Cada aliento que robamos (La frontera del horizonte) CAPÍTULO VEINTITRÉS
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CAPÍTULO VEINTITRÉS

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Rook

—Rook. ¿Cuánto tiempo llevas ahí sentado?

Su voz llegó desde la oscuridad a mi izquierda, desde la litera. El panel de la pared había estado en modo de espera toda la noche y su pequeña luz verde caía sobre el dorso de mis manos. Llevaba mucho tiempo mirándome las manos. No parecían mías.

—Desde las tres —dije—. Siéntate en la silla junto a la puerta. Vas a necesitar tenerla cerca para esto.

Apartó la manta. Sus pies tocaron la cubierta y respiró una vez por la nariz, como hace cuando está contando algo.

—Esa no es una respuesta —dijo.

—Es la respuesta a la otra pregunta.

—¿Cuál?

—Si es malo.

Llevaba el pelo suelto desde la noche anterior. Se movió cuando giró la cabeza, y me fijé en eso en lugar de mirarla a la cara.

—No vas a suavizarlo —dijo—. Eso es lo que me estás diciendo.

—No voy a suavizarlo.

—Bien. No lo hagas.

El vaso había acabado en el suelo junto a la litera, vacío. Lo había recogido a oscuras una hora antes y lo había dejado en el estante del armario. Ella miró el estante, luego la silla, y después se sentó con la puerta a su derecha.

—¿Voy a odiarte cuando hayas terminado?

—Sí.

No apartó los ojos de mí.

—Entonces no te detengas a la mitad.

—No lo haré.

—Hueles a polvo quemado —dijo.

—El panel ha estado encendido toda la noche. No quería sentarme a oscuras.

—Has estado sentado a oscuras.

—Quería ver la habitación cuando despertaras. No es lo mismo.

El sello chasqueaba. Lo hace siempre cerca del final del ciclo de sueño, cuando el lado del corredor se calienta y el metal recuerda su forma. Ocho chasquidos, una pausa, ocho más.

—Rook —se puso las manos abiertas sobre el regazo—. Di lo que tengas que decir.

Seguía con el labio partido y el moretón del pómulo izquierdo había virado a un tono más verde que negro. Me obliqué a mirarlo. En unos cuatro minutos perdería el derecho a mirarla.

En la taza sobre el armario había sucedáneo de café, frío desde hacía horas. Notaba un sabor a metal en la garganta, el sabor que tiene un hombre en el último minuto antes de decir algo en voz alta.

—Voy a contarte lo que hice —dije—. Todo, en orden. No tienes que decir nada mientras lo hago.

—¿Por qué hoy?

—Porque no existe forma de que te enteres por otra persona. Lo habrías sabido por un panel de pared esta noche.

—Esa no es la razón.

—No. No lo es —dejé la taza—. No queda mucho tiempo, y prefiero que lo que quede lo pases sabiéndolo.

—Podrías habérmelo dicho cualquier mañana desde que llegué aquí.

—He tenido doce años.

Esperó. Se le da muy bien esperar. En aquella habitación, eso era lo peor de ella.

—Era sargento —dije—. Tercera Orbital. Me dieron un nombre y un número de habitación, y fui, y puse las correas.

—¿El nombre de quién?

—Llegaré a eso. Déjame hacerlo en orden o lo haré mal.

—Entonces hazlo en orden.

El número de habitación estaba en un trozo de papel doblado dentro de mi guante. Éramos dos del laboratorio y yo, y mi trabajo eran las correas. Primero el pecho, luego las muñecas, luego los tobillos.

—Para eso sirve un sargento en una habitación como esa —dije—. Alguien tiene que hacerlo con las manos. Ese era yo. Tenía veintiséis años y estaba orgulloso de que me hubieran elegido.

—¿Elegido para qué?

—No lo dijeron y yo no pregunté, y esa es la parte que no puedo adornar —mantuve el mismo tono de voz—. La orden decía escaneo y liberación. Eso es lo que me dijeron. Eso es lo que le dije a ella.

—Se lo dijiste a ella.

