Capítulo 15 #2
Al ver a Carmen ya lista, con el vestido puesto y el velo colocado con cuidado sobre el peinado, Silvia se quedó un momento en el umbral de la puerta, con los ojos llenándose de lágrimas que intentó contener con una mano temblorosa.
—Estás preciosa, hija. Tu padre estaría tan orgulloso.
Carmen cruzó la habitación y abrazó a su madre, con cuidado de no arrugar el vestido, y las dos se quedaron así un momento, en un abrazo silencioso que decía más de lo que ninguna palabra habría podido expresar sobre lo que aquel día significaba para ambas, marcado por la ausencia de un padre y esposo que ya no estaba pero cuya presencia se sentía, de alguna manera, en cada detalle de la celebración.
—Tengo algo para ti —dijo Silvia, secándose las lágrimas y sacando de su bolso una cajita pequeña, forrada en terciopelo azul desgastado por el tiempo—.
Eran los pendientes de tu padre… bueno, los que le regaló a su madre, que después pasaron a mí el día de mi boda.
Quería que los llevaras hoy, para que él, de alguna manera, también estuviera presente.
Carmen abrió la cajita con manos temblorosas, revelando un par de pendientes de perlas antiguos, sencillos pero con una elegancia atemporal que encajaba perfectamente con el resto del conjunto que habíamos preparado.
—Son preciosos, mamá. Gracias.
—Póntelos tú, Celia, si no te importa —pidió Silvia, extendiéndomelos con una confianza que me tomó por sorpresa—. Tienes mejor mano para estos detalles que cualquiera de nosotras.
Coloqué los pendientes con cuidado, sintiendo el peso simbólico de aquel gesto, la manera en que una familia entera, con toda su historia y sus pérdidas, confiaba en mí para ayudar a cerrar el círculo de aquel día tan importante.
—Perfectos —dijo Silvia, mirando a su hija con los ojos todavía húmedos—. Exactamente como los recordaba en las orejas de tu padre… digo, de tu abuela. Perdón, llevo toda la mañana hecha un manojo de nervios.
—Está bien, mamá. Yo también estoy hecha un manojo de nervios, aunque de los buenos.
La peluquera, que había estado esperando pacientemente durante aquel intercambio emotivo, retomó su trabajo con los últimos retoques del peinado de Carmen, mientras Silvia se sentaba en una silla cercana, observando a su hija con una expresión de orgullo que no necesitaba palabras para expresarse.
—¿Sabes qué es lo que más me alegra de todo esto?
—me dijo Silvia, en voz baja, mientras Carmen se distraía revisando su reflejo en el espejo—.
Que después de tantos años sintiéndome sola cargando con el recuerdo de mi marido, hoy siento que él está aquí, de alguna manera, en cada detalle de esta boda.
En los pendientes, en la manera en que Hugo va a llevarla hasta el altar, en la felicidad de Carmen.
—Estoy segura de que está aquí, Silvia. De la manera que sea que estas cosas funcionen.
—Gracias por creer eso conmigo, Celia. Significa más de lo que te imaginas.
Hugo apareció poco después, ya con el traje puesto, buscando a su hermana con una expresión que mezclaba el orgullo con una emoción que intentaba disimular sin mucho éxito.
Se quedó un momento en el umbral, observando a Carmen ya completamente lista, con el vestido, el velo y los pendientes de su abuela, y sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas, algo que intentó disimular con una tos fingida que no engañó a nadie en la habitación.
—Estás preciosa, Carmen. Papá estaría tan orgulloso, y yo también, aunque eso probablemente cuenta menos.
—Cuenta muchísimo, Hugo. Eres el que ha estado aquí, cada día de estos cuatro años.
Se abrazaron con cuidado de no arrugar el vestido, y cuando se separaron, Hugo se aclaró la garganta, recomponiendo la compostura con un esfuerzo visible.
—¿Lista? —le preguntó, ofreciéndole el brazo con el que la acompañaría hasta el altar, ya que su padre no podía hacerlo.
—Lista —dijo Carmen, con una sonrisa que iluminaba toda la habitación—. Gracias por esto, Hugo. Por todo. Por cuidar de mí durante estos años, por organizar esta boda cuando yo estaba demasiado ocupada dudando de todo, por estar aquí hoy en lugar de papá.
—Es un honor, Carmen. El mayor honor de mi vida, probablemente.
Los dejé un momento a solas, saliendo de la habitación para dar los últimos retoques a las damas de honor, y cuando volví a asomarme unos minutos después, encontré a Hugo y Carmen todavía abrazados, en un momento de conexión fraternal que se sentía demasiado íntimo como para interrumpirlo con cualquier pregunta logística sobre horarios.
La ceremonia comenzó a las cinco en punto, en el jardín de la finca, con las sillas dispuestas en filas ordenadas frente a un altar decorado con las rosas coral y las ramas de eucalipto que Rosa había conseguido a tiempo, sustituyendo con creces las peonías originales que el incendio se había llevado por delante.
El sol de la tarde, ya bajo en el cielo de noviembre, teñía todo el jardín de una luz dorada que parecía diseñada específicamente para aquel momento, y los doscientos invitados, ahora reducidos a los ciento sesenta que Carmen y Álvaro habían decidido mantener tras la conversación con sus familias, ocupaban las sillas con la expectación silenciosa que precede a cualquier ceremonia importante.