C de Celia, H de Hugo (comedias románticas 2) Capítulo 16 #4
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Capítulo 16 #4

—Veintitrés, creo. Fue el verano después de terminar la carrera, antes de empezar a trabajar en La Percha. Bea y yo nos fuimos de viaje juntas, sin ningún plan concreto, solo con la idea de descubrir cosas nuevas antes de que la vida adulta nos atrapara del todo.

—Se te ve muy feliz en esa foto.

—Lo era. Aunque no sabía, en aquel momento, lo distinta que iba a ser mi vida unos años después.

Serví el vino y nos sentamos juntos en mi pequeño sofá, el mismo donde habíamos compartido palomitas quemadas semanas atrás, y por primera vez en muchas horas, sentí que el ajetreo de la boda quedaba completamente atrás, dando paso a un momento de calma genuina, solo los dos, sin ceremonias ni discursos ni responsabilidades logísticas pendientes.

—Todavía no me puedo creer que hayamos llegado hasta aquí —dije, apoyando la cabeza en su hombro mientras el vino nos calentaba poco a poco después del frío de la noche—.

Hace mes y medio, mi mayor preocupación era cómo iba a sobrevivir trabajando cerca de Rodrigo durante un mes. Y mira dónde estamos ahora.

—La vida tiene un sentido del humor bastante particular, la verdad. Si alguien me hubiera dicho, el día que entré en tu tienda buscando un vestido, que iba a terminar enamorado de la dependienta, no sé si me lo habría creído.

—¿Ni siquiera un poquito?

—Bueno, quizá un poquito. Había algo en la manera en que me hablaste esa mañana, con esa mezcla de sarcasmo y amabilidad, que se me quedó grabado más de lo que esperaba para haber sido una conversación de cinco minutos sobre un vestido.

—A mí también se me quedó algo grabado. No sabría decir exactamente qué, pero algo.

—A lo mejor era una premonición.

—A lo mejor. O a lo mejor simplemente era un buen instinto, sin necesidad de complicarlo con nada místico.

—Prefiero pensar que era una premonición. Suena más romántico para cuando le contemos esta historia a la gente.

Me reí, dándole un empujón cariñoso en el hombro, y Hugo aprovechó el gesto para atraerme más cerca, rodeándome con un brazo mientras terminábamos el vino en un silencio cómodo, roto solo por el sonido lejano de algún coche pasando por la calle.

Nos quedamos así un rato más, hablando de tonterías, de recuerdos de las últimas semanas, riéndonos de anécdotas que ya empezaban a sentirse como parte de una historia compartida que contaríamos, con cariño, durante muchos años más, hasta que el cansancio acumulado de un día tan largo empezó a hacerse notar en los dos.

—Debería irme —dijo Hugo, aunque sin ninguna prisa real en la voz, con los ojos ya un poco pesados por el sueño—. Mañana tengo que ayudar a mi madre a organizar todo lo que sobró de la boda, y sospecho que va a ser una tarea considerablemente menos glamurosa que el día de hoy.

—Puedo ayudarte, si quieres.

—Me encantaría, pero después de todo lo que has trabajado estas semanas, creo que te has ganado un día de descanso completo, sin ninguna obligación relacionada con esta boda.

—Puede que tengas razón. Aunque echaré de menos verte mañana.

—Puedo remediar eso fácilmente. ¿Cena mañana por la noche? Sin bodas, sin vestidos, solo nosotros dos, como en los viejos tiempos de hace tres semanas.

—Trato hecho.

Se quedó un rato más, hasta que el cansancio de un día tan largo terminó venciéndolo del todo, y antes de irse, en la puerta de mi piso, me besó con una ternura que resumía perfectamente todo lo que había significado aquel día para los dos.

—Gracias por todo, Celia. Por esta boda, por estos meses, por todo lo que has traído a mi vida sin que yo te lo pidiera siquiera.

—Gracias a ti, Hugo. Por confiar en mí desde el primer día, aunque fuera solo para comprar un vestido.

—El mejor vestido que he comprado en mi vida, sin lugar a dudas.

Se marchó poco después, y me quedé en la puerta un momento, viéndolo bajar las escaleras, con la sensación de que aquella noche, después de tanto trabajo y tantas emociones, se cerraba de la manera más perfecta posible: con la certeza tranquila de que lo que teníamos, construido a base de crisis superadas y honestidad compartida, tenía toda la solidez necesaria para durar mucho, mucho tiempo.

Entré de nuevo en mi piso, ya vacío, y me quedé un momento apoyada contra la puerta cerrada, repasando mentalmente todo lo vivido en aquellas últimas semanas: el sujetador atascado, el vestido verde esmeralda, el incendio, las flores canceladas, la crisis de Carmen, la boda perfecta a pesar de todo.

Sonreí, sola en mi salón, pensando que si alguien me hubiera contado, mes y medio atrás, todo lo que estaba a punto de vivir, jamás lo habría creído posible.

Y sin embargo, ahí estaba, con el corazón lleno y la certeza tranquila de que aquello no era el final de nada, sino apenas el comienzo de algo mucho más grande.

Me fui a dormir esa noche con una sonrisa que no conseguí borrar ni siquiera al apagar la luz, pensando en todo lo que quedaba por delante: las vacaciones prometidas, la visita a Asturias, la cena entre las damas de honor, la promesa silenciosa de una boda futura que Hugo había mencionado con tanta ternura en el coche.

El futuro, por primera vez en mucho tiempo, se sentía como una promesa emocionante en lugar de una incertidumbre que temer.