C de Celia, H de Hugo (comedias románticas 2) Capítulo 16 #3
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Capítulo 16 #3

Nos abrazamos, y Carla se marchó hacia el grupo de invitados que esperaban los taxis en la entrada de la finca, dejándome sola de nuevo en la carpa, ahora casi completamente vacía salvo por los operarios que empezaban a desmontar las últimas estructuras.

Marta y Hugo terminaron de cargar las últimas cajas en el coche, y cuando Marta se despidió de nosotros para volver a Madrid, con la promesa de vernos al día siguiente para “el análisis post mortem completo de esta boda, con desayuno incluido”, Hugo se ofreció a llevarme a casa personalmente, en lugar de que volviera con Marta como habíamos planeado inicialmente.

Antes de irnos, Inés se acercó a despedirse, con la tablet ya guardada y una expresión de agotamiento feliz que reconocía perfectamente de las últimas semanas de trabajo intenso.

—Ha sido una de las bodas más complicadas que he organizado en mi carrera, y también una de las más bonitas, contra todo pronóstico —dijo, abrazándome con un cariño que no esperaba de una mujer que había mantenido siempre una profesionalidad impecable durante todo el proceso—.

Gracias por vuestro trabajo, Celia. En serio, sin vosotras esto no habría sido posible después del incendio.

—Gracias a ti, Inés, por confiar en nosotras a pesar de todo el caos.

—El caos es parte del trabajo. Lo que no siempre es parte del trabajo es encontrar gente tan comprometida como vosotras, dispuesta a coser hasta las tantas de la madrugada para que todo salga perfecto. Espero que trabajemos juntas otra vez pronto.

—Cuenta con ello.

Marta se unió a la despedida en ese momento, abrazando a Inés con el mismo cariño con el que había tratado a todo el equipo durante las últimas semanas.

—Ha sido un placer trabajar contigo, Inés, a pesar de todo el caos del incendio. Espero que nos llames para la próxima boda que organices, aunque prometo que intentaremos evitar cualquier incendio adicional.

—No prometas lo que no puedes cumplir —bromeó Inés—, pero sí, contad con que seréis mi primera llamada para el próximo proyecto grande que me caiga en las manos.

Nos despedimos con la promesa de mantenernos en contacto para futuros proyectos, y mientras Inés se alejaba hacia su coche, sentí una satisfacción profesional profunda, la certeza de que aquel encargo, que había empezado como una condena personal por culpa de Rodrigo, terminaba convirtiéndose en una de las colaboraciones más significativas de toda mi carrera en La Percha.

—¿Estás segura de que no prefieres ir con Marta? Está claro que estás agotada, y yo también, la verdad, así que no tienes que sentirte obligada a aguantarme el trayecto entero.

—Prefiero mil veces ir contigo, agotamiento incluido.

Condujimos de vuelta a Madrid con las ventanillas ligeramente bajadas, dejando entrar el aire frío de la noche que ayudaba a espabilarnos un poco después de tantas horas de fiesta, y con la radio puesta muy bajo, esa costumbre nuestra que ya se había convertido en una especie de ritual compartido.

—¿Sabes qué es lo que más me ha gustado de hoy? —preguntó Hugo, en algún punto del trayecto, cuando ya las luces de Madrid empezaban a asomar en el horizonte.

—¿Qué?

—Ver a mi hermana feliz de verdad, no actuando para nadie. Y verte a ti, en medio de todo, encajando tan naturalmente en mi familia que a veces se me olvida que hace solo mes y medio ni siquiera nos conocíamos.

—A mí también se me olvida a veces. Parece que ha pasado mucho más tiempo del que ha pasado en realidad.

—Es porque han pasado muchas cosas en poco tiempo. Un incendio, una boda entera, una declaración de amor en un jardín… hemos vivido lo que otras parejas viven en un año, en apenas seis semanas.

—Cuando lo dices así, suena un poco intenso.

—Lo ha sido. Pero no me arrepiento de ni un solo minuto.

—Yo tampoco.

Nos quedamos en silencio un rato, disfrutando de la compañía sin necesidad de llenar cada momento con palabras, hasta que Hugo, mirando de reojo hacia mí en un semáforo en rojo, sonrió con una expresión traviesa que no le había visto en toda la noche.

—¿Sabes qué otra cosa se me ha ocurrido hoy, en mitad del discurso, mientras miraba a mi hermana casarse?

—¿Qué?

—Que algún día, no sé cuándo, pero algún día, me gustaría que tú y yo tuviéramos también nuestra propia boda. No hoy, ni el mes que viene, no quiero asustarte con planes precipitados. Pero algún día.

Sentí que el corazón me daba un vuelco, una mezcla de sorpresa y de una ternura tan intensa que por un momento no supe qué contestar.

—Eso es mucho decir para una primera declaración de amor, Hugo.

—Lo sé, lo sé, no te estoy pidiendo nada ahora mismo, solo… quería que supieras que es algo en lo que pienso, que es un futuro que me gustaría construir contigo, con calma, sin prisa, pero con la intención puesta ahí desde ya.

—Me gusta esa idea. Mucho, la verdad.

—¿Sí?

—Sí. Aunque prefiero que la próxima boda que organicemos juntos no incluya ningún incendio, si no te importa.

Se rio, con una carcajada sincera que llenó todo el coche, y el resto del trayecto transcurrió entre risas y planes hipotéticos para un futuro que, apenas seis semanas atrás, ni siquiera habría podido imaginar.

Cuando llegamos a la puerta de mi portal, Hugo apagó el motor, algo que no solía hacer cuando solo me acompañaba de vuelta, y me miró con una expresión que sugería que no tenía ninguna prisa por despedirse todavía.

—¿Quieres subir un momento? —le pregunté, sin pensarlo demasiado—. Todavía tenemos una botella de vino a medio abrir de la semana pasada, y no me apetece nada terminar la noche todavía.

—Pensé que nunca me lo ibas a pedir.

Subimos juntos las escaleras de mi edificio, con las risas todavía flotando entre nosotros por los comentarios sobre bodas futuras, y una vez en mi piso, mientras yo buscaba la botella de vino en la pequeña cocina, Hugo se quedó de pie en el salón, observando las fotografías que tenía colgadas en una pared, recuerdos de viajes con Bea, de momentos con mi madre, de la apertura de la sección vintage de los setenta en La Percha.

—Nunca había tenido tiempo de fijarme bien en esto —dijo, señalando una foto en la que aparecía yo, mucho más joven, sonriendo junto a Bea en lo que parecía ser un festival de música—. ¿Cuántos años tenías aquí?