Capítulo 16
El banquete, celebrado bajo la carpa de lona blanca que llevaba semanas viendo montarse y desmontarse durante los preparativos, transcurrió en un ambiente de celebración genuina que contrastaba, de una manera casi milagrosa, con todo el caos de las semanas anteriores.
Las mesas, decoradas con las flores de Rosa y los complementos que Marta y yo habíamos seleccionado con tanto cuidado, formaban un conjunto que superaba, con diferencia, cualquier expectativa que hubiéramos podido tener al principio de aquel encargo.
Los primeros brindis llegaron poco después de que los invitados se sentaran, con el padre de Álvaro tomando la palabra con un discurso mucho más cálido del que su formalidad inicial había sugerido, seguido de una intervención breve pero emotiva de Bea, a quien Carmen había invitado a última hora “porque cualquier amiga de Celia merece estar aquí, después de todo lo que hemos vivido juntas estas semanas”, y que consiguió arrancar carcajadas generalizadas con una anécdota sobre lo nerviosa que había estado yo la noche de la primera reunión de trabajo con Rodrigo.
—Nunca la había visto tan nerviosa por un vestido —dijo Bea, copa en mano, dirigiéndose a toda la mesa principal—. Resulta que no era por el vestido. Era por el chico que compraba el vestido. Menos mal que las cosas se aclararon con el tiempo.
Me reí, sonrojándome un poco mientras Hugo, a mi lado, levantaba su copa hacia Bea con un gesto de agradecimiento divertido.
—Gracias por revelar mis secretos más vergonzosos delante de doscientos… perdón, ciento sesenta invitados, Bea.
—Para eso están las mejores amigas, Celia. Para avergonzarte en el momento justo, con todo el cariño del mundo.
Marta también tomó la palabra brevemente, en un brindis improvisado que sorprendió a todos, incluida yo misma, que no sabía que tenía pensado decir nada.
—No suelo dar discursos —empezó, algo torpe con el micrófono que Inés le había pasado casi a la fuerza—, pero quiero decir que estoy muy orgullosa del trabajo que hemos hecho con estos vestidos, y todavía más orgullosa de la persona que me ayudó a hacerlo.
Celia, espero que sepas lo mucho que has crecido estas últimas semanas, no solo como profesional, sino como persona.
Por Carmen y Álvaro, y por todos los que hemos tenido la suerte de formar parte de esta boda tan especial.
Levanté mi copa hacia Marta, con los ojos húmedos, sorprendida y conmovida por unas palabras que no esperaba en absoluto, y Hugo, a mi lado, me apretó la mano con un gesto silencioso de apoyo que agradecí más de lo que las palabras podían expresar en aquel momento.
Rodrigo, coordinando su equipo con la profesionalidad que siempre lo había caracterizado, se mantuvo a una distancia cordial durante toda la noche, saludándome con un gesto amable cuando nuestros caminos se cruzaban pero sin ningún intento de reabrir conversaciones incómodas, y por primera vez desde que había empezado aquella boda, sentí que podía relajarme del todo en su presencia, sin la tensión constante de anticipar algún comentario fuera de lugar.
Nos cruzamos brevemente cerca de la cocina de campaña, cuando fui a agradecerle personalmente la calidad del menú, un gesto que me pareció apropiado después de todo lo vivido entre nosotros durante aquellas semanas de trabajo conjunto.
—El menú ha estado espectacular, Rodrigo. De verdad.
—Gracias, Celia. Significa mucho viniendo de ti, sobre todo después de… bueno, después de todo.
—Ha sido un placer trabajar contigo en esto, a pesar de las circunstancias iniciales. Espero que te vaya muy bien, de verdad.
—Lo mismo digo. Y Celia… espero que seas muy feliz. Se te ve distinta, más tranquila que en los últimos años que nos conocimos. Me alegro por ti.
Aquellas palabras, dichas con una sinceridad que no esperaba de él, cerraron algo dentro de mí que llevaba dos años sin terminar de cerrarse del todo, una especie de paz definitiva con un capítulo de mi vida que ya no necesitaba cargar como una herida abierta.
Pensé, mientras me alejaba de él, en lo distinta que se sentía aquella despedida comparada con la última vez que Rodrigo y yo nos habíamos separado, hacía dos años, en mitad de una boda ajena, con un audio de cuarenta y tres segundos resonando todavía en mis oídos.
Esta vez, en cambio, la despedida se sentía completa, sin rencor, sin nostalgia, solo gratitud por haber aprendido, gracias a aquella relación fallida, a valorar mucho más lo que sí tenía ahora con Hugo.
—Gracias, Rodrigo. De verdad.
Volví hacia la mesa principal con una sensación de ligereza que no esperaba sentir después de aquella conversación, como si el último hilo pendiente de mi historia con Rodrigo se hubiera cortado, por fin, de la manera más civilizada y sana posible.
