C de Celia, H de Hugo (comedias románticas 2) Capítulo 15 #3
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Capítulo 15 #3

Observé desde un lateral, junto a Marta, mientras Carmen recorría el pasillo del brazo de Hugo, con una sonrisa que no había cambiado desde la habitación, y sentí que se me humedecían los ojos al ver la expresión de Álvaro esperándola al final del pasillo, una mezcla de amor y alivio que confirmaba, sin ninguna duda, que la crisis de la noche anterior había sido solo eso, una crisis pasajera de nervios y de expectativas ajenas, no una señal de que algo estuviera realmente mal entre ellos.

Las damas de honor, colocadas en su posición final tras el ensayo del día anterior, formaban un conjunto elegante que atrajo más de un susurro de admiración entre los invitados, y sentí una punzada de orgullo profesional al ver cómo los vestidos, nacidos de una crisis absoluta apenas dos semanas atrás, brillaban ahora bajo la luz dorada de la tarde como si nunca hubiera existido ningún incendio, ninguna emergencia, ninguna noche entera de costura hasta el amanecer.

A mi lado, Marta se llevó una mano al pecho, visiblemente emocionada, susurrándome al oído mientras Carmen avanzaba por el pasillo.

—Mira lo que hemos conseguido, Celia. Después de todo lo que pasó, mira lo que hemos conseguido.

—Es precioso, Marta. De verdad.

—Vamos a tener que enmarcar una foto de esto para colgarla en la tienda, como recordatorio de que ninguna crisis es demasiado grande si tienes el equipo adecuado a tu lado.

Asentí, sin poder apartar la vista de Carmen, que llegaba ya al final del pasillo, donde Álvaro la esperaba con una expresión que resumía, mejor que cualquier discurso, todo lo que aquel día representaba para ambos.

La ceremonia transcurrió con la solemnidad y la emoción propias de estos momentos, con votos que Carmen y Álvaro habían escrito ellos mismos, más sencillos y más sinceros que cualquier fórmula tradicional.

—Álvaro, prometo quererte incluso en los días en que ninguno de los dos sepa muy bien qué estamos haciendo con nuestras vidas —dijo Carmen, con la voz temblorosa pero firme, sosteniendo las manos de su prometido frente a todos los invitados—.

Prometo elegir siempre la honestidad, aunque sea incómoda, y prometo recordar, en los momentos difíciles, la conversación que tuvimos hace dos noches, la que nos recordó por qué elegimos estar juntos en primer lugar.

Álvaro sonrió, con los ojos brillantes de una emoción que no intentaba disimular.

—Carmen, prometo escucharte de verdad, no solo esperar mi turno para hablar.

Prometo construir contigo una vida que se sienta nuestra, no una actuación para nadie más.

Y prometo, sobre todo, recordarte cada día lo afortunado que me siento de que hayas dicho que sí, entonces y ahora, con todas tus dudas y toda tu valentía incluidas.

El cura, visiblemente conmovido a pesar de sus treinta años de experiencia oficiando bodas, tardó un momento en recomponerse antes de continuar con el resto de la ceremonia, y con un discurso de Hugo, como padrino, que consiguió que la mitad de los invitados, incluida yo misma, terminaran llorando abiertamente.

—Mi padre solía decir que el amor de verdad no se mide por lo grande que sea la celebración, sino por lo pequeño que se sienta el mundo cuando estás con la persona correcta —dijo Hugo, con la voz cargada de emoción pero firme—.

Carmen, hoy veo en tu cara exactamente esa sensación cuando miras a Álvaro.

Papá estaría orgullosísimo de verte así de feliz, tan segura del camino que has elegido.

Hizo una pausa, recorriendo con la mirada a los invitados reunidos, antes de continuar con una sonrisa que mezclaba la tristeza con una alegría genuina.

—Los últimos cuatro años no han sido fáciles para esta familia.

Perdimos a nuestro padre demasiado pronto, y desde entonces he intentado, a veces con más torpeza de la que me gustaría admitir, sostener lo que él sostenía.

Pero hoy, viéndote a ti tan feliz, Carmen, y viendo a mi madre sonreír de esa manera que llevaba años sin sonreír, me doy cuenta de que quizá lo hemos hecho mejor de lo que pensaba.

Que el amor, incluso en medio de la pérdida, siempre encuentra la manera de seguir creciendo.

Sentí que se me humedecían los ojos, y busqué instintivamente la mano de Hugo, aunque él seguía de pie frente a todos, mientras terminaba su discurso con una voz que apenas conseguía mantener firme.

—Bienvenido a la familia, Álvaro. Cuídala bien, aunque estoy seguro de que ya lo sabes.

El aplauso que siguió fue largo y cálido, con más de un invitado secándose discretamente las lágrimas, y cuando Hugo volvió a sentarse a mi lado, le tomé la mano con fuerza, sin necesidad de decir nada, dejando que aquel gesto comunicara todo lo que las palabras no alcanzaban a expresar en ese momento.

Miré hacia Hugo mientras hablaba, sintiendo una oleada de cariño que superaba con creces cualquier cosa que hubiera sentido antes por alguien, pensando en todo lo que aquel hombre había cargado durante cuatro años, en la promesa que había sostenido con tanta dedicación, y en la manera en que, a pesar de todo el peso, seguía encontrando espacio en su corazón para el amor, tanto el fraternal como el que, cada día más, estaba empezando a sentir por mí.