C de Celia, H de Hugo (comedias románticas 2) Capítulo 17
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Capítulo 17

Las dos semanas siguientes a la boda de Carmen transcurrieron con una tranquilidad que casi se sentía sospechosa después de todo lo vivido: sin incendios, sin flores canceladas, sin crisis de última hora, solo la vida normal recuperando poco a poco su ritmo habitual, aunque un ritmo distinto al de antes, uno que ahora incluía a Hugo en prácticamente todos los rincones de mi rutina.

Los primeros días después de la boda los pasé casi flotando, con la sensación de vivir todavía dentro de la euforia de aquella noche, la declaración de amor en el jardín, el anillo que todavía no existía pero que ya empezaba a intuir en el futuro, y me costó, más de lo que esperaba, volver a concentrarme del todo en el trabajo diario de la tienda, distraída constantemente por mensajes de Hugo que llegaban a horas intempestivas, simples “estoy pensando en ti” que conseguían sacarme una sonrisa en mitad de cualquier tarea.

“¿Qué haces?” , me escribió un martes a media mañana, mientras yo estaba a mitad de una prueba de vestuario con una clienta habitual.

“Trabajando, como siempre. ¿Y tú?”

“Fingiendo prestar atención en una reunión sobre distribución de vinos mientras pienso en el fin de semana que viene.”

“Eso suena a mala praxis empresarial, Hugo.”

“Probablemente. Pero mereces toda mi atención, aunque sea a costa de mi productividad laboral.”

Sonreí, guardando el móvil de nuevo en el bolsillo, con la clienta esperando pacientemente a que le prestara atención otra vez, y me pregunté, no por primera vez, cómo era posible sentir tanta felicidad por algo tan sencillo como un mensaje de texto en mitad de una mañana cualquiera.

—Vas a tener que aterrizar en algún momento, ¿sabes? —me dijo Marta, un lunes por la mañana, encontrándome sonriendo sola frente al móvil por tercera vez esa mañana—. Tenemos clientas esperando, Celia, no solo un novio maravilloso con el que enviarte mensajes.

—Perdón, perdón. Ya vuelvo a la realidad.

—No te disculpes, me alegra muchísimo verte así. Solo digo que la realidad también necesita que le prestes atención de vez en cuando.

Aterricé, poco a poco, en la rutina habitual, aunque con una energía renovada que se notaba en cada aspecto de mi trabajo, como si la felicidad personal se filtrara también en la manera en que trataba a las clientas, en la paciencia con la que resolvía cualquier contratiempo, en el entusiasmo con el que abordaba cada nuevo encargo.

Cumplimos la promesa de la cena entre las damas de honor un mes después de la boda, reuniéndonos las cinco —Carla, Sofía, Marina, Julieta, Nuria— más yo, en un restaurante pequeño de Malasaña que Marina había insistido en elegir “porque tiene la mejor tarta de queso de todo Madrid, y después de todo lo que hemos pasado juntas, nos merecemos la mejor tarta de queso posible”.

—No puedo creer que ya haya pasado un mes —dijo Julieta, mientras esperábamos la carta—. Se siente como si el incendio hubiera sido ayer mismo, y a la vez como si hubiera pasado toda una vida.

—A mí también me parece increíble lo rápido que ha pasado el tiempo —añadió Marina—. Y pensar que esta tarta de queso ha sido la excusa perfecta para reunirnos, cuando en realidad lo que de verdad quería era veros a todas otra vez.

—No hacía falta ninguna excusa, Marina, nos habríamos reunido igualmente.

—Lo sé, pero la tarta ayuda a justificar el capricho ante mi cuenta bancaria.

Nos reímos todas, y el camarero llegó justo a tiempo para tomar nota, con Marina insistiendo, sin ninguna vergüenza, en que trajera “la tarta más grande que tengan, para compartir entre las cinco, porque nos la hemos ganado con creces”.

—A mí me sigue pareciendo surrealista todo lo que vivimos —añadió Carla—. Nunca pensé que terminaría descubriendo una pasión por la costura gracias a una crisis de vestuario.

—¿Y qué tal te va con eso? —le pregunté, genuinamente interesada—. ¿Sigues cosiendo, después de la boda?

—La verdad es que sí. He empezado a hacer pequeños arreglos para amigas, nada profesional todavía, pero me lo paso genial. Quién sabe, quizá algún día me anime a dejar la contabilidad de verdad.

—Si alguna vez lo haces, ya sabes que tienes trabajo garantizado en La Percha.

Sofía, que había estado callada revisando el menú, levantó la vista con una expresión pensativa.

—¿Sabéis qué? Yo también he cambiado desde la boda, aunque de una manera distinta.

Empecé a valorar mucho más las cosas hechas con cuidado, en lugar de simplemente comprar lo último de cada temporada porque toca.

Vosotras me enseñasteis eso, sin querer, con todo el trabajo que pusisteis en esos vestidos.

—Eso es precioso, Sofía. Me alegra mucho haber tenido ese efecto, aunque fuera sin proponérnoslo.

Nuria, que había estado callada escuchando la conversación, levantó su copa con una expresión traviesa.