El menú, que Rodrigo había diseñado con el mismo cuidado meticuloso de siempre, recibió elogios generalizados de la mesa principal, y hasta yo, con toda la historia complicada que arrastraba con su cocina, tuve que admitir, entre bocado y bocado, que el plato principal —un solomillo con una reducción de vino tinto que combinaba a la perfección con la selección de vinos de la bodega familiar de Hugo— estaba sencillamente perfecto.
—Tengo que reconocerlo —le dije a Hugo, en voz baja, mientras terminábamos el plato—, tu ex catering sabe lo que hace.
—No le digas eso, se le va a subir todavía más el ego, si es que eso es posible.
—Prometo guardarme el cumplido para mí. Aunque viniendo de la bodega de tu familia, el vino tampoco está nada mal.
—Eso sí que puedo presumirlo sin remordimientos. Ese vino en concreto es de la bodega de Rioja que estuve defendiendo ante el consejo hace un par de semanas, ¿te acuerdas?
—Me acuerdo perfectamente. Me alegra ver que la defendiste con éxito.
—Gracias a ti, en parte. Tu consejo de argumentar con números en lugar de solo con nostalgia funcionó de maravilla.
—Me alegra haber ayudado, aunque sea con algo tan alejado de mi especialidad como la gestión de bodegas.
—Tu especialidad es ayudar a la gente a defender lo que de verdad les importa, sea vino, vestidos o cualquier otra cosa. Eso no es tan alejado como crees.
Levanté mi copa hacia él, en un brindis silencioso que decía más que cualquier palabra, y seguimos disfrutando del banquete entre risas y comentarios sobre cada plato, con la sensación tranquila de que aquella noche, después de tantas semanas de trabajo intenso, por fin podíamos simplemente disfrutar del resultado de todo nuestro esfuerzo conjunto.
—¿Todo bien? —me preguntó Hugo, encontrándome junto a la barra improvisada, donde había ido a buscar una copa de vino durante un breve descanso de las obligaciones de supervisión que Marta y yo seguíamos manteniendo, incluso en pleno banquete.
—Todo perfecto. Mejor que perfecto, la verdad. Después de todo lo que hemos pasado, ver esto funcionando tan bien es casi surrealista.
—Lo sé. No puedo creer que hayamos llegado hasta aquí sin más catástrofes.
—No tientes a la suerte, todavía quedan horas de fiesta por delante.
El primer baile de los novios, un vals sencillo que Carmen y Álvaro habían practicado durante semanas según nos había contado Inés con cierto orgullo profesional, abrió la pista oficialmente, y todos los invitados se levantaron para observar, con teléfonos en alto capturando el momento, mientras la pareja se movía con una gracia que desmentía por completo los nervios de las últimas semanas.
—¿Bailamos? —preguntó Hugo, con una sonrisa que recordaba, de una manera entrañable, a la fiesta de cumpleaños de Bea, aquel primer baile torpe que había marcado el inicio no oficial de lo nuestro.
—Seguimos siendo malísimos, para que conste.
—Seguimos siendo malísimos juntos, que es distinto y mucho más importante.
Bailamos, sin ninguna elegancia particular pero con una complicidad que compensaba de sobra cualquier torpeza técnica, y en algún momento, entre canción y canción, Carmen y Álvaro se unieron a nosotros en la pista, seguidos poco después por Silvia, que bailó con una soltura sorprendente considerando la formalidad que solía proyectar en cualquier otro contexto.
—Tu madre baila mejor que nosotros dos juntos —comenté, observando a Silvia moverse con gracia junto a un primo lejano de la familia que se había ofrecido como pareja de baile improvisada.
—No es difícil superarnos, la verdad. Pero sí, mi madre siempre ha sido una bailarina excelente. De joven bailaba flamenco, ¿sabías eso?
—No tenía ni idea.
—Hay muchas cosas que todavía no sabes de mi familia, Celia. Espero que tengamos tiempo de sobra para que las descubras todas, poco a poco.
—Cuento con ello.
La orquesta cambió a un ritmo más animado, y varios de los invitados más jóvenes, incluidas las damas de honor, se lanzaron a la pista con un entusiasmo renovado, arrastrando incluso a Marta, que se dejó llevar entre risas por Marina y Sofía, moviéndose con una soltura que contrastaba divertidamente con su habitual seriedad profesional.
—Nunca había visto a Marta bailar así —le dije a Hugo, observando la escena con una sonrisa.
—Es el efecto de las bodas. Sacan lo mejor, y lo más ridículo, de todo el mundo.
—Sospecho que mañana se va a arrepentir de estos movimientos cuando vea las fotos.
—Sospecho que no le va a importar en absoluto, mirando lo feliz que se la ve ahora mismo.
Nos quedamos observando la pista de baile un rato más, disfrutando del espectáculo de ver a toda aquella gente que habíamos conocido a través de las circunstancias más azarosas —una tienda vintage, un incendio, una crisis prenupcial— celebrando juntos, como si llevaran años formando parte de la misma familia extendida.