Capítulo 20 #3
—Vale, vale, tienes razón. Pero cuando empecéis a planear, más te vale que yo sea la primera en enterarme de cada detalle.
—Serás la primera, te lo prometo. Y probablemente también mi madrina de honor, si aceptas.
Bea soltó un grito todavía más agudo que el anterior, si es que eso era posible, y me abrazó de nuevo con una fuerza renovada, mientras Marcos, a su lado, se reía sin poder evitarlo ante la efusividad incontenible de su novia, antes de acercarse también a felicitar a Hugo con un abrazo entre risas, y la escena entera, con las cuatro personas celebrando en mitad de aquel salón, se sentía como el cierre perfecto de una noche que había empezado como cualquier otra cena entre amigos y había terminado convirtiéndose en algo mucho más grande.
—No puedo creer que hayas conseguido pedírselo sin que se te notara nada durante toda la cena —le dijo Marcos a Hugo, con una expresión de admiración genuina—. Yo habría estado sudando desde el aperitivo.
—Estaba sudando por dentro, créeme. Llevo toda la semana ensayando lo que iba a decir, y aun así se me olvidó la mitad en el momento.
—Pues no se te notó nada, la verdad. Actuaste con una calma envidiable.
—Años de práctica fingiendo tranquilidad en reuniones de consejo de administración, supongo. Al final sirve para algo más que para vender vino.
—Bueno, pues menos mal que sirvió para algo esta noche, porque el resultado ha sido espectacular.
—Gracias, Marcos. Significa mucho viniendo de alguien que lleva meses aguantando mis nervios sobre este tema en el gimnasio.
—Para eso están los amigos, para aguantar los nervios previos a los grandes momentos de la vida.
Se rieron los dos, brindando por la ocasión, mientras Bea seguía examinando mi anillo con una fascinación que no mostraba señales de disminuir, y la noche se alargó un rato más entre celebraciones improvisadas, hasta que finalmente, ya de madrugada, Bea y Marcos se despidieron, dejándonos a Hugo y a mí solos con la noticia todavía fresca y la certeza tranquila de que aquella había sido, sin ninguna duda, una de las mejores noches de toda nuestra historia juntos.
—Lo sabía —repetía Bea, una y otra vez, entre lágrimas y risas—. Lo sabía desde el primer día del sujetador atascado, Celia. Te lo dije desde el principio.
—No sabías nada con certeza, Bea, ni siquiera sabías su nombre entonces.
—Lo sabía en un nivel espiritual. Ya te lo dije aquella noche también, ¿te acuerdas? Algunas cosas se saben así, sin necesidad de pruebas concretas.
Hugo, mientras tanto, llamaba ya a su madre, con una sonrisa que no conseguía borrar de la cara, para darle la noticia antes de que se hiciera demasiado tarde, y pude escuchar, desde el otro lado de la habitación, el grito de felicidad de Silvia resonando a través del teléfono con una intensidad que igualaba, casi, a la de Bea.
—¡Por fin! —la escuché gritar, tan alto que probablemente todo el edificio se enteró de la noticia esa misma noche—. Llevo meses esperando esta llamada, Hugo, ¡meses!
—Mamá, acabo de pedírselo hace diez minutos.
—Da igual, llevo meses esperando que te decidieras. ¿Puedo hablar con ella? Pásame a Celia, quiero felicitarla yo misma.
Hugo me pasó el teléfono, con una sonrisa resignada, y la voz de Silvia, cargada de una emoción genuina, me llegó con una calidez que confirmaba, una vez más, lo mucho que aquella familia me había acogido durante los últimos meses.
—Celia, cariño, no sabes lo feliz que me haces. Bienvenida oficialmente a la familia, aunque ya te sentía parte de ella desde hace tiempo.
—Gracias, Silvia. De verdad, muchísimas gracias.
—Tenemos que organizar una cena para celebrarlo como es debido, toda la familia junta. Y por favor, dile a Marta que cuento con que ella también diseñe algo espectacular para la ocasión.
Me reí, prometiéndole que se lo transmitiría, y colgamos poco después, con la promesa de vernos pronto para celebrar oficialmente lo que aquella noche, de manera tan espontánea, se había convertido en la noticia más importante de todas nuestras vidas.
Cuando por fin nos quedamos solos, Hugo y yo, en la cocina ya vacía, con el anillo todavía brillando en mi mano y el resto de la casa en silencio, me abrazó una vez más, apoyando la frente contra la mía, tal y como había hecho tantas veces desde aquella primera cena en La Latina.
—¿Sabes qué es lo mejor de todo esto? —le pregunté, con la voz todavía un poco temblorosa por la emoción de la noche.
—¿Qué?
—Que esto es solo el principio. Que después de todo lo que hemos vivido, incendios, dudas familiares, propuestas de negocio, todavía nos queda toda una vida entera por construir juntos.
—Toda una vida, sí. Y no se me ocurre nadie mejor con quien construirla.
Nos besamos una última vez esa noche, en aquella cocina que había sido testigo del momento más importante de nuestras vidas, con la certeza tranquila de que, pasara lo que pasara en el futuro, siempre encontraríamos la manera de superarlo juntos, exactamente como lo habíamos hecho desde el primer día, desde aquel sujetador atascado y aquel vestido verde esmeralda que lo habían empezado todo.