—Bueno, yo lo único que he aprendido es que nunca más quiero ser dama de honor en una boda con incendio incluido. Una vez es suficiente para toda una vida.

—Eso lo firmamos todas, estoy segura —bromeó Marina, brindando con ella entre risas generalizadas.

—Aunque, para ser justas, si volviera a pasar algo así, ahora ya sabemos exactamente cómo resolverlo —añadió Carla, con un orgullo evidente—. Somos prácticamente expertas en crisis de vestuario de última hora.

—Un currículum bastante específico, la verdad —dije, riéndome—, pero no puedo negar que estoy orgullosa de haberlo conseguido con todas vosotras.

La cena transcurrió entre risas, anécdotas repetidas mil veces pero que seguían haciéndonos gracia, y la certeza compartida de que aquella crisis, tan terrible en su momento, había terminado forjando una amistad que ninguna de nosotras había anticipado al principio de todo aquel proceso.

El aumento de trabajo, tal y como Marta había predicho, terminó obligándonos a contratar a alguien más, y después de varias entrevistas que resultaron decepcionantes por distintos motivos, encontramos a Valeria, una joven diseñadora recién licenciada con una pasión genuina por la moda vintage que encajó, casi de inmediato, en la dinámica de la tienda.

—Me encanta cómo combináis piezas de distintas décadas —dijo Valeria, durante su primera semana, mientras observaba cómo yo preparaba un escaparate mezclando prendas de los sesenta con complementos más modernos—.

La mayoría de tiendas vintage se quedan ancladas en una sola época, pero vosotras jugáis con todo el espectro.

—Es la filosofía de Marta, en realidad. Ella siempre dice que la moda no tiene por qué respetar las fronteras de las décadas, que lo importante es cómo se siente la persona que lo lleva.

—Me gusta mucho esa filosofía. Espero poder aportar algo similar, con mi propia perspectiva.

—Estoy segura de que sí. Se te nota el ojo para esto, Valeria, desde la primera entrevista.

—Gracias, Celia. Espero estar a la altura de las expectativas, sobre todo después de todo lo que Marta me ha contado de la reputación que os habéis ganado estos últimos meses.

—No hay ninguna presión, tranquila. Solo tienes que ser tú misma, con tu propio criterio. Eso es exactamente lo que buscamos.

Valeria sonrió, visiblemente aliviada, y se puso manos a la obra con la clienta que esperaba, demostrando desde ese primer día una soltura que confirmaba, una vez más, que Marta y yo habíamos hecho la elección correcta al contratarla.

Con el paso de las semanas, aquella primera impresión solo se confirmaría una y otra vez, convirtiendo a Valeria en una pieza fundamental del nuevo capítulo que La Percha, y yo misma, estábamos a punto de emprender, un capítulo que, como todo lo demás en aquel año extraordinario, había comenzado con un poco de nerviosismo y había terminado convirtiéndose en una de las mejores decisiones que había tomado en mucho tiempo.

Valeria resultó, con el paso de las semanas, ser todavía más talentosa de lo que aquella primera impresión sugería, con un instinto natural para combinar piezas que sorprendía incluso a Marta, acostumbrada como estaba a ver pasar aprendices por la tienda a lo largo de los años.

—Esta chica tiene algo especial —me confesó Marta, una tarde, mientras observábamos a Valeria atendiendo a una clienta particularmente exigente con una paciencia envidiable—. Me recuerda un poco a ti, cuando empezaste.

—¿En qué sentido?

—En esa manera de escuchar de verdad lo que la clienta necesita, más allá de lo que dice explícitamente que busca. Es un don que no se enseña fácilmente, y ella ya lo tiene, apenas unas semanas después de empezar.

—Me alegra mucho escuchar eso. Espero poder darle la oportunidad de crecer aquí, tanto como Marta me la dio a mí en su momento.

—Estoy segura de que lo harás, Celia. Ya veo en ti la misma generosidad que yo intenté tener contigo.

Marta empezó, poco a poco, a enseñarme los aspectos más técnicos del negocio que hasta entonces había manejado ella sola: las declaraciones trimestrales, las negociaciones con los proveedores de tela, incluso los contactos personales que había ido cultivando durante diez años con vendedores de mercadillos y anticuarios de toda España.

—Esto es Fermín —me dijo, un jueves por la tarde, mientras revisábamos juntas una agenda llena de contactos anotados a mano en una libreta que Marta se negaba a digitalizar “por principios”—.

Lleva veinte años vendiendo piezas de los años cuarenta y cincuenta en un mercadillo de Segovia.

Es difícil de tratar, muy tacaño con los precios, pero tiene las mejores piezas de toda Castilla si sabes cómo negociar con él.

—¿Y cómo se negocia con él?

—Con paciencia, sobre todo. Nunca aceptes su primera oferta, mira siempre hacia otro lado cuando te diga un precio, como si estuvieras considerando otras opciones, aunque no las tengas. Y llévale siempre algo de comer, le encanta el turrón de Jijona fuera de temporada, no me preguntes por qué.

—¿Y si algún día no está de humor para negociar? ¿Qué hago entonces?