Capítulo 17 #2
—Entonces te tomas un café con él primero, dejas que te cuente sus batallitas sobre mercadillos de hace treinta años, y solo después de eso sacas el tema del precio. Fermín necesita sentir que la relación importa más que la transacción, y en el fondo, tiene razón.
—Eso suena a una lección de vida, más que a una simple técnica de negociación.
—La mayoría de las mejores lecciones de negocio son también lecciones de vida, Celia. Ya lo irás descubriendo tú misma, con el tiempo.
Anoté cada detalle con la meticulosidad de quien sabe que aquella información, transmitida de manera tan informal, era en realidad un tesoro acumulado durante años de experiencia que Marta estaba compartiendo conmigo con una generosidad que agradecía profundamente.
—¿Y qué pasa con Valeria? —le pregunté, mientras cerrábamos la libreta—. ¿Cómo encaja ella en todo este plan de transición?
—Valeria va a ser fundamental, creo. Tiene buen ojo, buena actitud con las clientas, y aprende rápido. Con el tiempo, si sigue así, podría convertirse en tu mano derecha, de la misma manera que tú has sido la mía estos tres años.
—Eso me tranquiliza mucho, la verdad. No quiero hacer esto completamente sola.
—Nunca vas a estar completamente sola, Celia. Yo seguiré por aquí, aunque con menos horas, y Valeria va a crecer contigo, si las cosas van como espero. Además, siempre me tienes a un teléfono de distancia, aunque esté en algún viaje por el mundo.
—Prométeme que contestarás al teléfono, aunque estés en la otra punta del mundo.
—Te lo prometo, aunque sea de madrugada por la diferencia horaria.
Le comenté la conversación a Valeria esa misma tarde, con cierta cautela, sin saber muy bien cómo reaccionaría ante la noticia de que Marta iba a reducir su implicación de manera tan significativa.
—¿Y tú qué opinas de todo esto? —le pregunté, después de explicarle los planes generales—. Sé que llevas poco tiempo aquí, y quizá esto cambie las expectativas con las que entraste.
—Opino que es emocionante, la verdad —dijo Valeria, con un entusiasmo que me tranquilizó de inmediato—. Poder crecer con la tienda desde una etapa tan temprana, aprender contigo mientras asumes más responsabilidad, me parece una oportunidad increíble, no un problema.
—Me alegra mucho escuchar eso. Necesito gente en quien confiar plenamente para esta nueva etapa.
—Puedes confiar en mí, Celia. Te lo prometo.
Aquella conversación, tan sencilla en apariencia, terminó de disipar cualquier duda que me quedara sobre si estaba rodeándome del equipo adecuado para afrontar los cambios que se avecinaban.
—¿Sabes qué es lo más raro de todo esto? —le dije, cerrando la libreta después de horas de repaso—. Que llevo tres años trabajando aquí, pero solo ahora me doy cuenta de todo lo que hay detrás del negocio que nunca vi de verdad.
—Es normal. Cuando eres empleada, ves la parte visible del trabajo. Cuando te conviertes en dueña, empiezas a ver también los cimientos, las cosas que sostienen todo lo demás sin que nadie las note.
—Espero estar a la altura de todo esto.
—Ya lo estás, Celia. Solo necesitas tiempo para darte cuenta tú misma.
La Percha volvió a su actividad de siempre, con Marta y yo atendiendo encargos más pequeños después de la locura de la boda, aunque no exactamente la misma actividad de antes, porque las recomendaciones de Silvia y de las amigas de su club de lectura empezaron a llegar con una regularidad que ninguna de las dos había anticipado.
—Otra llamada más —anunció Marta, un martes por la mañana, colgando el teléfono con una expresión entre incrédula y encantada—. Una prima de Silvia quiere que la ayudemos con el vestuario de la puesta de largo de su nieta. Va a haber que contratar a alguien más si esto sigue así.
—¿Contratar a alguien?
—No es una crítica, Celia, es una señal buenísima. Estamos desbordadas de trabajo bueno, que es el mejor tipo de desbordamiento que existe.
Aquella idea, la de La Percha creciendo lo suficiente como para necesitar más manos, se quedó rondándome durante los días siguientes, una semilla de posibilidad que no había considerado antes pero que empezaba a sentirse, poco a poco, como algo real.
Las llamadas siguieron llegando durante las semanas siguientes: primero la prima de Silvia con la puesta de largo de su nieta, después una amiga de Carmen que necesitaba vestuario para una gala benéfica, y finalmente, para sorpresa de las dos, una revista de moda local que quería hacer un reportaje sobre “los tesoros vintage escondidos de Madrid”, con La Percha como protagonista principal.
—Esto es una locura buena, Celia —dijo Marta, leyendo el correo de la periodista con una expresión de incredulidad feliz—. Diez años intentando que alguien se fijara en nosotras, y de repente, después de una boda, todo el mundo quiere trabajar con nosotras.
—Supongo que las bodas grandes tienen ese efecto, aunque parezca mentira.
—O supongo que tú tienes ese efecto, Celia. No subestimes tu propio talento en todo esto.
