C de Celia, H de Hugo (comedias románticas 2) Capítulo 20 #2
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Capítulo 20 #2

Hugo, que había estado escuchando la conversación con una sonrisa, se acercó para servir más vino a todos, y la charla derivó hacia otros temas, hacia planes de verano, hacia anécdotas de la boda que ya empezaban a sentirse lejanas pero que seguían siendo, para todos nosotros, un punto de referencia constante de cómo nos habíamos conocido de verdad.

Bea llegó más tarde esa noche, con Marcos, con quien llevaba saliendo desde hacía un par de meses en una relación que había empezado, según sus propias palabras, “de la manera menos romántica posible, discutiendo sobre si Rocky es o no una buena película”, y la casa se llenó de risas y de conversaciones cruzadas, el tipo de noche que, apenas un año atrás, no habría podido imaginar formando parte de mi vida con tanta naturalidad.

—Todavía no puedo creer que discutierais sobre Rocky en vuestra primera cita —le dije a Bea, mientras servíamos más vino en la mesa—. ¿Cómo se llega siquiera a ese tema en una primera cita?

—Marcos empezó, para que conste. Yo solo estaba defendiendo mi postura, perfectamente razonable, de que la tercera parte es infinitamente superior a la primera.

—Eso es una blasfemia cinematográfica y lo sabes —protestó Marcos, desde el otro lado de la mesa, con una sonrisa que desmentía cualquier seriedad real en la discusión.

—Es la verdad objetiva, simplemente.

—¿Veis con lo que tengo que lidiar? —dijo Marcos, dirigiéndose a Hugo y a mí con una expresión de fingido sufrimiento—. Y aun así seguimos saliendo, contra todo pronóstico.

—El amor verdadero supera hasta las peores opiniones cinematográficas —bromeé, brindando con todos, mientras la mesa entera se llenaba de risas ante la disputa, aparentemente interminable, sobre la filmografía de Rocky Balboa.

Hacia el final de la velada, cuando ya solo quedábamos Hugo y yo, recogiendo los últimos platos en la cocina mientras el resto de invitados se despedían en la puerta, Hugo se quedó un momento apoyado contra la encimera, observándome con una expresión que reconocí enseguida como una de sus miradas cargadas de significado.

—¿Qué? —le pregunté, secándome las manos con un trapo de cocina.

—Nada. Solo estaba pensando en lo diferente que es mi vida ahora, comparada con hace un año.

—¿Para bien o para mal?

—Para muchísimo mejor, evidentemente. Aunque también da un poco de vértigo, si te soy sincero, pensar en todo lo que ha cambiado en tan poco tiempo.

—A mí también me da vértigo, a veces. Buen vértigo, eso sí.

Hugo se acercó, tomándome de las manos con una seriedad que me hizo pensar, por un momento, que iba a sacar el tema de otra conversación difícil, pero en su lugar, se arrodilló, sin previo aviso, sacando de su bolsillo una cajita pequeña que reconocí de inmediato, con el corazón acelerándose de golpe.

Desde el salón, todavía llegaban las voces amortiguadas de Bea y Marcos despidiéndose, ajenos por completo a lo que estaba a punto de suceder en la cocina, y aquella normalidad de fondo, aquel ruido cotidiano de amigos despidiéndose tras una cena cualquiera, hizo que el momento se sintiera todavía más real, más genuino, lejos de cualquier puesta en escena artificial.

—Hugo…

—Déjame hablar, por favor, antes de que te desmayes del susto.

—Sonrió, con un nerviosismo que le sentaba de una manera entrañable—.

Celia, desde el día que entraste en mi vida, con el sujetador atascado y el peor humor posible, todo cambió para mí.

Me enseñaste a soltar el control, a compartir el peso, a permitirme ser feliz sin sentir que estaba fallando a nadie por ello.

Hizo una pausa, con la voz un poco temblorosa por la emoción, antes de continuar.

—Me enseñaste a volver a dibujar, literalmente, y a construir un futuro que de verdad quiero, no uno que simplemente cumple expectativas ajenas.

Me enseñaste que se puede querer sin miedo, incluso después de que alguien te haya roto el corazón.

Y cada día, desde que te conozco, he sido una versión mejor de mí mismo, más honesta, más valiente, más feliz.

Sentí que las lágrimas ya no podía contenerlas, mientras Hugo continuaba, con una determinación que no le había visto ni siquiera en los momentos más importantes de la organización de la boda de su hermana.

