Capítulo 15
El día de la boda amaneció despejado, con esa luz clara y fría de noviembre que hace que todo, hasta las cosas más ordinarias, parezcan un poco más solemnes de lo habitual, y desde las siete de la mañana la finca se llenó de un ajetreo controlado que solo la experiencia de Inés conseguía mantener dentro de unos límites razonables.
Me desperté antes incluso de que sonara el despertador, con esa mezcla de nervios y expectación que precede a los días verdaderamente importantes, y mientras me vestía para la larga jornada que tenía por delante, no pude evitar pensar en todo el camino recorrido desde aquella primera mañana, semanas atrás, con el sujetador atascado y la persiana de La Percha todavía bajada.
Qué distinta se sentía la vida ahora, pensé, mientras me recogía el pelo con manos algo temblorosas, aunque no sabía decir con certeza si los nervios eran por la boda en sí o por todo lo que había cambiado en mí durante aquellas semanas.
Marta pasó a recogerme a las siete y media, con el coche ya cargado con los últimos complementos y el neceser de emergencias que había preparado “por si acaso, después de todo lo que hemos vivido con esta boda, prefiero no confiarme”.
—¿Nerviosa? —me preguntó, mientras conducía hacia la finca en un Madrid todavía medio dormido.
—Un poco. Aunque creo que son más nervios buenos que malos, si eso tiene sentido.
—Tiene todo el sentido del mundo. Hoy termina algo importante, y a la vez empieza otra cosa. Es normal sentir las dos cosas a la vez.
Durante el trayecto, Marta me contó, con más detalle del que había compartido hasta entonces, lo orgullosa que estaba del trabajo que habíamos hecho juntas, no solo con esta boda, sino con los tres años enteros que llevábamos trabajando codo con codo en La Percha.
—¿Sabes qué es lo que más voy a recordar de todo esto?
—dijo, mientras esperábamos en un semáforo—.
No el incendio, ni la crisis de los vestidos, sino verte crecer, Celia.
Cuando empezaste a trabajar conmigo, eras buena, mucho, pero te faltaba confianza.
Ahora te veo tratando con familias como la de Hugo, resolviendo crisis de madrugada, defendiendo lo que sientes delante de quien haga falta, y pienso: esa es la Celia que sabía que tenías dentro desde el primer día.
—Gracias, Marta. De verdad. No sé qué habría hecho estos tres años sin ti.
—Probablemente algo igualmente bueno, pero mucho menos divertido, sospecho.
Llegué temprano, junto con Marta, para supervisar los últimos ajustes de los vestidos de las damas de honor y asegurarme de que cada detalle del vestuario estuviera perfecto antes de que empezara la ceremonia de la tarde.
Carla, Sofía, Marina, Julieta y Nuria llegaron una tras otra, cada una con su propio nivel de nerviosismo, y pasamos la mañana entera entre peinados, maquillaje y los últimos retoques a unos vestidos que, después de todo lo que habían pasado —el incendio, las noches de costura, la ayuda inesperada de Carla— se sentían más como un logro colectivo que como una simple prenda de trabajo.
Nuria fue la primera en llegar, todavía medio dormida pero radiante de emoción, seguida poco después por Marina, que llegó con una bandeja de cruasanes “porque nadie debería hacerse fotos con el estómago vacío, es una crueldad”, una filosofía que el resto del grupo adoptó con entusiasmo mientras se turnaban en la silla de peluquería que Inés había instalado en una de las habitaciones de la finca.
—¿Nerviosas? —les pregunté, mientras terminaba de coser un último detalle en el vestido de Julieta.
—Un poco —admitió Julieta—, aunque después de todo lo que hemos pasado con estos vestidos, cualquier nervio del día de la boda en sí parece menor en comparación.
—Eso es verdad. Después de un incendio, todo lo demás parece manejable.
Marina se rio, mirándose en el espejo con el vestido ya puesto, girándose de un lado a otro para admirar cómo caía la tela.
—¿Sabéis qué? Voy a echar de menos veros todos los días. Estas últimas dos semanas, con todo el caos, hemos pasado más tiempo juntas que con mis propias compañeras de piso.
—Deberíamos quedar después de la boda, aunque sea sin ninguna excusa relacionada con vestidos —propuso Nuria—. Una cena entre las cinco, para celebrar que sobrevivimos a esto.
—Cuenta conmigo —dije, sin pensarlo demasiado, sorprendida por lo natural que sonaba incluirme en aquel plan, como si aquellas cinco mujeres, desconocidas apenas un mes atrás, se hubieran convertido, sin que nadie lo planeara, en parte de mi círculo cercano.
—No puedo creer que hayamos llegado hasta aquí —dijo Carla, mientras se ajustaba el último broche de su vestido, el mismo que había cosido con sus propias manos durante las noches de crisis—. Hace dos semanas pensé que esta boda estaba condenada.
—Yo también lo pensé, más de una vez —admití, ajustando un pliegue del vestido de Sofía—. Pero aquí estamos, con todo listo y a punto.