—Preguntó cuánto tardaría. Le dije que estaría levantada para la cena.

—¿Creíste eso?

—Lo creí —mis manos seguían sobre las rodillas—. No importa que lo creyera, y no lo digo para que importe.

La ventana de mi camarote es del tamaño de una mano. La luz de la compuerta la atravesó y formó una barra blanca sobre la cubierta entre nosotros, y ninguno de los dos estaba de pie en ella.

—Di su nombre —dijo Wren.

—June Calloway. Veinticuatro años. Habitación cuatro en la cubierta de las cápsulas.

Algo le pasó al aire. Después descubrí que mis manos se habían cerrado sobre los brazos de la silla, porque cuando fui a abrirlas se separaron despacio, y la juntura del marco había quedado marcada en ambas palmas en dos líneas rojas rectas.

—¿Se resistió?

—No.

—¿Gritó?

Llevaba en esa silla desde las tres poniendo en orden sus preguntas, y esa no la había puesto cerca del principio.

—No —dije.

—¿Ni una sola vez?

—Ni una sola vez. —La puerta estaba detrás de ella y me obligué a despegar la mirada—. Tarareaba.

—Tarareaba.

—Todo el rato que estuvieron preparándose. Desafinada. Medio tono por debajo, siempre. Es el único sonido suyo que me queda.

El pelo se le movió cuando giró la cabeza hacia la ventana.

—Siempre lo había hecho.

—Lo sé.

—¿Cómo lo sabes?

—También llegaré a eso —dije—. No dejes que me lo salte.

No se movió. Las manos siguieron planas sobre las rodillas, la barbilla firme, y no emitió un solo sonido, y habría dado un año de mi vida porque me tirara algo.

—¿Estaba despierta?

—Sí.

No había apartado las manos de las rodillas.

—¿Todo el rato?

—No lo sé. He tenido doce años para averiguarlo y todavía no lo sé.

—Sigue.

—Colocaron el anillo y la mesa subió y a ella le entró frío. Eso es lo que pasa; la sala se queda sin calor por culpa del equipo. —Me obligué a decir lo siguiente a la misma velocidad que el resto—. Me pidió que le sujetara la muñeca. Dijo que tenía las manos frías. Así que le sujeté la muñeca.

—¿Cuál?

—La izquierda.

—Cuánto tiempo.

—Hasta que terminó. —Eso se lo dije a la ventana.

—¿Qué hacía tu otra mano?

—Nada. Se había agarrado a la barandilla y ahí se quedó.

Wren miró la barra blanca de la cubierta. No parpadeó el tiempo suficiente como para que yo lo contara.

—¿Dijo algo? —preguntó—. Al final.

—Dijo gracias.

El pulgar le recorrió la costura del puño de la chaqueta.

—¿A quién?

—A mí. Yo era el que le sujetaba la muñeca.

—¿Qué más dijo?

—No recuerdo el resto. —Mi propio pulgar había encontrado la costura del brazo de la silla y la recorría de un lado a otro—. Lo he intentado. Doce años, y lo que tengo es el gracias y el tarareo, y te daría el resto si lo tuviera.

He dicho frases más duras que esa a gente peor y ninguna me costó lo que me costó esa. Le miré el pelo y me odié por mirar a ninguna parte.

—¿Sabías lo que le estaban haciendo mientras lo hacías?

—No.

Miró el estante donde estaba el vaso.

—¿Te habrías detenido?

—No lo sé. He tenido todo este tiempo para decidirlo y todavía no lo sé, y un hombre que no lo sabe es un hombre que no lo habría hecho.

—¿Quién soltó primero?

—Me dijeron que había terminado y yo no había soltado, y uno de ellos tuvo que decirlo dos veces.

—Me puse las manos planas sobre las rodillas donde pudiera verlas—.

Luego salí, y firmé la hoja, y nadie liberó a nadie.

No se había levantado para la cena. No se levantó en absoluto.

Once meses después este lugar se incendió, y el incendio está en todos los informes que existen, y ella no está en ninguno.

—Para.

