Capítulo 18
El viaje a Asturias empezó un viernes por la tarde, con Hugo recogiéndome en La Percha nada más cerrar y un maletero cargado con lo justo para un fin de semana largo, más una caja de herramientas de dibujo técnico que Hugo insistió en llevar “por si me entra la inspiración mientras estamos allí”.
—¿Inspiración para qué exactamente?
—Para la casa. Llevo toda la semana dándole vueltas a un boceto y quiero verlo con mis propios ojos, en el terreno real, antes de comprometerme del todo con ninguna idea.
Condujimos casi cinco horas, parando a mitad de camino en un área de servicio donde compramos un café malísimo que bebimos de todas formas, riéndonos de lo horrible que estaba mientras contemplábamos el paisaje cambiante a través de la ventana, las llanuras de Castilla dando paso, poco a poco, a las montañas verdes que anunciaban la proximidad de Asturias.
—¿Sabes qué es lo que más me gusta de los viajes largos en coche? —preguntó Hugo, en algún punto del trayecto, con una mano en el volante y la otra buscando la mía sobre el reposabrazos central.
—¿Qué?
—Que no hay prisa por llegar a ninguna parte, ni reuniones que atender, ni móviles que consultar cada cinco minutos. Solo la carretera, la conversación, el paisaje cambiando poco a poco. Es de los pocos momentos en los que de verdad consigo desconectar del todo.
—A mí también me gusta esa sensación. Aunque debo admitir que también me gusta mucho llegar, sobre todo cuando el destino es tan bonito como el que me estás prometiendo.
—No te voy a defraudar, te lo prometo.
Paramos en un área de servicio a mitad de camino, donde el café resultó ser tan malo como Hugo había anticipado con una sonrisa cómplice, casi como si aquello también formara parte de la tradición del viaje.
—Este café es un crimen contra la humanidad —dije, después del primer sorbo, haciendo una mueca que provocó la risa de Hugo.
—Lo sé. Pero de alguna manera, siempre lo compro en cada viaje. Creo que es parte del ritual, la verdad, como una especie de peaje simbólico antes de llegar a Asturias.
—Un peaje horrible para el paladar.
—El mejor tipo de peaje, entonces, porque hace que cualquier café que tomemos después sepa mucho mejor en comparación.
Nos reímos, tirando los vasos de café a medio terminar en la papelera más cercana, y seguimos el camino con las ventanillas bajadas, dejando entrar el aire cada vez más fresco de las montañas que se acercaban.
Hicimos otra parada, ya más cerca del destino, en un pueblo pequeño con una plaza mayor porticada donde compramos algo de fruta en un mercado local, y Hugo, con un entusiasmo casi infantil, insistió en enseñarme una pastelería tradicional donde compró un par de casadielles, un dulce típico asturiano que, según él, “no puedes entender del todo Asturias sin haber probado”.
—Están buenísimas —dije, con la boca todavía llena, después del primer bocado.
—Te lo dije. Espera a probar la fabada de mi tía, que vive cerca de la casa familiar. Si consigo convencerla de que nos invite a comer, vas a entender por qué siempre vuelvo aquí cuando necesito recargar energías.
—¿Cómo es la casa? —le pregunté, cuando ya se acercaba el atardecer y el paisaje se había vuelto completamente montañoso, con prados verdes salpicados de vacas que pastaban tranquilamente bajo un cielo cargado de nubes.
—Grande, vieja, con más habitaciones de las que cualquier familia normal necesitaría.
Mi bisabuelo la construyó a principios del siglo pasado, como casa de veraneo, y desde entonces ha pasado de generación en generación, cada una añadiendo sus propias reformas, no siempre con buen gusto, para ser sincero.
—Suena a que tiene mucha historia.
—Demasiada, a veces. Hay habitaciones enteras que llevan cerradas desde que yo era pequeño, llenas de muebles de otra época que nadie se atreve a tirar ni a usar.
Llegamos ya de noche, y aunque la oscuridad no me permitió apreciar del todo el tamaño de la propiedad, la silueta de la casa, iluminada apenas por unas luces exteriores que Hugo había pedido que dejaran encendidas, me pareció imponente, con dos plantas de piedra gris y un tejado a dos aguas que se recortaba contra un cielo estrellado como no había visto en mucho tiempo, lejos de la contaminación lumínica de Madrid.
—Es preciosa, Hugo.
—Espera a verla de día. La fachada tiene su encanto, pero el verdadero espectáculo es el jardín trasero, con vistas al valle.
Entramos por una puerta principal de madera maciza, y el interior, aunque frío por llevar semanas cerrado, conservaba un encanto rústico que contrastaba de manera entrañable con el piso moderno de Hugo en Madrid: vigas de madera vista en el techo, una chimenea enorme en el salón principal, muebles antiguos que efectivamente parecían pertenecer a otra época, aunque con un carácter que los hacía más interesantes que anticuados.
—Voy a encender la chimenea —dijo Hugo, dejando las maletas en el recibidor—. Esta casa se calienta despacio, así que mejor empezar cuanto antes.
