Caperucita. La cara B Vilagarcía
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Vilagarcía

Vilagarcía

«El dieciséis de agosto no hay quien vaya seco por esta ciudad.»

Conviene explicar la ciudad entera antes de contar lo que pasó en ella, porque de otro modo lo que pasó parece una fatalidad y no lo fue: fue una cosa que le ocurrió a una niña concreta en un sitio concreto que tiene una manera particular de funcionar.

Vilagarcía de Arousa tiene treinta y siete mil habitantes y se comporta como una ciudad de cien mil por una razón histórica: fue puerto antes que pueblo.

De aquí salió durante siglos la madera, el vino, la sal y la gente.

Aquí atracaron transatlánticos cuando los transatlánticos existían; aquí fondeó durante décadas la escuadra inglesa del Atlántico, que llenaba la ciudad de marineros dos veces al año y que dejó en el vocabulario local unas cuantas palabras deformadas y una idea muy elástica de lo que es un forastero.

Aquí llegó el ferrocarril en 1873, antes que a casi ningún sitio de Galicia, porque hacía falta sacar la almeja de Carril hacia Madrid.

Y aquí, desde que hay memoria, ha entrado por el agua todo lo que en otras partes entra por una aduana.

Esto último no es un juicio moral. Es una descripción geográfica: una ría de veinticinco kilómetros, con doscientas ensenadas, con islas, con niebla ocho meses al año y con una flota de miles de embarcaciones pequeñas que se mueven de noche por trabajo, es exactamente el sitio del mundo donde es más difícil vigilar el mar y más fácil llegar a la orilla.

Y una comarca donde durante cien años entró de todo por el agua desarrolla, inevitablemente, una gramática propia: la de saber sin decir.

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Y luego está el agua de la otra clase.

La Festa da Auga se celebra el dieciséis de agosto, día de San Roque, y su origen es una cosa perfectamente respetable que después se le fue de las manos a la ciudad de la mejor manera posible.

San Roque es el santo de las epidemias. Aquí, como en media Galicia, se le sacaba en procesión y había una bendición del agua, y la gente se rociaba, que es lo que se hace en una ciudad portuaria que ha visto entrar el cólera dos veces.

En algún momento de los años cuarenta, unos marineros —siempre son unos marineros— empezaron a mojarse unos a otros a la salida de la procesión.

En los sesenta ya había cubos.

En los ochenta había mangueras en los balcones.

Y hoy hay treinta o cuarenta mil personas, la ciudad cortada, los comercios forrados de plástico, y los camiones cisterna de los bomberos avanzando por la Rúa Castelao con la manguera abierta en abanico.

No queda una persona seca en el término municipal. Ni un turista, ni un abuelo, ni un concejal, ni un policía.

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En uno de esos camiones, aquel dieciséis de agosto, iba Ramón Deza.

Le llamaban Moncho. Tenía treinta y ocho años, llevaba catorce en el parque de bomberos de Vilagarcía, y aquel era su undécimo día del agua.

El día del agua es, para un bombero de allí, el mejor día del año y el más agotador.

Se sale a las cuatro de la tarde y no se para hasta las nueve.

Se hacen quince o dieciséis cargas. Se conduce a paso de hombre entre miles de personas que se te tiran encima gritando, y hay que ir mirando debajo del camión constantemente porque siempre, todos los años, hay un crío que se mete.

Moncho conducía. Y le encantaba.

Aquella tarde, hacia las siete, bajando por Castelao con la cisterna casi vacía y la calle hecha un río, vio a una cría pelirroja parada en medio de la Praza de Ravella.

Parada. En medio. Con un cubo azul colgando de la mano derecha y la cara levantada, sin moverse, mientras la ciudad entera se movía a su alrededor.

Le llamó la atención lo suficiente como para acordarse.

No lo suficiente como para hacer nada, porque no había nada que hacer: una niña parada en medio de una fiesta no es un problema.

Le dio la manguera un segundo, en abanico, desde arriba.

Y la vio reírse.

Después dobló la esquina y siguió trabajando, y no volvió a pensar en aquello durante ocho meses.

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En abril del año siguiente, Moncho Deza estuvo once días buscando a una niña.

Los bomberos no salen en las batidas. Salen para lo otro: para los pozos, para los aljibes, para las balsas de riego, para el sondeo de los fondos del puerto y para lo que en el argot del oficio se llama, con una neutralidad que a los que no son del oficio les parece insoportable, búsqueda en medio acuático .

Once días.

El puerto viejo. La dársena. Los canales del río Con. Cuatro pozos abandonados de fincas de la parroquia de Fontecarmoa. La zona de Cortegada con la marea muerta, dos veces.

Al undécimo día lo dejaron, porque no se puede seguir buscando indefinidamente en un sitio donde no hay nada.

Y aquella tarde, cuando volvían al parque con el material, Moncho se dio cuenta de golpe, en la cabina, de que la niña de la fotografía que llevaban pegada en la pizarra desde hacía once días era la del cubo azul de la Praza de Ravella.

Tuvo que parar el camión.

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Fue a ver a la madre tres días después.

No se lo dijo a nadie del parque, porque no era procedente y porque no le correspondía, y tuvo que preguntar dos veces por la dirección.

Subió tres pisos sin ascensor y llamó al timbre.

Carmen Lodeiro le abrió con la cara de quien lleva dos semanas abriendo puertas.

—¿Sí?

—Ramón Deza. Soy bombero. —Se quitó la gorra, cosa que hizo sin pensarlo y que le pareció ridícula en cuanto la hizo—. He estado en la búsqueda. En la parte del agua.

Carmen se quedó quieta.

—¿Han encontrado algo?

—No, señora. —Y añadió, deprisa, porque vio lo que le pasó en la cara—: Perdone. Vengo por eso. Vengo a decirle eso.

—No entiendo.

Moncho Deza tenía preparada una frase y se le olvidó entera.

—Llevamos once días —dijo—. Hemos mirado el puerto, la dársena, el río, cuatro pozos y la zona de la isla dos veces con la marea muerta. —Pausa—. Su hija no está en el agua, señora. Eso se lo puedo decir yo.

Carmen no dijo nada durante un rato largo.

—¿Está usted seguro?

—Seguro del todo no. Nunca se está. —La miró—. Pero llevo catorce años en esto y sé lo que hay que mirar. Y no está.

Y Carmen Lodeiro, que aquella semana había dejado de dormir y que iba a pasar veinte años sin volver a dormir del todo, se apoyó en el marco de la puerta.

—Gracias —dijo.

—No hay de qué.

—Sí lo hay. —Levantó la cabeza—. Usted es la primera persona en dos semanas que viene a decirme algo que no es ánimo .

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Moncho Deza siguió conduciendo el camión el dieciséis de agosto durante dieciocho años más, hasta que se jubiló.

No se lo contó nunca a nadie.

Pero todos los años, al bajar por Castelao a la altura de la Praza de Ravella, con la calle hecha un río y treinta mil personas gritando, miraba al mismo sitio.

Y no había ninguna niña pelirroja parada en medio.

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