Capítulo 19
La llamada de Marta llegó un martes por la mañana, apenas una semana después de volver de Asturias, con una noticia que no esperaba en absoluto y que cambió, de golpe, el rumbo de mis propios planes de futuro.
—Celia, necesito que hablemos. En persona, si puede ser, no por teléfono.
Su tono, serio y algo nervioso, me hizo temer lo peor, y llegué a la tienda esa misma tarde con el estómago encogido, preparándome mentalmente para cualquier tipo de mala noticia relacionada con el negocio.
Antes de llegar a la tienda, llamé a Hugo desde el metro, con la voz todavía temblorosa por los nervios.
—Marta quiere hablar conmigo en persona, sobre algo importante. No sé qué esperar, la verdad, y me está costando no imaginarme el peor de los escenarios posibles.
—Respira, Celia. Sea lo que sea, lo vas a poder manejar, igual que has manejado todo lo demás estos últimos meses.
—Eso espero.
—Llámame en cuanto sepas de qué se trata, ¿vale? Aunque sean malas noticias.
—Te lo prometo.
—¿Qué pasa, Marta? Me estás asustando.
—Nada malo, tranquila. O bueno, depende de cómo te lo tomes, la verdad.
Nos sentamos en la trastienda, en el mismo sofá gastado donde tantas conversaciones importantes habíamos tenido a lo largo de los años, y Marta se tomó un momento antes de hablar, algo poco habitual en ella, que solía ir directa al grano en cualquier circunstancia.
—Llevo semanas pensándolo, desde antes incluso de la boda de Carmen. Quiero jubilarme, Celia. O al menos, reducir muchísimo mi implicación en el día a día de la tienda.
Sentí que el corazón me daba un vuelco, una mezcla de sorpresa y de un miedo repentino ante la incertidumbre de lo que aquello podía significar para mi propio futuro.
—¿Jubilarte? Marta, tienes cincuenta y ocho años, no setenta.
—Lo sé, lo sé, no es una jubilación tradicional. Es más bien… quiero dedicarme a otras cosas. Llevo diez años con esta tienda, y aunque la quiero con toda mi alma, hay proyectos personales que he ido aparcando todo este tiempo, y no quiero seguir posponiéndolos indefinidamente.
—¿Qué proyectos?
—Quiero viajar, Celia. De verdad viajar, no las escapadas de fin de semana que hemos podido permitirnos hasta ahora. Y quiero, no sé, escribir sobre moda vintage, quizá dar clases, cosas que llevo queriendo hacer desde hace años pero que la tienda siempre ha absorbido todo mi tiempo.
Se quedó un momento en silencio, mirando alrededor de la trastienda con una expresión nostálgica, como si estuviera repasando mentalmente todos los años de trabajo que aquellas paredes habían presenciado.
—¿Sabes? Cuando abrí esta tienda, después de dejar a mi marido, pensé que sería para siempre, que nunca querría hacer otra cosa.
Y durante muchos años fue exactamente así, la tienda lo era todo para mí.
Pero desde hace un tiempo, quizá desde que cumplí los cincuenta y cinco, empecé a sentir que había otras versiones de mí misma que todavía no había tenido oportunidad de explorar.
—Lo entiendo, de verdad. Pero, ¿qué significa esto para La Percha?
Marta me miró entonces con una expresión que mezclaba la ternura con una determinación clara, la misma determinación que reconocía de tantas negociaciones difíciles con proveedores a lo largo de los años.
—Significa que quiero ofrecerte comprar mi parte del negocio, Celia. Convertirte en la dueña de La Percha.
Me quedé completamente muda, procesando aquella propuesta con una mezcla de emociones tan intensa que no supe, durante varios segundos, qué decir.
—Marta, eso es… es enorme. No sé si estoy preparada para algo así.
—Llevas tres años demostrándome, cada día, que estás más que preparada.
Has llevado prácticamente sola la operación de la boda de Carmen, con incendio incluido, y has salido adelante con una profesionalidad que yo misma no sé si habría tenido a tu edad.
Este negocio necesita a alguien con tu visión, con tu energía, no a una mujer de cincuenta y ocho años que cada vez tiene menos ganas de madrugar para abrir la persiana.
—¿Y el dinero? No tengo ahorros suficientes para comprar un negocio entero, Marta.
