C de Celia, H de Hugo (comedias románticas 2) Capítulo 20
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Capítulo 20

Seis meses después, con La Percha ya oficialmente bajo mi propiedad —un proceso que había incluido más papeleo del que jamás imaginé, pero que Marta había gestionado con la misma eficiencia con la que gestionaba todo lo demás—, y con Hugo inmerso de lleno en la reforma de la casa de Asturias, que avanzaba a buen ritmo bajo su propia dirección con la ayuda ocasional del arquitecto amigo suyo, la vida había adquirido un ritmo nuevo, distinto, construido sobre las bases que habíamos ido sentando desde aquel primer encuentro frente a la persiana cerrada.

La firma definitiva de los papeles tuvo lugar en la notaría, un martes por la mañana, con Marta y yo sentadas frente a un notario que repasó cada cláusula del contrato con una lentitud desesperante, mientras las dos intercambiábamos miradas cómplices cada vez que el hombre se detenía a explicar, por enésima vez, un detalle que ya habíamos discutido semanas atrás.

—¿Estás nerviosa? —me susurró Marta, mientras esperábamos a que el notario preparara los últimos documentos.

—Un poco. Es raro, firmar algo tan importante en un sitio tan aséptico como este, sin ninguna de las emociones que uno esperaría para un momento así.

—Las emociones vienen después, cuando salimos de aquí. Créeme, lo sé por experiencia, viví algo parecido cuando compré la tienda por primera vez, hace diez años.

Firmamos, finalmente, con las manos ligeramente temblorosas las dos, y al salir de la notaría, con los papeles ya sellados y el negocio oficialmente traspasado, Marta me abrazó en plena calle, sin importarle los transeúntes que pasaban a nuestro alrededor.

—No puedo creer que ya esté hecho —dijo Marta, todavía con los ojos húmedos—. Diez años de mi vida, resumidos en un montón de papeles y una firma.

—Diez años increíbles, Marta. Y ahora empieza otra etapa, para las dos.

—Así es. Yo hacia nuevos horizontes, tú hacia nuevos desafíos. Aunque espero que sigamos viéndonos a menudo, ¿eh? No pienses que esto significa que desaparezco de tu vida.

—Ni se te ocurra desaparecer. Vas a tener que seguir viniendo a la tienda, aunque solo sea para tomar café y cotillear sobre las clientas.

—Trato hecho, entonces.

—Gracias, Marta. Por todo. De verdad, por todo.

—El placer ha sido mío, créeme. Y ahora, vamos a celebrarlo como es debido, con algo mucho mejor que el cava barato de la última vez.

Caminamos de vuelta hacia La Percha, todavía con la adrenalina de la firma recorriéndonos el cuerpo, y por el camino me detuve un momento frente al escaparate de la tienda, contemplándolo con una mirada distinta a la de cualquier otro día, consciente de que, por primera vez en tres años, aquel espacio era genuinamente mío, con todo lo que eso implicaba: las responsabilidades, los riesgos, pero también las posibilidades infinitas de hacerlo crecer a mi manera.

—¿En qué piensas? —me preguntó Marta, notando mi silencio.

—En todo lo que ha cambiado desde aquella mañana del sujetador atascado. Entonces ni siquiera imaginaba que terminaría siendo dueña de este lugar, ni mucho menos que conocería a Hugo el mismo día.

—La vida tiene una manera curiosa de sorprendernos, cuando menos lo esperamos.

—Desde luego que sí.

Entramos juntas en la tienda, donde Valeria ya nos esperaba con una sonrisa expectante, ansiosa por conocer el resultado de la firma, y celebramos las tres, entre risas y una botella de champán que Valeria había comprado sin que nadie se lo pidiera, “porque una ocasión así merece algo mejor que cava, Celia, esto hay que celebrarlo bien”.

Le conté a Hugo la noticia esa misma noche, durante la cena, y su reacción, aunque más tranquila que la de Marta o Valeria, no fue menos sincera.

—Estoy tan orgulloso de ti, Celia. De verdad.

—Todavía me parece surrealista, la verdad. Hace apenas un año era solo una empleada más, y ahora soy la dueña de todo el negocio.

—Y vas a hacerlo crecer todavía más, estoy seguro. Tienes la visión y el talento necesarios para llevar La Percha a sitios que Marta ni siquiera imaginó.

—Eso espero. Aunque también me da un poco de vértigo, ser la responsable última de todo, sin nadie más grande que yo a quien recurrir si algo sale mal.

—Siempre puedes recurrir a mí, aunque no sepa nada de moda vintage. Y a Marta, aunque esté de viaje. Y a Bea, aunque su consejo probablemente incluya alguna referencia a una película random.

Me reí, sintiendo que aquel apoyo, tan constante y tan genuino, era exactamente lo que necesitaba para afrontar con confianza aquella nueva etapa de mi vida profesional.

Viajamos a Asturias un fin de semana de abril, cuando Hugo me llamó con una emoción evidente en la voz para contarme que el salón, con sus nuevos ventanales, por fin estaba terminado, y que quería que fuera yo la primera persona, después de él mismo, en verlo completado.

