C de Celia, H de Hugo (comedias románticas 2) Capítulo 18 #2
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Capítulo 18 #2

—¿Sabes qué es lo más curioso de todo esto?

Que llevo semanas pensando en esta reforma, en este proyecto, y en todos mis pensamientos apareces tú, de alguna manera.

Imaginándote sentada justo aquí, frente a esta chimenea, viendo el amanecer desde esos ventanales que todavía no existen.

Es como si mi cabeza ya hubiera decidido que esta casa, este proyecto, no tiene sentido sin ti formando parte de él.

Sentí que el corazón se me aceleraba, conmovida por la sinceridad de aquella confesión, tan distinta de cualquier declaración grandilocuente, más real precisamente por su sencillez.

—Me encanta formar parte de tus planes, Hugo. De este, y de cualquier otro que se te ocurra.

Nos besamos entonces, frente al fuego, con el crepitar de la leña acompañando el momento como una banda sonora improvisada, y me quedé pensando, mientras el beso se alargaba, en lo lejos que habíamos llegado desde aquel primer encuentro frente a la persiana cerrada de La Percha, dos desconocidos compartiendo una mañana difícil que, sin que ninguno lo supiera entonces, iba a cambiarles la vida por completo.

El sábado amaneció despejado, con esa luz limpia y dorada tan característica de las mañanas de Asturias, y Hugo tenía razón: la vista desde el cuarto de trastos, una vez que abrimos los postigos de las ventanas cerradas durante meses, era sencillamente espectacular, con el valle extendiéndose en tonos verdes hasta perderse en la niebla que todavía no se había disipado del todo en las montañas más lejanas.

Desayunamos en la cocina, con un café que Hugo preparó con una cafetera italiana que había encontrado en uno de los armarios, todavía funcional a pesar de los años, y unas tostadas con la mantequilla que había comprado en el pueblo el día anterior, disfrutando de la tranquilidad de una mañana sin ninguna prisa, sin ningún horario que cumplir.

—Podría acostumbrarme a esto también —dije, refiriéndome al desayuno tranquilo, mientras contemplaba el vapor subiendo de mi taza de café—. Las mañanas en Madrid nunca son así de calmadas.

—Es el efecto Asturias. Aquí el tiempo se mueve distinto, más despacio, sin la prisa constante de la ciudad.

—¿Vienes muy a menudo?

—Solía venir todos los veranos, de niño, pero desde que murió mi padre, las visitas se han vuelto más esporádicas. Demasiado trabajo, demasiadas responsabilidades, las excusas de siempre. Este viaje es el primero en casi dos años.

—Me alegra que hayamos podido venir juntos.

—A mí también, más de lo que puedo expresar con palabras.

—¿Crees que algún día podríamos venir más a menudo? No digo mudarnos aquí del todo, pero sí, no sé, hacer de esto una costumbre en lugar de una excepción.

—Me encantaría que fuera así. De hecho, cuanto más lo pienso, más me doy cuenta de que esta casa necesita gente que la disfrute de verdad, no que la deje cerrada la mayor parte del año.

—Entonces hagamos ese propósito. Venir más a menudo, aunque sea un fin de semana al mes.

—Trato hecho.

—¿Ves ahora por qué quiero abrir esta pared? —preguntó Hugo, de pie junto a mí frente a la ventana, con una taza de café humeante en la mano.

—Lo veo perfectamente. Sería un crimen no aprovechar esta vista.

Pasamos la mañana caminando por la finca que rodeaba la casa, un terreno amplio con un huerto abandonado que Hugo prometió recuperar algún día, un pequeño bosque de castaños que databa, según contaba, de la época del bisabuelo constructor, y un sendero que bajaba hasta un riachuelo cercano, donde nos sentamos un rato, escuchando el agua correr y disfrutando de un silencio que Madrid rara vez ofrecía.

—Aquí es donde mi padre me enseñó a pescar —dijo Hugo, señalando un recodo del riachuelo donde el agua formaba una pequeña poza tranquila—. O lo intentó, más bien, porque nunca conseguí pescar nada, ni una sola vez en todos los veranos que lo intentamos.

—¿Ni una sola vez?

—Ni una. Mi padre decía, en broma, que espantaba a los peces solo con mi presencia, de lo malo que era. Pero seguíamos viniendo cada verano, aunque nunca pescáramos nada, porque lo importante nunca fue realmente la pesca.

—¿Y qué era, entonces?

—El tiempo juntos, supongo. Aunque en su momento no lo valoraba tanto como ahora, con la perspectiva de los años y de todo lo que ha pasado.

Seguimos caminando un poco más, hasta llegar al huerto abandonado del que Hugo me había hablado antes, un terreno rectangular delimitado por una valla de madera medio derruida, con la tierra todavía marcada por los surcos de cultivos que llevaban años sin sembrarse.

—Mi abuela cultivaba aquí todo tipo de verduras, cuando yo era pequeño —dijo Hugo, apoyándose en la valla mientras contemplaba el terreno con una mezcla de nostalgia y determinación—.

Tomates, lechugas, hasta fresas en verano.

Cuando ella murió, nadie más siguió con el huerto, y poco a poco se fue abandonando del todo.

—¿Te gustaría recuperarlo?

—Me encantaría, la verdad. Es uno de los proyectos que tengo en mente para más adelante, después de terminar la reforma de la casa. No tengo ni idea de jardinería, pero estoy dispuesto a aprender.

—Podríamos aprender juntos, si quieres. Yo tampoco tengo ni idea, pero suena como un proyecto bonito para hacer entre los dos.

—Me encantaría eso. Aunque te advierto que voy a matar más de una planta en el proceso, mi experiencia previa con el cuidado de cosas vivas se limita a un cactus que sobrevivió por pura casualidad.

—No creo que las plantas de este huerto sean tan indulgentes como un cactus.

—Probablemente no. Pero aprenderemos juntos, como dices, a base de prueba y error, seguramente con más error que acierto al principio.

Hugo me miró entonces con una sonrisa amplia, genuina, que confirmaba lo mucho que le gustaba la idea de compartir aquel proyecto, otro más entre los muchos que empezábamos a construir juntos, sin prisa, con la certeza tranquila de que teníamos todo el tiempo del mundo para hacerlo bien.

Nos quedamos en silencio un momento, escuchando el murmullo del agua, y sentí que aquel lugar, con toda su historia familiar, se estaba convirtiendo también, poco a poco, en un lugar significativo para mí, un espacio compartido que empezaba a construir sus propios recuerdos, distintos pero igual de valiosos que los que Hugo ya tenía guardados allí.

—Podría acostumbrarme a esto —dije, apoyando la cabeza en el hombro de Hugo, mientras contemplábamos el agua fluir entre las piedras.

—Yo también podría acostumbrarme a tenerte aquí, la verdad, más a menudo de lo que hemos podido hasta ahora.

—¿Estás insinuando algo, Hugo Valdés?

—Solo estoy pensando en voz alta sobre posibilidades futuras. Nada concreto todavía, pero sí, insinuando algo, supongo.

Después de comer algo ligero, Hugo cumplió su promesa de llevarme a conocer a su tía Pilar, que vivía a apenas quince minutos en coche, en una casa más pequeña pero igualmente acogedora, rodeada de un huerto que ella misma cuidaba con un mimo evidente.