—Podemos estructurarlo de muchas maneras. Un pago a plazos, con los beneficios futuros de la propia tienda. No tengo prisa por sacar todo el dinero de golpe, solo quiero, poco a poco, ir soltando responsabilidades hasta que la tienda sea completamente tuya.
Marta sacó entonces una carpeta que tenía preparada, con varias propuestas distintas de estructura de pago, cada una con sus pros y sus contras explicados con el mismo detalle meticuloso con el que abordaba cualquier decisión de negocio importante.
—He estado pensando en esto durante semanas, no es una idea improvisada.
Mira, esta primera opción sería un pago mensual reducido durante cinco años, con un porcentaje de los beneficios adicional si el negocio crece más de lo esperado.
Esta segunda opción es más agresiva, pagos más altos pero en solo tres años.
—Marta, esto está increíblemente bien pensado.
—Llevo diez años dirigiendo un negocio, Celia, algo se me habrá pegado sobre planificación financiera, aunque solo sea por necesidad.
Repasamos juntas cada opción, con Marta explicándome pacientemente los detalles que no terminaba de entender del todo, hasta que, después de casi dos horas de conversación, empecé a sentir que aquella propuesta, que al principio me había parecido abrumadora, se volvía cada vez más manejable, más real, más posible.
Le conté la propuesta a Bea esa misma noche, todavía procesando la magnitud de lo que Marta me había ofrecido, y su reacción, como siempre, fue tan efusiva que tuve que apartar el teléfono del oído un momento.
—¡Celia, esto es enorme! ¿Por qué no suenas más emocionada?
—Estoy emocionada, pero también aterrorizada. Es mucha responsabilidad, Bea.
—Claro que es mucha responsabilidad, pero también es exactamente lo que llevas mereciendo desde hace años. Llevas tres años siendo el alma de esa tienda, aunque el nombre en el contrato fuera el de Marta. Esto solo formaliza lo que ya era verdad.
—¿Tú crees?
—Lo sé, Celia. Y sé también que vas a hacerlo increíble, porque siempre lo haces, aunque tardes un rato en creértelo tú misma.
Aquellas palabras, dichas con la confianza ciega que solo una mejor amiga de toda la vida puede ofrecer, terminaron de convencerme de que aquella decisión, por aterradora que pareciera al principio, era exactamente la correcta.
Seguí dándole vueltas durante varios días más, hablando también con Hugo, incluso con mi madre, que se emocionó tanto al escuchar la noticia que tuve que consolarla a ella en lugar de al revés.
—Mi hija, dueña de su propio negocio —dijo mi madre, por teléfono, con la voz ya quebrada por la emoción—. Nunca pensé que llegaría este día, la verdad. Cuando dejaste la carrera de Económicas, tu padre y yo estábamos tan preocupados por tu futuro.
—Lo sé, mamá. Yo también estaba preocupada, la verdad.
—Y mírate ahora. A punto de ser propietaria de tu propia tienda, con un chef de comedia romántica de novio, entre incendios de boda y todo lo demás que me has contado estos meses. Estoy tan orgullosa de ti, Celia.
—Se llama arquitecto de bodegas, mamá, no chef de comedia romántica.
—Lo que sea, cariño. Lo importante es que eres feliz, y que has construido esa felicidad con tus propias manos, sin depender de nadie para conseguirlo.
—Gracias, mamá. De verdad.
—Y oye, cuando tengas un hueco, tráeme a ese chico a comer a casa. Quiero conocer en persona al hombre que ha conseguido que mi hija vuelva a sonreír así, después de todo lo de Rodrigo.
—Se lo diré, mamá. Estoy segura de que le encantaría conocerte también.
—Más le vale. Y dile que prepare estómago, porque pienso hacerle mi cocido especial, el que reservo solo para ocasiones importantes.
Me reí, prometiéndole que se lo transmitiría, y colgamos poco después, con la promesa de organizar aquella comida familiar en las próximas semanas.
, tan sencilla en apariencia, se quedó resonando dentro de mí durante días, un recordatorio de lo lejos que había llegado desde aquellos años de incertidumbre después de dejar la universidad, cuando ni siquiera yo misma sabía qué quería hacer con mi vida.
—¿Qué crees que debería hacer? —le pregunté a Hugo, una noche, mientras cenábamos en su piso, con la propuesta de Marta todavía rondándome la cabeza sin que consiguiera tomar una decisión clara.
—Creo que deberías hacer lo que de verdad quieres, no lo que te da menos miedo. ¿Qué es lo que sientes, más allá del miedo a equivocarte?
