres o cuatro veces, en años distintos.
Y siempre, en el último momento, algo lo rechazaba.
Tardó veinte años en entender por qué, y lo entendió una tarde de invierno, en una cocina distinta, cuando su madre le contó lo que había hecho aquel día mientras ella estaba en la Praza de Ravella con un cubo azul en la mano.
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