—Quiero seguir construyendo ese futuro contigo, para siempre, si tú quieres.

Quiero que la casa de Asturias sea nuestra, no solo mía.

Quiero despertarme cada mañana sabiendo que eres la primera persona a la que veo.

Quiero, algún día, tener hijos que corran por ese mismo jardín donde jugué yo de pequeño.

Quiero todo eso contigo, Celia, y con nadie más. ¿Te casarías conmigo?

Sentí que las lágrimas me nublaban la vista, una mezcla de sorpresa y de una felicidad tan intensa que por un momento no conseguí articular palabra, hasta que finalmente, con la voz temblorosa, conseguí decir lo único que tenía sentido decir en aquel momento.

—Sí. Sí, claro que sí, Hugo.

Me quedé un momento sin poder moverme, con las manos todavía entre las suyas, sintiendo que aquel instante se grababa en mi memoria con una claridad casi física, cada detalle de la cocina, el olor del pastel a medio hacer todavía en el aire, la luz cálida de la lámpara sobre nuestras cabezas, la expresión de Hugo, aliviado y feliz a partes iguales, como si hubiera estado conteniendo la respiración durante toda su declaración.

Se levantó, colocándome el anillo con manos que temblaban tanto como las mías, y nos besamos entre lágrimas y risas, en aquella cocina donde apenas unas horas antes habíamos celebrado una cena cualquiera con amigos, ahora transformada, sin previo aviso, en el escenario del momento más importante de nuestras vidas hasta entonces.

—¿Cuánto tiempo llevas planeando esto? —le pregunté, todavía con el anillo brillando en mi dedo, incapaz de dejar de mirarlo.

—Semanas, la verdad. Desde que volvimos de Asturias, más o menos. Fui a ver a un joyero que conoce mi familia, y le pedí algo que no fuera ostentoso, algo que se pareciera a ti, sencillo pero con carácter.

—Es precioso, Hugo. Absolutamente precioso.

—Me alegra que te guste. Estuve semanas indeciso entre varios diseños, preguntándome cuál te gustaría más, hasta que finalmente decidí que este era el correcto.

—¿Sabes qué es lo más gracioso de todo esto? —le dije, todavía riéndome entre lágrimas, contemplando el anillo en mi mano con una incredulidad feliz—. Que todo empezó con un vestido verde esmeralda y un sujetador atascado.

—El comienzo más ridículo y más perfecto de toda la historia.

—Exactamente como nosotros.

Nos quedamos así un rato más, abrazados en aquella cocina, mientras desde el salón nos llegaban los últimos ruidos de la despedida de nuestros amigos, ajenos por completo a lo que acababa de suceder, y pensé, con una certeza tranquila que ya no me sorprendía sentir, que aquella historia, que había empezado con tanto caos y tanta incertidumbre, estaba a punto de escribir su capítulo más importante todavía: el de una vida entera construida junto a la persona correcta, con todos los incendios, las flores canceladas y las dudas familiares que hicieran falta, porque al final, después de todo, siempre habíamos encontrado la manera de superarlos juntos.

Cuando por fin salimos de la cocina para contarles la noticia a Bea y Marcos, que todavía no se habían marchado del todo, la reacción de Bea fue tan escandalosa como cabía esperar: un grito que probablemente escucharon los vecinos de todo el edificio, seguido de un abrazo tan fuerte que casi me tira al suelo, y lágrimas que empezaron en ella pero que terminaron contagiando a toda la habitación, incluido Marcos, que fingió, sin mucho éxito, que se le había metido algo en el ojo.

—Déjame ver el anillo, déjame verlo ya —exigió Bea, sujetándome la mano con una fuerza que casi me hace daño, examinando la joya con la seriedad de una experta joyera—. Es precioso, Celia, absolutamente precioso. Combina perfectamente contigo.

—Gracias, Bea. Todavía no me lo puedo creer del todo.

—Créetelo, porque es real y está pasando de verdad. Vas a casarte, Celia. Vas a casarte con el hombre del vestido verde esmeralda.

—Cuando lo dices así, suena todavía más surrealista.

—Es la vida más surrealista y más bonita que te podías haber imaginado, admítelo.

—Lo admito, sin ninguna duda.

—¿Y ya sabéis cuándo va a ser la boda? ¿Habéis hablado de fechas, de estilo, de nada de eso todavía?

—Bea, llevamos casados oficialmente diez minutos, dame un poco de tiempo antes de empezar con los detalles logísticos.