Capítulo 17 #3
—Más en pie que nunca. He pensado que podríamos ir el fin de semana que viene, si te viene bien. Necesito enseñarte esa casa antes de que se me olvide por completo cómo era antes de la reforma que tengo pensada.
—¿Sigues con la idea de diseñarla tú mismo?
—Más decidido que nunca, la verdad. Le enseñé el boceto de la servilleta a un arquitecto amigo mío, y me dijo que tenía una base sorprendentemente sólida para alguien que lleva ocho años sin tocar un plano.
—Eso es maravilloso, Hugo.
—Es aterrador, más bien. Pero de los buenos miedos, de los que dan ganas de intentarlo de todas formas.
—Me encanta esa versión tuya, Hugo. La que se permite tener miedo y seguir adelante de todas formas, en lugar de evitar cualquier cosa que implique riesgo.
—Es una versión bastante nueva, la verdad. Antes de ti, creo que habría encontrado mil excusas para no retomar el dibujo, para no arriesgarme con un proyecto tan personal. Demasiado ocupado, demasiadas responsabilidades, ya sabes la cantinela.
—¿Y ahora?
—Ahora prefiero arriesgarme y fallar, si hace falta, antes que pasarme otros ocho años preguntándome qué habría pasado si lo hubiera intentado.
Terminamos de cenar entre planes concretos para el viaje, qué ropa llevar teniendo en cuenta el clima más frío de Asturias, qué día exactamente saldríamos, y por primera vez en mucho tiempo, sentí la ilusión pura de planificar una escapada sin ninguna obligación profesional de por medio, solo dos personas queriendo pasar tiempo juntas, lejos del ajetreo habitual de Madrid.
Aquella conversación se quedó conmigo el resto de la semana, un recordatorio constante de lo mucho que Hugo había cambiado desde aquel primer día frente a La Percha, un hombre que apenas se permitía soñar con algo que no fuera cumplir con sus obligaciones familiares, ahora dispuesto a arriesgarse con un proyecto personal que llevaba ocho años aparcado.
Bea vino a cenar el miércoles siguiente, con la excusa de “necesitar ponernos al día como es debido, sin bodas de por medio esta vez”, y nos sentamos en mi pequeño sofá con una botella de vino y la misma bolsa de patatas fritas que ninguna de las dos pensaba compartir de verdad, una costumbre que ni siquiera dos meses de novela romántica habían conseguido cambiar.
—¿Cómo va todo con Hugo? —preguntó, con esa curiosidad insaciable que la caracterizaba desde que nos conocíamos.
—Bien. Mejor que bien, la verdad. Vamos a ir a Asturias el fin de semana que viene, a ver la casa de su familia.
—¿La casa que va a reformar él mismo? Me lo contaste hace semanas, cuando todavía era solo una idea.
—La misma. Ahora ya no es solo una idea, está hablando con arquitectos de verdad, presentando planos.
—Celia, eso es enorme. ¿Te das cuenta de lo enorme que es eso?
—Me doy cuenta, sí. Es raro verlo tan ilusionado con algo que no tiene nada que ver con la empresa familiar.
—Es el efecto Celia, evidentemente. Deberías patentarlo.
Me reí, sirviéndonos otra copa de vino, y la conversación derivó, como siempre pasaba con Bea, hacia terrenos cada vez más personales, hasta que en algún momento, entre risa y risa, me hizo la pregunta que llevaba semanas rondándome sin que me atreviera a verbalizarla del todo.
—¿Y tú, Celia? ¿Te ves con él a largo plazo? De verdad, en serio, no en plan romántico de boda ajena.
Me quedé pensando la respuesta un momento, sorprendida por lo clara que la sentía, a pesar de no haberla pronunciado nunca en voz alta.
—Sí. Me veo con él a largo plazo. No sé todavía cómo va a ser exactamente, ni cuándo, pero sí, me veo.
—Eso es lo más bonito que te he escuchado decir en mucho tiempo, Celia.
—A mí también me sorprende decirlo, la verdad. Después de todo lo de Rodrigo, no pensé que fuera a sentir esta seguridad otra vez con nadie.
—El tiempo correcto con la persona correcta hace milagros, al parecer.
—¿Y qué hay de ti, Bea? ¿Cómo van las cosas con esa lista interminable de citas que me cuentas cada semana?
—Ah, nada serio todavía, aunque hay un chico del gimnasio de Marcos, el amigo de Hugo, con quien he coincidido un par de veces. Nada oficial, pero tiene potencial, según mi criterio experto.
—¿El gimnasio de Marcos? Espera, ¿te refieres a Marcos, el que organizó mi cumpleaños… digo, el tuyo, el de la fiesta donde conocí a Hugo?
—El mismo. Resulta que el mundo es tan pequeño que hasta yo he terminado conociendo gente a través de la misma red de casualidades que os juntó a vosotros dos.
—Madrid es diminuto, definitivamente.
—Madrid es diminuto y generoso, al parecer, si sabes dónde buscar.
Nos reímos, brindando por las casualidades felices que la vida parecía empeñada en repartir entre nosotras dos, y la conversación siguió derivando hacia planes futuros, hacia la posibilidad de que Bea también encontrara, algún día, algo tan sólido como lo que yo había encontrado con Hugo.
Sentí que aquella noche, entre patatas fritas y confesiones sinceras, cerraba de alguna manera el círculo que había empezado meses atrás, cuando le había contado a Bea, en aquel mismo sofá, la anécdota del sujetador atascado y el desconocido que compraba un vestido verde esmeralda.