C de Celia, H de Hugo (comedias románticas 2) Capítulo 16 #2
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Capítulo 16 #2

Hacia el final de la noche, cuando ya buena parte de los invitados mayores se habían retirado y la fiesta había adquirido un ritmo más relajado, con la música cambiando hacia un repertorio más animado que mantenía a los invitados más jóvenes bailando sin parar, Hugo me llevó de la mano hasta un rincón tranquilo del jardín, lejos del bullicio de la carpa, donde las luces colgantes que Inés había instalado creaban un ambiente íntimo, casi mágico, bajo el cielo despejado de noviembre.

El aire de la noche había refrescado considerablemente, y me abracé un poco a mí misma, agradecida cuando Hugo se quitó la chaqueta del traje y me la colocó sobre los hombros con un gesto que ya empezaba a sentir como una costumbre entrañable entre nosotros.

—Quiero decirte algo —dijo, con una seriedad que contrastaba con la ligereza festiva del resto de la noche—, y quiero decírtelo aquí, lejos de todo el ruido, porque me parece que se merece un poco de calma.

—Me estás poniendo nerviosa.

—No hace falta que lo estés. Es algo bueno, te lo prometo.

Se quedó un momento en silencio, buscando las palabras con el mismo cuidado que había mostrado en cada conversación importante que habíamos tenido desde el principio, y cuando por fin habló, su voz sonó firme, sin ninguna de las dudas que solían acompañar sus momentos más vulnerables.

—Te quiero, Celia. Y no te lo digo solo porque estemos en una boda, rodeados de todo este romanticismo ambiental, aunque reconozco que probablemente ayuda.

Te lo digo porque llevo semanas sintiéndolo, cada día con más claridad, y me parecía importante decírtelo ahora, en un día tan importante para mi familia, porque de alguna manera ya siento que formas parte de ella, y quería que lo supieras con total seguridad.

—Hugo…

—Espera, déjame terminar, porque llevo todo el día ensayando esto mentalmente y si me interrumpes ahora, no sé si voy a encontrar el valor de nuevo.

—Sonrió, con un nerviosismo que no le había visto desde los primeros días, cuando todavía estábamos descubriendo qué era exactamente lo que había entre nosotros—.

Llevo cuatro años construyendo mi vida alrededor de una promesa, de una responsabilidad, de mantener todo bajo control para que nadie más saliera herido.

Y contigo, por primera vez en todo ese tiempo, he sentido que puedo soltar un poco ese control sin que el mundo se derrumbe.

Me has enseñado que se puede pedir ayuda, que se puede compartir el peso, que se puede ser feliz sin sentir que le estás fallando a nadie por permitírtelo.

Y eso, Celia, es el regalo más grande que me han hecho en mucho tiempo.

Sentí que el corazón se me aceleraba, una mezcla de sorpresa y de una alegría tan intensa que por un momento no supe qué decir, abrumada por la sinceridad directa de aquella declaración, tan distinta de cualquier cosa que hubiera experimentado antes con Rodrigo o con nadie más.

—Yo también te quiero, Hugo. Llevo días queriendo decírtelo, pero no encontraba el momento adecuado, o quizá tenía miedo de decirlo primero, después de todo lo que pasó con Rodrigo.

—No hace falta tener miedo conmigo, Celia. Nunca.

—Lo sé. Cada día lo sé un poco más.

Nos besamos entonces, bajo las luces colgantes del jardín, con la música de la fiesta llegando amortiguada desde la carpa y el cielo estrellado extendiéndose sobre nosotros como un testigo silencioso de aquel momento, y sentí, con una certeza que no había sentido nunca antes con nadie, que aquello, fuera lo que fuera que estábamos construyendo juntos, tenía toda la intención de durar mucho más allá de aquella boda, mucho más allá de cualquier crisis o contratiempo que la vida decidiera ponernos por delante.

Mientras volvíamos de nuestro rincón privado, todavía con las manos entrelazadas, Marta nos interceptó cerca de la pista de baile, con una copa de vino en la mano y una expresión de satisfacción que había ido construyendo durante toda la noche.

—No hace falta que me contéis nada, se os nota en la cara —dijo, levantando su copa hacia los dos con una sonrisa cómplice—. Por fin, diría yo. Llevo semanas esperando este momento con más impaciencia que vosotros dos juntos.

—Marta.

—¿Qué? Es la verdad. He visto crecer esto desde el primer día, desde que volviste con esa cara después de venderle el vestido verde esmeralda. Me alegra muchísimo veros llegar hasta aquí.

—Gracias, Marta. Por todo, la verdad. Por aguantarme estas semanas, por ayudarme con los vestidos, por ser la primera en creer que esto podía funcionar de verdad.

—Para eso estoy, Celia. Además de para venderte más vestidos de los que necesitas y pagarte el sueldo con retraso, que ya sabes que es mi otra especialidad.

Nos reímos las tres, y Marta, levantándose de la mesa con una energía sorprendente considerando las semanas de trabajo intenso que llevábamos encima, nos arrastró de vuelta a la pista de baile, decidida a “aprovechar la fiesta que tanto nos ha costado organizar, aunque sea a costa de mis pies mañana”.

