Capítulo 18 #3
—Así que esta es la famosa Celia —dijo Pilar, una mujer de unos setenta años con el pelo blanco recogido en una trenza y unos ojos vivos que recordaban, de manera inequívoca, a los de Silvia—. Mi sobrino no ha parado de hablarme de ti por teléfono estas últimas semanas.
—Espero que solo cosas buenas.
—Solo cosas buenas, sí, aunque a un nivel casi empalagoso, para ser sincera. Nunca lo había escuchado hablar así de nadie.
Hugo, a mi lado, puso los ojos en blanco con una resignación cariñosa, aunque no negó ni una palabra de lo que su tía acababa de contar.
—Venga, pasad, la fabada ya está lista y no pienso dejar que se enfríe mientras cotilleáis en la puerta.
La fabada, servida en una mesa de madera similar a la de la casa principal, resultó ser exactamente tan buena como Hugo había prometido, un guiso contundente y reconfortante que comimos mientras Pilar nos contaba anécdotas de la infancia de Hugo, veranos enteros correteando por aquellas montañas, travesuras que Hugo apenas recordaba pero que su tía relataba con un detalle asombroso.
—¿Sabes qué es lo que más me alegra de veros juntos?
—dijo Pilar, hacia el final de la comida, mirándonos a los dos con una expresión cariñosa—.
Que Hugo vuelva a reír así, con esa naturalidad.
Desde que murió mi hermano, apenas lo veía sonreír de verdad, siempre tan serio, tan cargado de responsabilidades.
Contigo parece haber recuperado algo que llevaba años perdido.
—Es mutuo, Pilar. Hugo también ha traído mucha luz a mi vida.
—Me alegro muchísimo de escuchar eso. Espero veros aquí muchas más veces, los dos juntos.
Antes de despedirnos, Pilar insistió en enseñarnos su huerto, con un orgullo evidente por cada hilera de verduras que cuidaba con sus propias manos, y nos explicó, con todo lujo de detalles, los secretos de cada cultivo, desde cuándo plantar los tomates hasta cómo proteger las lechugas de las babosas sin usar productos químicos.
—Si algún día recuperáis el huerto de la casa principal, contad conmigo para los consejos —dijo, mientras cortaba unas ramas de perejil para que nos lleváramos—. He aprendido más de sesenta años cultivando esta tierra, y me encantaría transmitir algo de eso a la siguiente generación.
—Contaremos contigo, sin duda —le prometió Hugo, con una sinceridad que dejaba claro que la idea le entusiasmaba genuinamente.
Nos despedimos de Pilar a media tarde, con una bolsa de manzanas de su huerto que insistió en que nos lleváramos, y de vuelta a la casa principal, caminando de la mano por el camino de tierra que conectaba ambas propiedades, sentí que aquel viaje estaba dándome algo mucho más valioso que unas simples vacaciones: una comprensión más profunda del hombre del que me había enamorado, de las raíces que lo habían formado, de la familia que, poco a poco, empezaba a sentir también como propia.
Aquella noche, de vuelta en la casa principal después de la comida con Pilar, encendimos de nuevo la chimenea y nos quedamos hasta tarde hablando de todo y de nada, con las manzanas del huerto de Pilar convertidas en una tarta improvisada que Hugo intentó hacer con un resultado tan discreto como el pastel que prepararía meses después para la cena de Carmen y Álvaro.
—Definitivamente no vas a heredar el talento culinario de tu tía —bromeé, probando un trozo de la tarta con una mueca que no conseguí disimular del todo.
—Lo sé, lo sé. Cocinar nunca ha sido lo mío. Pero al menos lo intento, que ya es más de lo que hacía antes de conocerte.
—Eso es verdad. El Hugo de hace un año jamás se habría atrevido a intentar una tarta casera, por muy mal que le saliera.
—El Hugo de hace un año tampoco se habría atrevido a muchas de las cosas que hago ahora, la verdad. Contigo he aprendido a arriesgarme, aunque el resultado no sea siempre perfecto.
Nos quedamos así, entre risas y confesiones tranquilas, hasta bien entrada la noche, disfrutando de la calidez de la chimenea y de la certeza tranquila de que aquel fin de semana, tan sencillo en apariencia, se había convertido en uno de los más significativos que habíamos compartido hasta entonces.
El domingo, antes de emprender el camino de vuelta a Madrid, Hugo insistió en enseñarme un último rincón de la finca que todavía no habíamos explorado: un pequeño mirador natural, a apenas diez minutos caminando desde la casa, desde donde se veía todo el valle extendido como un mapa viviente, con la casa familiar visible en la distancia entre los árboles.
—Este es mi sitio favorito de toda la propiedad —dijo Hugo, sentándose en una roca plana que parecía tallada específicamente para aquel propósito—. Venía aquí de adolescente, cuando necesitaba pensar en algo, o simplemente escapar del bullicio de la casa llena de primos.
—Entiendo por qué. Es precioso.
—Quiero que sea un sitio nuestro también, si te parece bien. No solo mío, de los dos.
—Me encantaría eso.
Nos quedamos allí un buen rato, en silencio, disfrutando de la vista y de la compañía, hasta que el frío de la tarde nos obligó a volver hacia la casa, cargar el coche, y emprender el camino de regreso a Madrid, con la promesa tácita de que aquel no sería el último viaje a Asturias, ni mucho menos.