Aquella noche, después de la cena, seguimos hablando del tema durante horas, tumbados en el sofá con las piernas entrelazadas, repasando juntos los pros y los contras de una decisión que, cuanto más la analizaba, más sentía que ya conocía la respuesta correcta, aunque el miedo todavía intentara convencerme de lo contrario.
—¿Sabes qué es lo que más me asusta? —le confesé, en algún punto de la conversación—. No el trabajo en sí, ni siquiera el dinero. Es la idea de que, si algo sale mal, voy a decepcionar a Marta, después de todo lo que ha confiado en mí.
—Celia, Marta no te está entregando este negocio a la ligera. Lo ha pensado durante meses, según me has contado. Confía en tu criterio más de lo que tú mismo confías en él ahora mismo.
—Puede ser.
—Además, incluso si algo sale mal en algún momento, que probablemente pasará, porque en cualquier negocio pasan cosas así de vez en cuando, vas a tener el mismo talento y la misma capacidad de resolución que has demostrado una y otra vez estos últimos meses.
Un incendio de taller a diez días de una boda, ¿te acuerdas? Y lo resolviste.
—Eso fue distinto, era una emergencia puntual.
—Y esto también lo será, cuando llegue el momento. La diferencia es que ahora vas a tener el control total sobre cómo enfrentarte a esos momentos, en lugar de depender de las decisiones de otra persona.
Aquella manera de plantearlo, tan directa y a la vez tan tranquilizadora, terminó de convencerme de algo que, en el fondo, ya sabía desde hacía días.
—Creo que quiero decir que sí. Quiero que La Percha sea mía, de verdad, no solo un trabajo en el que me esfuerzo por otra persona.
—Entonces esa es tu respuesta, Celia. El resto son solo detalles logísticos que se pueden resolver con tiempo y con planificación.
—¿Y si fracaso?
—¿Y si no fracasas? Llevas tres años demostrando exactamente lo contrario. Confía en ti misma tanto como yo confío en ti.
Hugo se levantó de la mesa, sirviéndonos dos copas más de vino antes de volver a sentarse, esta vez más cerca de mí, con una expresión que mezclaba la seriedad con una ternura genuina.
—¿Puedo decirte algo, Celia? Cuando te conocí, aquel primer día frente a tu tienda, ya me pareció una persona segura de sí misma, capaz, competente.
Pero en estos meses te he visto crecer todavía más, enfrentarte a crisis que habrían hundido a cualquier otra persona, y salir siempre adelante con una elegancia que me sigue sorprendiendo.
No tengo ninguna duda de que vas a ser una propietaria excelente, tanto como ya eres una empleada excepcional.
—Gracias, Hugo. De verdad, necesitaba escuchar eso.
—Es la pura verdad, no un cumplido vacío. Y para que conste, sea cual sea tu decisión, voy a apoyarte igual. Pero creo que ya sabes, en el fondo, cuál es la decisión correcta.
Me quedé pensando en sus palabras el resto de la noche, y a la mañana siguiente, con una claridad que no había tenido en días, supe exactamente lo que tenía que hacer.
Fui a la tienda decidida a decirle a Marta que sí, que quería comprar su parte del negocio, que quería convertirme, poco a poco, en la dueña de La Percha.
—Sabía que dirías que sí —dijo Marta, abrazándome con una fuerza que reflejaba toda la emoción contenida durante días de espera—. Estoy tan orgullosa de ti, Celia. No tienes ni idea de cuánto.
—Gracias por confiar en mí, Marta. Por todo, desde el primer día que me contrataste para cubrir aquel verano.
—El mejor verano de sustitución que he organizado nunca, sin ninguna duda.
Nos reímos las dos, entre lágrimas, y Marta sacó, de debajo del mostrador, una botella de cava que llevaba guardada “por si acaso decías que sí, aunque tenía tanta fe en ti que ya la había comprado hace una semana”.
—¿Ya tenías el cava comprado antes de que yo decidiera nada?
—Tenía fe absoluta, Celia. Además, si me hubieras dicho que no, me lo habría bebido igualmente, para consolarme.
Brindamos allí mismo, en mitad de la tienda, entre percheros y maniquíes, celebrando el inicio de un nuevo capítulo que ninguna de las dos había planeado del todo pero que se sentía, en aquel momento, como la continuación más natural posible de todo lo que habíamos construido juntas durante los últimos tres años.