Aquellas palabras, dichas con la sinceridad habitual de Marta, se me quedaron grabadas, un recordatorio de que quizá el crecimiento de La Percha no era solo cuestión de suerte o de contactos afortunados, sino también del trabajo genuino que llevaba tres años poniendo en cada encargo, por pequeño que fuera.
El reportaje de la revista se publicó a finales de mes, con fotografías de la tienda que Marta y yo habíamos preparado con especial cuidado, colocando las piezas más llamativas del fondo de armario en un despliegue que, según la fotógrafa, “cuenta una historia sin necesidad de palabras”.
—Mirad esto —dijo Valeria, entrando corriendo en la tienda una mañana con la revista recién comprada en el quiosco de la esquina—. Habéis salido en la portada de la sección de moda. La portada, no una página cualquiera.
Marta y yo nos abalanzamos sobre la revista, hojeándola con una emoción que ninguna de las dos intentó disimular, encontrando finalmente el artículo, acompañado de fotografías espectaculares de la tienda y de un texto que hablaba de La Percha como “uno de los secretos mejor guardados del Madrid vintage, ahora al descubierto”.
—Esto va a cambiarlo todo —dijo Marta, con los ojos húmedos mientras leía el artículo por segunda vez—. Después de diez años intentando que la gente nos descubriera, y mira, en un solo artículo, todo Madrid va a saber quiénes somos.
Y tenía razón: los días siguientes trajeron una avalancha de clientas nuevas, algunas simplemente curiosas por conocer la tienda de la que tanto se hablaba, otras genuinamente interesadas en encargos concretos, y la caja registradora, por primera vez desde que trabajaba allí, sonó de manera casi constante durante toda una semana.
Una de aquellas clientas nuevas resultó ser una diseñadora de vestuario para cine, que había visto el reportaje y quedó tan impresionada con la colección de los setenta que nos propuso, sin rodeos, una colaboración para el vestuario de una película independiente que estaba a punto de empezar a rodar.
—Nunca habíamos trabajado en cine —le dije, con una mezcla de emoción y de vértigo ante la propuesta.
—Pues sería un honor que empezarais con nosotros. Vuestro archivo es exactamente lo que necesitamos para esta producción, ambientada en los años setenta, y la calidad de conservación de las piezas es mejor que la de cualquier otro proveedor con el que hemos hablado hasta ahora.
Acepté la propuesta esa misma tarde, después de consultarlo brevemente con Marta, que se mostró tan entusiasmada como yo ante la idea de que La Percha entrara en un terreno completamente nuevo, ampliando todavía más el abanico de posibilidades que el negocio parecía dispuesto a ofrecer, casi sin que ninguna de las dos lo hubiéramos planeado del todo.
Le conté la noticia a Hugo esa misma noche, todavía con la emoción a flor de piel por la nueva oportunidad.
—¿Vestuario de cine? Celia, eso es fantástico.
—Lo sé, todavía no me lo puedo creer del todo. Nunca imaginé que La Percha pudiera llegar tan lejos.
—Yo sí lo imaginaba, la verdad. Desde el primer día que entré en esa tienda, supe que había algo especial en cómo tratabais cada prenda, cada historia detrás de ella. Era cuestión de tiempo que el mundo se diera cuenta también.
—Qué manera tan bonita de decirlo.
—Es la pura verdad. Y estoy deseando ver el resultado final de esa película, aunque solo sea para poder decir “yo estuve ahí desde el principio de esta nueva etapa”.
Nos reímos juntos, brindando con las copas de vino que teníamos servidas para la cena, celebrando aquel nuevo capítulo que se abría para La Percha, uno más entre los muchos cambios que aquel año extraordinario había traído consigo.
—Vamos a necesitar contratar a alguien más —bromeé, viendo la cola que se había formado frente al probador un sábado especialmente ajetreado.
—No estás bromeando del todo, ¿verdad? —dijo Marta, con una expresión entre agotada y encantada—. Creo que de verdad vamos a tener que pensarlo en serio.
Aquel crecimiento inesperado, tan repentino, me hizo pensar de nuevo en la propuesta de Marta, todavía sin resolver del todo en mi cabeza, sobre convertirme en la nueva propietaria de un negocio que, cada vez más, se sentía como algo mucho más grande de lo que ninguna de las dos había imaginado al principio.
Hugo, por su parte, había conseguido, tras la reunión que tanto le preocupaba, mantener la bodega familiar de Rioja bajo la propiedad de la empresa, con la reestructuración que había propuesto, y aquello le había dado una confianza renovada que se notaba en cada aspecto de su trabajo, incluida una energía nueva que aplicaba también a nuestra relación, con una disposición a hacer planes de futuro que antes reservaba solo para cuestiones de negocio.
—¿Sigue en pie lo de Asturias? —le pregunté un viernes por la noche, mientras cenábamos en mi piso, con la rutina ya asentada de vernos casi todos los días, alternando entre su casa y la mía con una naturalidad que hacía apenas dos meses habría parecido impensable.