Julieta, que llevaba toda la mañana revisando su teléfono con cierta ansiedad, finalmente lo guardó en el bolso con un suspiro de resignación.
—Perdonad, es que mi novio insiste en mandarme fotos de cómo va vistiéndose él también, como si necesitara la confirmación visual de que efectivamente vamos a estar en la misma boda hoy.
—Eso es adorable, la verdad —dijo Marina, asomándose por encima del hombro de Julieta para ver la última foto—. Nosotras deberíamos tener un chat de grupo así, para futuras bodas en las que coincidamos como damas de honor.
—Hablando de futuras bodas —dijo Nuria, con una sonrisa pícara dirigida hacia mí—, ¿algún rumor sobre cuándo será la próxima boda en la que trabajemos juntas, Celia? Porque después de lo bien que se te da esto, no me sorprendería que la siguiente fuera la tuya.
Sentí que se me subían los colores, sin saber muy bien qué contestar, mientras las demás se reían ante mi reacción evidente.
—Eso está por ver, chicas. De momento, disfrutemos de esta boda, que bastante tenemos con ella.
—Nosotras solo decimos lo que vemos —bromeó Sofía—. Y lo que vemos es a un hombre que te mira como si fueras lo mejor que le ha pasado en la vida.
—¿Futuras bodas? Después de esta, no sé si me queda valor para volver a ser dama de honor en la vida —bromeó Sofía, aunque con una sonrisa que desmentía cualquier seriedad en el comentario.
—Yo sí volvería a repetir —dijo Carla, sorprendiendo a todas—.
A pesar del incendio, a pesar de todo, ha sido de las experiencias más bonitas que he vivido.
Descubrir que se me daba bien coser, conoceros a todas vosotras, sentirme útil en algo más allá de mi trabajo habitual…
no cambiaría nada de esto, ni siquiera el drama del taller.
Nos quedamos en silencio un momento, todas conmovidas por la sinceridad de Carla, sintiendo cada una a su manera el peso emotivo de aquellas semanas compartidas.
—¿Y tu trabajo de verdad qué tal? —le pregunté, ajustando un último detalle en su propio vestido—. Nunca me has contado mucho sobre eso.
—Trabajo en un despacho de abogados, llevando la contabilidad. Es estable, está bien pagado, pero no tiene nada que ver con la creatividad que he descubierto estas semanas cosiendo.
—Pues menudo talento desperdiciado —dije, sinceramente impresionada por la costura invisible que había hecho en el dobladillo de Nuria, un trabajo que ni Marta, con su ojo entrenado de años, había conseguido detectar a primera vista—.
Si alguna vez te cansas de la contabilidad, ya sabes dónde encontrarnos.
—Lo tendré muy en cuenta, la verdad.
Nos quedamos en silencio un momento, todas conmovidas por la sinceridad de Carla, hasta que Sofía rompió la tensión con una carcajada.
—Vale, ahora sí que me habéis puesto sentimental antes de que empiece el maquillaje, y no pienso llorar y arruinar el trabajo de la maquilladora antes siquiera de que llegue la novia.
—Tuvimos mucha ayuda —dije, mirando a Carla con una sonrisa agradecida—. No lo habríamos conseguido sin ti.
Sofía, que se había mantenido más callada de lo habitual mientras la peinaban, se giró hacia el grupo con una expresión inusualmente sentimental.
—¿Sabéis qué? Al principio de todo esto, en la primera prueba, estaba tan concentrada en si el vestido cumplía con mis estándares de marca que ni me fijé en las personas que había detrás.
Ahora, después de todo lo que hemos pasado juntas, me doy cuenta de que esta boda me ha dado, sin buscarlo, cuatro amigas nuevas.
—Habla por ti —bromeó Marina, aunque con una sonrisa que desmentía cualquier sarcasmo real en el comentario—. Yo ya sabía desde el principio que ibais a ser mis nuevas mejores amigas, solo estaba esperando a que el resto os dierais cuenta.
Nos reímos todas juntas, en aquel momento de complicidad compartida que solo se construye después de haber atravesado, codo con codo, una crisis inesperada, y por un instante, en medio del ajetreo de la mañana, sentí una gratitud profunda por el camino tan inesperado que había traído a todas aquellas mujeres a mi vida.
Carmen llegó a media mañana, con su madre y con una peluquera que Inés había contratado con meses de antelación, y el ambiente de la habitación cambió de inmediato, cargándose de una emoción palpable que solo se siente en los momentos verdaderamente importantes de la vida de alguien.
—¿Estás nerviosa? —le pregunté, mientras la ayudaba con los últimos detalles del vestido.
—Un poco. Pero de la manera buena, ¿sabes? No como anoche, con el otro tipo de nervios. Esto se siente correcto, por fin.
—Se te nota en la cara.
Silvia entró en la habitación un rato después, ya vestida para la ceremonia, con un traje elegante en tonos champán que había elegido, según me confesó, “después de mucho debate interno sobre si un color tan claro era apropiado para la madre de la novia, hasta que decidí que ya había pasado suficiente tiempo de mi vida preocupándome por lo apropiado”.