La transformación, cuando llegamos, me dejó sin palabras: el muro que separaba el salón del antiguo cuarto de trastos había desaparecido por completo, sustituido por un espacio amplio y luminoso donde los ventanales, del suelo hasta el techo, dejaban entrar la vista completa del valle que tanto me había impresionado en nuestra primera visita.

—Hugo, esto es precioso. De verdad, precioso.

—¿Te gusta de verdad, o solo lo dices por educación?

—Me encanta, en serio. Has conseguido exactamente lo que imaginabas aquella primera noche, con el boceto en la servilleta.

Hugo sonrió, con un orgullo evidente, mientras me guiaba por el espacio recién terminado, señalando cada detalle con el mismo entusiasmo con el que hablaba de sus proyectos de negocio más exitosos, quizá incluso con más pasión.

—Todavía queda mucho por hacer, la cocina necesita una reforma completa, y los dormitorios de arriba siguen igual que siempre, pero esto, este espacio, es exactamente lo que quería crear. Un lugar donde la casa y el paisaje se conviertan en una sola cosa.

—¿Y la cocina? ¿Ya tienes idea de cómo quieres que quede?

—Tengo un par de ideas, aunque todavía no las he decidido del todo. Quiero mantener parte del carácter original, la mesa grande de madera donde cabían tantos primos, pero modernizando el resto para que sea funcional de verdad.

—Me encantaría ayudarte a decidir los detalles, si quieres una segunda opinión.

—Cuento con ello, de hecho. Iba a pedírtelo de todas formas, aunque solo sea para que me digas si mis ideas sobre los azulejos son un desastre o no.

—Prometo ser sincera, aunque eso implique decirte que sí, que algunas de tus ideas son un desastre.

—Es exactamente lo que necesito, la verdad. Alguien que me diga la verdad en lugar de simplemente aprobar todo lo que se me ocurra.

—Lo has conseguido, Hugo. De verdad.

Nos sentamos juntos en el suelo, frente a los ventanales nuevos, viendo cómo la luz de la tarde cambiaba lentamente sobre el valle, y sentí que aquel momento, tan sencillo en apariencia, resumía perfectamente todo lo que habíamos construido juntos durante los últimos meses: paciencia, dedicación, la voluntad de arriesgarse por algo que valía la pena, aunque diera miedo al principio.

Carmen y Álvaro nos visitaron una tarde de primavera, recién vueltos de un viaje de aniversario que habían hecho para celebrar sus primeros seis meses de casados, y la cena, en el piso de Hugo, transcurrió entre risas y anécdotas compartidas que ya formaban parte de la historia común de todos nosotros.

—¿Cómo fue el viaje? —le pregunté a Carmen, mientras servíamos los aperitivos en el salón, con Hugo y Álvaro discutiendo animadamente sobre algún partido de fútbol en la cocina.

—Precioso. Fuimos a Portugal, a la costa, algo tranquilo, sin ninguna organización complicada de por medio, por primera vez en meses. Después de todo el estrés de la boda, necesitábamos algo así de sencillo.

—Me alegro muchísimo. ¿Y cómo va todo, en general? ¿Adaptándoos bien a la vida de casados?

—Sorprendentemente bien, la verdad. Aunque debo confesarte que discutimos más de lo que esperaba por cosas absurdas, como quién tiene que sacar la basura o cómo se dobla correctamente una toalla. Nadie te avisa de esas peleas tan tontas cuando planeas una boda.

—Bienvenida al matrimonio real, más allá del cuento de hadas de la ceremonia.

—Exactamente. Aunque no lo cambiaría por nada, ni siquiera las discusiones sobre las toallas.

Nos reímos juntas, y Carmen, bajando un poco la voz, se acercó con una expresión cómplice que me hizo sospechar que venía alguna pregunta indiscreta.

—¿Y vosotros? ¿Algún plan concreto en el horizonte? Porque mi hermano lleva semanas con una sonrisa que no le había visto nunca, y no sé si es por la reforma de la casa o por algo más.

—No sabría decirte, Carmen. Habrá que esperar y ver.

—Espero que sea pronto, sea lo que sea. Os merecéis toda la felicidad del mundo, después de todo lo que superasteis con mi boda.

—¿Cómo va la reforma de la casa? —preguntó Carmen, mientras Hugo servía el postre, un pastel que había intentado hacer él mismo con resultados discretos pero valientes.

—Avanzando. Los ventanales ya están instalados, y el arquitecto dice que para el verano podríamos tener el salón terminado, aunque yo sospecho que se está siendo optimista.

—Deberíamos ir todos juntos cuando esté listo. Una especie de inauguración familiar.

—Me encantaría —dije, sintiendo una calidez genuina ante la idea de reunir, en aquella casa que Hugo estaba reconstruyendo con tanto cariño, a toda la gente que se había convertido, sin que ninguno de nosotros lo planeara del todo, en una familia extendida.

—Por cierto —añadió Álvaro, uniéndose a la conversación desde la cocina con una copa de vino en la mano—, mi padre no ha parado de preguntar por vosotras dos, las de los vestidos. Dice que quiere encargar algo para el aniversario de mi madre el año que viene.

—Dile que cuenta con nosotras, será un honor.

—Se lo diré. Aunque te advierto que mi madre es todavía más indecisa que mi hermana pequeña, así que prepárate para varias sesiones de pruebas.

—Estoy más que acostumbrada a clientas indecisas, no te preocupes.