Paré. Se quedó con eso. El sello marcó sus ocho tics, hizo una pausa y marcó sus ocho tics.

—No —dijo—. Sigue.

Saqué el casquillo del bolsillo izquierdo. Latón, aplanado por un lado, tibio como todo lo que llevo en ese bolsillo.

—Recogí esto del suelo de allí aquel día, y lo he llevado en el bolsillo todos los días desde entonces.

Extendió la mano sin que se lo pidiera. Se lo puse en la palma y le cerré los dedos sobre él con los míos y solté. Lo recogí del suelo de la Sala de la Cuna el día que murió su hermana, y lo llevé todos los días después.

Abrió la mano y le dio dos vueltas al latón con un dedo.

—¿Por qué latón? —dijo—. Nadie dispara rifles en un laboratorio.

—No lo sé. Estaba junto a la pata de la silla y lo recogí porque no podía hacer otra cosa con las manos. He dejado de preguntármelo.

—Once meses antes de que la colonia se incendiara —dijo.

—Sí.

—Ahí fue cuando empezó. El día que ajustaste las correas fue el día en que la máquina se puso en marcha.

—Más o menos.

Cerró la mano alrededor del latón.

—No digas más o menos.

—El día que la até fue el día en que empezó. Eso es lo que digo.

Se inclinó hacia delante. Su voz se volvió baja y neutra, como cuando escucha un ventilador y te dice qué va a hacer.

—La placa dice June, uno —lo dijo despacio, como quien lee algo escrito en una pared—. Nunca dijo Jurisdicción. Es el número de serie de una persona.

—Sí.

La placa no decía Jurisdicción. Decía June, uno, como se numera el primero de una serie.

—Leí ese sello con una linterna y dije la fecha en voz alta —dijo—. Tú la habrías leído por encima de mi hombro.

—Así fue.

—No me corregiste. No dijiste ni una palabra. Nunca has dicho ni una palabra sobre nada de esto.

—No.

Praetor llevaba despierta once meses antes del incendio que le achacaron. El incendio fue la coartada. Cuatro mil trescientos doce nombres acabaron en una lista para que nadie de fuera viniera aquí a hacerle preguntas a la máquina.

—No lo quemaron porque fallara —dijo—. Lo quemaron porque funcionó. Eso no es un accidente. Eso es un plan.

—Así lo he interpretado durante doce años. No puedo probarlo y nunca lo he necesitado.

El panel de pared salió del modo de espera por sí solo. No pregunta.

—Guardián Caldwell —la voz era de Halloway, tenue a través del panel, cortés como siempre—. Gracias por su paciencia estos doce años. La ventana se abre según lo programado y no se requiere nada de usted salvo mantener el buen orden.

Wren volvió la cabeza hacia el panel. La luz se apagó.

Me quedé de pie con la mano en el armario y conté los segundos hasta que el tono de portadora se cortó.

—Dos días —dije, a la habitación, a nadie.

—Mantener el buen orden —dijo ella.

—Es su forma de darme las gracias. Así se pone justo antes de actuar.

—Sé lo que es. Te está diciendo que te quedes quieto, y lo vas a hacer.

—Ha dicho algo parecido por este panel cada año —no había quitado la mano del armario—. Nunca le he contestado.

—Podrías haberlo hecho.

—Habría tenido que decir algo verdadero, y no había nadie aquí a quien decírselo.

El panel permaneció oscuro y ella siguió mirándolo.

—Y has mantenido el buen orden.

—Cada día durante doce años. Eso es lo que he hecho. Así se llama.

Praetor no dijo ni una palabra. Ni por el panel ni por ningún otro medio. Lo había escuchado todo y guardó silencio, y me di cuenta.

—Hay una pieza más —dije—. Y esa es mía.

—Sé que hay más.

Abrí el armario y saqué la hoja impresa del estante, de debajo de la chaqueta de su hermana. El papel está blando en los pliegues. Doce años doblándolo por los mismos tres sitios hacen eso.