Mientras él se ocupaba del fuego, exploré un poco más allá del salón, asomándome a una cocina amplia con una mesa de madera maciza lo suficientemente grande como para sentar a quince personas cómodamente, un detalle que, según me explicó Hugo más tarde, respondía a las reuniones familiares multitudinarias que se celebraban allí en su infancia, con primos, tíos y abuelos llenando la casa entera durante los meses de verano.
—¿Cuántas personas caben en esta casa, exactamente? —le pregunté, asomándome también a una escalera de madera que subía hacia lo que imaginaba serían los dormitorios.
—Oficialmente, ocho dormitorios, aunque de niños solíamos apretujarnos de tres en tres para poder invitar a más primos. Mi madre todavía se queja de lo mal que dormíamos aquellos veranos, con tanto ruido y tan poco espacio real.
—Suena caótico, en el mejor sentido.
—Lo era. Algunos de mis mejores recuerdos de infancia son de esta casa, la verdad, más que de Madrid.
Volví al salón, deteniéndome frente a una serie de fotografías familiares colgadas en una pared, generaciones enteras de la familia de Hugo capturadas en aquella misma casa, veranos de infancia, celebraciones, un retrato en blanco y negro de lo que debía ser el bisabuelo constructor, con un bigote imponente y una expresión seria que se parecía, de manera curiosa, a la expresión que Hugo ponía cuando estaba concentrado en algo importante.
—¿Este es tu bisabuelo?
—El mismo. Dicen que era bastante intimidante, aunque nunca llegué a conocerlo, claro. Mi padre lo recordaba con una mezcla de admiración y terror que siempre me pareció fascinante.
—Se parece a ti cuando estás pensando en algo serio.
—Espero que no me parezca también en lo intimidante, porque según mi padre, hacía llorar a sus propios hijos con solo mirarlos.
Me reí, mientras Hugo terminaba de encender la chimenea, y poco a poco el salón fue calentándose, con el crepitar del fuego llenando el silencio de la casa vacía de una calidez que se sentía casi mágica, muy distinta del ajetreo constante de Madrid.
Cenamos algo sencillo que Hugo había traído preparado, sentados en el suelo frente a la chimenea porque, según explicó, “es una tradición familiar, la primera noche siempre se cena así, no sé por qué, pero mi padre insistía y ahora yo también insisto”, y después de cenar, con las copas de vino todavía medio llenas, Hugo sacó su libreta de tapas negras y empezó a esbozar algo con una concentración que no le había visto desde las reuniones más tensas de la organización de la boda.
—¿Has traído la libreta hasta aquí, desde Madrid?
—Nunca salgo de casa sin ella, para que conste. Nunca se sabe cuándo va a llegar la inspiración.
—¿Y ha llegado ya, esta noche?
—Un poco. Estaba pensando en cómo distribuir las habitaciones de arriba, si alguna vez llegamos a reformarlas también. Aunque eso es un proyecto para dentro de unos cuantos años, probablemente.
—¿Cuántas habitaciones tienes pensado reformar?
—Todas, con el tiempo. Aunque empezaré por las más pequeñas, para no sentirme abrumado desde el principio.
—¿Qué estás dibujando?
—La reforma. Quiero abrir esta pared —señaló hacia un muro que separaba el salón de una habitación adyacente—, para conectar el salón directamente con lo que ahora es un cuarto de trastos sin usar, y poner ventanales grandes hacia el jardín trasero, para que la luz de la mañana entre directamente aquí.
—Eso suena precioso.
—Espera a verlo con luz de día, entonces lo entenderás mejor. Hay una vista del valle desde ese cuarto que es, sencillamente, de las mejores que existen en esta zona de Asturias.
Me acerqué para ver el boceto con más detalle, admirando la precisión de las líneas, la manera en que Hugo, sin ningún esfuerzo aparente, transformaba ideas abstractas en algo tangible sobre el papel.
—Se te da muy bien esto, Hugo. De verdad.
—Llevaba ocho años sin dibujar nada más complicado que un organigrama de empresa. Es raro, la verdad, sentir que todavía puedo hacerlo, y que además me sigue gustando tanto como antes.
Se quedó mirando el boceto un momento más, con una expresión pensativa, antes de continuar hablando, casi como si estuviera pensando en voz alta más que dirigiéndose realmente a mí.
—¿Sabes qué es lo más raro de todo esto?
Que durante ocho años, cada vez que pensaba en retomar la arquitectura, me sentía culpable, como si estuviera traicionando la memoria de mi padre al no dedicarme por completo a la empresa que él construyó.
Y ahora, dibujando esto, no siento culpa ninguna.
Siento que estoy honrando su memoria de una manera distinta, construyendo algo con mis propias manos en la casa que tanto amaba.
—Eso es precioso, Hugo. Y creo que tu padre estaría orgulloso de las dos cosas: de cómo has cuidado la empresa, y de que ahora también te permitas esto.
—Eso espero. Cada día lo espero un poco más, la verdad.
Hugo dejó la libreta a un lado, mirándome con una expresión que mezclaba la gratitud con algo más profundo, más difícil de nombrar.