La Rúa Castelao
La Rúa Castelao
«Amalia le daba el cornecho los martes.»
La Rúa Castelao es la calle principal del centro de Vilagarcía. Va desde la zona de la estación hacia el ayuntamiento, es peatonal en su tramo bueno, tiene los comercios de toda la vida y los que van y vienen, y por ella pasa, cualquier día laborable a las cinco y veinte de la tarde, media ciudad.
En la esquina con la calle de la Torre había una panadería.
La llevaba Amalia Ferro, cincuenta y ocho años, tercera generación, con un obrador detrás de la tienda y un horno que se encendía a las cuatro y media de la mañana.
El horno era el motivo por el que aquella esquina de Vilagarcía olía, entre las cinco y las siete de la tarde, de una manera que no se puede reproducir en ningún otro sitio: a la levadura de la segunda hornada, la de la merienda, saliendo por la puerta abierta y mezclándose en la calle con la humedad del oeste y con el olor de la marea, que en Vilagarcía sube por la Rúa Castelao cuando hay levante.
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Sheila pasaba por ahí tres veces por semana desde los siete años.
Y desde los siete años se paraba tres segundos delante de la puerta.
No entraba. Se paraba, respiraba, y seguía.
Amalia Ferro la vio hacer eso durante tres años.
Y un martes, cuando la niña tenía nueve, salió a la puerta con un cornecho —el pico del pan, el extremo, lo que en media Galicia se le da a los críos porque está caliente y cruje— y se lo dio sin decir nada.
Sheila lo cogió.
—Gracias.
—De nada.
Y al martes siguiente, cuando la niña se paró en la puerta, Amalia ya lo tenía en la mano.
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Duró un año y tres meses.
Los martes, los miércoles y los viernes, camino de casa de la señora Fernanda, Sheila Lodeiro se paraba en la esquina de la Rúa Castelao con la calle de la Torre, y los martes había cornecho.
Hablaban poco. Amalia era de las que no dan conversación a los niños por sistema, que es una manera de respetarlos.
Una vez le preguntó:
—¿A ti qué te gusta más, el olor o el pan?
Sheila lo pensó de verdad.
—El olor.
—Eso está mal.
—¿Por qué?
—Porque el olor no lo vendo.
Y Sheila se rió, y Amalia también, y aquello es todo lo que hubo entre aquellas dos personas en un año y tres meses.
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El martes de abril, Sheila Lodeiro pasó por la Rúa Castelao a las cinco y veinticinco de la tarde con una mochila azul.
Se paró tres segundos delante de la puerta.
Amalia Ferro estaba dentro, cobrando una barra a una clienta, y no salió.
No por nada. Porque estaba cobrando.
Levantó la cabeza cuando la niña ya se iba, la vio de espaldas bajando hacia la calle de la Torre, y pensó hoy no le he dado el pico , y pensó se lo doy el viernes .
Y volvió a la caja.
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Fue la última persona que declaró haberla visto.
Su declaración está en el folio catorce del atestado y ocupa nueve líneas: que la conocía de vista, que pasaba tres veces por semana, que aquella tarde pasó a la hora habitual, que iba sola, que no observó a nadie siguiéndola y que no recordaba ningún vehículo.
Y una línea más, que el instructor recogió porque Amalia insistió en que constara:
Manifiesta que la menor se detuvo unos segundos frente al establecimiento, como hacía habitualmente.
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Amalia Ferro tenía cincuenta y ocho años en abril y sesenta y uno cuando cerró la panadería.
No cerró por eso. Cerró porque su hijo no quiso seguir y porque el obrador necesitaba una reforma que no salía a cuenta, y eso es lo que le contó a todo el mundo, y era verdad.
Fue una de las once personas que fueron a la misa de Santa Baia de Arealonga.
Se sentó al fondo. No habló con nadie. Se fue antes de que terminara.
Lo que no le contó a nadie —ni a su marido, ni al cura, ni a los dos periodistas que fueron a la tienda aquella semana— fue lo otro.
Lo otro era esto: que llevaba un año y tres meses dándole a aquella niña un trozo de pan caliente los martes.
Y que por eso la niña se paraba.
Y que si no se hubiera parado tres segundos en aquella esquina, a lo mejor —a lo mejor, que es la palabra más cruel del castellano— habría estado treinta metros más adelante cuando aquel coche gris llegó a su altura.
Amalia Ferro vivió veintiséis años más con esa aritmética.
No se lo dijo nunca a nadie, y hay que decir aquí, aunque no sirva de nada porque ella ya no puede leerlo, que la aritmética era falsa: que un coche que va buscando a una niña la encuentra treinta metros antes o treinta metros después, y que el hombre que iba dentro sabía cómo se llamaba.
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Sheila Lodeiro no se acordaba de Amalia Ferro.
No conservó la cara, ni el nombre, ni la tienda, ni el pan.
Conservó el olor.
Levadura, azúcar y el calor del horno saliendo por una puerta abierta a la humedad del Atlántico, y ese olor fue durante veinte años el segundo de la lista de las cosas que era capaz de recuperar de memoria, y en Lyon, y en Marsella, y en un piso de las afueras de Burdeos con las persianas bajadas, lo sacó tantas veces que llegó a gastarlo.
Nunca supo de dónde venía exactamente.
Creía que era de la calle.
Era de una mujer que salía a la puerta los martes.
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