—La máquina me dio tu expediente una semana después. Lo he leído cada día durante doce años. Empezó como penitencia. Dejó de serlo hace mucho y seguí leyéndolo.

Miró el papel en mi mano. No lo cogió.

—¿Cuántas veces?

—No conté el primer año. Después ya no pude evitarlo. Todos los días. No falta ni uno.

—Repite la segunda mitad.

—Dejó de ser penitencia hace mucho —dije—, y seguí leyéndolo.

Para el tercer año ya no me arrepentía al abrirlo.

Me alegraba. Sabía en qué me convertía eso, y al día siguiente lo abrí otra vez, y lo he abierto cada día desde entonces.

Es la mejor hora de mi día, y no hay una versión mejor de mí escondida debajo.

—Sabías quién era en el pasillo. La primera noche. Dijiste mi nombre antes de que yo dijera nada.

—Sí.

Volvió a mirar el papel, y luego el estante.

—Llevabas leyendo sobre mí desde que tenía diecinueve años.

—Sí.

—Y me has dejado sentarme en esta habitación —su voz no subió; bajó, se volvió neutra, y cada palabra salió rotunda—. Me has dejado beber de ese vaso. Fuiste a cambiar crédito de raciones por ese vaso.

—Sí.

—Cuando te dijeron que había llegado una nave, ¿esperabas que fuera yo?

—Sí —el papel seguía en mi mano y no lo había soltado—. Eso es peor que todo lo demás, y no voy a fingir que no.

—¿Eso es todo?

—Eso es todo.

Se levantó y apoyó la mano libre en el estante, junto al vaso.

—No te estás guardando nada.

—No. No queda nada que guardar.

—Gracias por explicármelo.

Fue entonces cuando lo supe. No antes. Llevaba un minuto comportándose con educación y yo me había estado diciendo que era la conmoción.

Miró el impreso, y mis manos, y luego pasó junto a mí y dejó el casquillo sobre el estante, al lado del vaso. El latón sobre el metal produce un pequeño sonido seco y luego nada.

No me lo devolvió a la mano. Apartó los dedos y se alisó el puño de la chaqueta.

—Gracias por contármelo —dijo.

—Wren...

—Buenos días...

No lo terminó. Pasó junto a mí hacia la escotilla sin apresurarse, la escotilla completó su ciclo, y salió a la Espina con el pelo aún suelto.

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Llegué hasta el umbral.

El frío de la Espina llega primero a los tobillos y va subiendo. Me quedé allí en mangas de camisa y la vi alejarse hacia la izquierda, hacia la curva, caminando como una mujer que va a una reunión. Dos metros y medio. Tres. Seis. No miró atrás, y yo no la llamé, y luego la curva se la llevó.

Podría haber ido tras ella. Mis piernas estaban bien. La Llave seguía en mi cuello, donde lleva doce años, y nada en esta estación podría haberme detenido.

En cambio, volví dentro y cerré la escotilla, y fue entonces cuando mi pecho se abrió, y lo que entró en él fue alivio.

Había salido de mí. Doce años de aquello, expuestos en el suelo de mi propia habitación donde alguien más podía verlos, y yo me sentía más ligero.

Quería sentarme. Luego quería desayunar. Mi cuerpo había empezado a querer desayunar la mañana en que le dije a Wren Calloway que até a su hermana a una silla, y me quedé en medio de la habitación y entendí exactamente qué clase de hombre se siente más ligero en ese minuto de su vida.

No recé. Nunca aprendí a hacerlo. No lloré, porque llorar habría sido algo que hacía por mí.

Y no fui tras ella, en parte porque me habría dicho que dejara de sentirme mejor, y un hombre no recorre un pasillo para que le digan eso.

El casquillo estaba en el estante junto al vaso. Lo dejé allí. Todavía está allí.

Volví a guardar el impreso en el armario, bajo la chaqueta de su hermana, y cerré la puerta. El panel quedó oscuro y tibio y no dijo nada en absoluto.

Dijo «Gracias por contármelo» con la voz más educada que he oído en mi vida, y luego salió de mi habitación, y la puerta hizo lo que hacen las puertas.