—¿Sabes qué es lo más gracioso de todo esto? —le pregunté, apoyando la cabeza en su hombro mientras contemplábamos juntos las luces de la fiesta a lo lejos—. Que todo empezó con un sujetador atascado en la cremallera de un vestido.

—El comienzo más romántico de la historia, sin duda.

—El más romántico y el más ridículo a partes iguales.

—Como nosotros, básicamente.

Me reí, sintiendo que aquella noche, después de semanas de incendios, flores canceladas, dudas familiares y reconciliaciones difíciles, se había convertido en uno de los momentos más perfectos de toda mi vida, un final feliz para la boda de Carmen que, contra todo pronóstico, había resultado ser también el comienzo de algo mucho más grande para mí.

Carmen nos encontró un rato después, ya lista para marcharse hacia su luna de miel, y antes de despedirse, me abrazó con una fuerza que reflejaba todo lo que habíamos compartido durante aquellas semanas intensas.

—Gracias por todo, Celia. De verdad. No solo por los vestidos, sino por todo lo demás.

—Gracias a ti, Carmen. Por confiar en mí, y por darme, sin saberlo, la excusa perfecta para conocer a tu hermano.

Carmen se rio, mirando hacia Hugo con una expresión cómplice.

—Cuídala bien, hermanito. Se lo merece.

—Esa es exactamente mi intención —dijo Hugo, rodeándome con un brazo mientras despedíamos a los novios entre confeti y buenos deseos, con la certeza tranquila de que aquella boda, tan llena de obstáculos superados, había terminado exactamente de la manera en que debía terminar: con dos parejas felices, empezando cada una su propio camino, distinto pero igualmente prometedor.

Álvaro se acercó también, antes de subir al coche que los llevaría al aeropuerto, y me estrechó la mano con una calidez que confirmaba que las últimas semanas de trabajo conjunto habían generado, sin que nos diéramos cuenta del todo, una relación de verdadero cariño entre todos los implicados en aquella boda.

—Gracias, Celia, de verdad. No sé si Carmen te lo ha contado, pero después de tu conversación con ella la noche del pánico, todo cambió para nosotros. Nos ayudaste a encontrar el camino de vuelta el uno al otro, en cierto modo.

—Ya erais vosotros dos el camino, Álvaro. Yo solo os ayudé a verlo con más claridad.

—Aun así, gracias.

Carmen, ya subida al coche, bajó la ventanilla una última vez para despedirse con la mano, con una sonrisa tan radiante que hizo que se me llenaran los ojos de lágrimas otra vez, la enésima vez en aquel día tan largo y tan cargado de emociones.

—¡Nos vemos a la vuelta! ¡Y prepárate, Celia, porque cuando volvamos de la luna de miel quiero esa cena con las damas de honor que prometimos!

—¡Cuenta con ello! —grité, agitando la mano mientras el coche empezaba a alejarse.

El coche se alejó por el camino de la finca entre el estruendo de latas atadas al parachoques y los últimos gritos de despedida de los invitados más animados, y Hugo y yo nos quedamos allí, de pie, viendo desaparecer las luces traseras en la oscuridad de la noche, con la sensación de haber cerrado, por fin, un capítulo entero de trabajo intenso y descubrimientos inesperados.

La fiesta continuó un rato más después de que los novios se marcharan, con los invitados que quedaban disfrutando de los últimos compases de la orquesta antes de que Inés, con su eficiencia habitual, empezara discretamente a coordinar el desmontaje de las últimas mesas y la recogida de los complementos que Marta y yo teníamos que llevarnos de vuelta a la tienda.

—¿Necesitáis ayuda con algo? —preguntó Hugo, encontrándonos a Marta y a mí recogiendo los últimos tocados y broches de las mesas de las damas de honor.

—Creo que ya casi hemos terminado —dijo Marta, guardando el último complemento en una caja con la satisfacción visible de quien está cerrando un proyecto largo y complicado—. Aunque no te vendría mal ayudarme a cargar esto hasta el coche, si no te importa.

—Por supuesto que no.

Mientras Hugo ayudaba a Marta con las cajas, me quedé un momento a solas en la carpa vacía, observando el espacio que apenas unas horas antes había estado lleno de gente, de música, de la celebración que habíamos construido con tanto esfuerzo, y sentí una mezcla extraña de nostalgia y de orgullo, la sensación agridulce que acompaña siempre el final de un proyecto en el que se ha invertido tanto de una misma.

Carla se acercó a despedirse antes de irse, todavía con el vestido puesto, radiante después de una noche entera de baile y celebración.

—Gracias por todo, Celia. En serio. Estas semanas han sido una locura, pero también de las más divertidas que recuerdo en mucho tiempo.

—Gracias a ti, Carla. Sin tu ayuda con la costura, no sé cómo habríamos conseguido tener los vestidos listos a tiempo.

—Bueno, si alguna vez necesitas una costurera extra, ya sabes dónde encontrarme. Creo que he descubierto una vocación oculta estas dos semanas.

—Lo tendré muy en cuenta, de verdad.