C de Celia, H de Hugo (comedias románticas 2) Capítulo 14 #2
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Capítulo 14 #2

La cena de ensayo, más tarde esa noche, en un restaurante privado cerca de la finca, reunió a las familias de Carmen y Álvaro por primera vez en un ambiente distendido, sin la formalidad de las reuniones anteriores, y por primera vez desde que había empezado a trabajar en aquella boda, sentí que formaba parte genuina de la celebración, no solo de su organización.

El padre de Álvaro, un hombre de voz grave y maneras formales que había mostrado cierta reserva en las reuniones previas, se acercó a mí durante el aperitivo con una copa en la mano y una expresión considerablemente más cálida de la que había mostrado hasta entonces.

—Así que tú eres la responsable de estos vestidos tan elegantes que llevarán las damas de honor mañana —dijo, con un tono que sonaba genuinamente impresionado—. Mi hija menor no ha parado de hablar de lo bonito que le queda el suyo desde la última prueba.

—Muchas gracias. Ha sido un trabajo de equipo, la verdad, con algunas complicaciones de última hora que preferimos no mencionar en una cena tan agradable.

—Álvaro me contó algo sobre un incendio. Debió de ser una pesadilla logística.

—Lo fue, pero conseguimos salir adelante. Marta, mi jefa, y yo llevamos tres años acostumbradas a resolver imposibles, así que esto solo fue un imposible especialmente memorable.

—Me recuerda a cuando yo empecé mi propio negocio, hace ya casi treinta años.

Recuerdo una vez que se nos inundó el almacén principal dos semanas antes de un lanzamiento importante, y todos pensábamos que aquello significaba el fin de la empresa.

Al final salió todo bien, aunque en su momento parecía el fin del mundo.

—Es curioso cómo, con el tiempo, esas catástrofes que en su momento parecen insuperables terminan convirtiéndose en anécdotas que contamos con orgullo, casi con cariño.

—Exactamente. Espero que dentro de unos años cuentes lo del incendio de esta boda con la misma sonrisa con la que yo cuento lo de mi almacén inundado.

—Estoy segura de que sí.

Levantó su copa hacia mí, con un gesto de aprecio genuino, antes de continuar hablando, ya con un tono más ligero.

—Por cierto, mi hija menor, la que lleva el vestido azul, no ha parado de preguntarme si podría encargar algo parecido para su graduación el año que viene. Espero que no te importe que te pase su contacto en algún momento.

—En absoluto, será un placer. Dile que se pase por La Percha cuando quiera, sin compromiso.

—Se lo diré, aunque te advierto que es tan indecisa como su padre a la hora de elegir, así que prepárate para una sesión larga.

Me reí, prometiéndole que estaba más que acostumbrada a clientas indecisas, y aquella breve conversación, tan casual, me confirmó una vez más lo mucho que aquella boda estaba generando, sin proponérselo, conexiones y oportunidades que iban mucho más allá del encargo original.

Bea, que había venido a la cena de ensayo acompañando a Marta como invitada de última hora gracias a la insistencia de Carmen, se pasó buena parte de la noche charlando animadamente con las damas de honor, congeniando especialmente con Marina, con quien descubrió que compartían una obsesión similar por un pódcast de true crime que ninguna de las dos conocía que la otra escuchaba.

—Tu amiga es un encanto —me dijo Sofía, acercándose a mi mesa con una copa de vino en la mano—. Nos ha estado contando anécdotas sobre ti que no sabíamos, cosas de cuando erais más jóvenes.

—Espero que no fueran demasiado vergonzosas.

—Depende de tu definición de vergonzoso. La de la vez que intentaste teñirte el pelo tú misma antes de un examen importante y terminaste con el pelo verde durante dos semanas fue mi favorita.

Sentí que se me subían los colores, maldiciendo internamente a Bea por su incapacidad crónica de guardar cualquier anécdota vergonzosa sobre mí, aunque también agradecida, en el fondo, por la manera en que aquella cena estaba tejiendo lazos entre gente que, sin la boda de Carmen, probablemente nunca se habría conocido.

—Voy a tener unas palabras con ella —dije, riéndome a pesar de todo, mientras Sofía volvía a su mesa con una sonrisa cómplice.

Silvia me buscó hacia el final de la cena, sentándose a mi lado con una copa de vino en la mano y una expresión relajada que contrastaba con la tensión de nuestras primeras interacciones.

—Quería decirte algo, Celia, antes de que empiece mañana toda la locura del día de la boda.

—Adelante.

—Gracias por lo de Carmen. Me contó lo de la llamada de anoche, y quiero que sepas que valoro muchísimo que estuvieras ahí para ella, cuando yo, su propia madre, ni siquiera me había dado cuenta de que estaba sufriendo tanto por esta boda.

—No tienes que agradecérmelo, Silvia. Cualquiera habría hecho lo mismo.

—No, no cualquiera. Cualquiera habría intentado convencerla de que siguiera adelante sin cuestionar nada, por miedo a las consecuencias de posponer o cambiar algo a última hora.

Tú la escuchaste de verdad, y la ayudaste a encontrar su propia voz en medio de todo el ruido.

Eso es un regalo, Celia, y no lo voy a olvidar.

Silvia hizo una pausa, mirando hacia donde Carmen y Álvaro bailaban una pieza lenta improvisada en el pequeño espacio despejado del restaurante, riéndose de algo que ninguno de los dos parecía tomarse demasiado en serio.

—¿Sabes? Cuando murió mi marido, pensé que mi trabajo como madre había terminado, en cierto sentido.

Que ya había hecho lo que tenía que hacer, criar a mis hijos, y que ahora solo me quedaba sostener lo que quedaba de la familia sin cometer más errores.

Pero viéndote a ti con Carmen esa noche, me he dado cuenta de que todavía tengo mucho que aprender sobre cómo estar presente para mis hijos, incluso ahora que son adultos.

—Creo que eso nunca se termina de aprender del todo, Silvia. Ni siquiera las madres perfectas, si es que existen, tienen todas las respuestas todo el tiempo.

—Puede que tengas razón. Es un alivio, la verdad, escuchar eso de alguien tan joven y con tanta claridad.

Sentí que se me humedecían los ojos ante aquellas palabras, sorprendida por la profundidad de la gratitud de una mujer que, apenas un mes atrás, había estado preocupada por cómo se vería socialmente que su hijo saliera conmigo.

—Gracias, Silvia. De verdad.

—Bienvenida a la familia, Celia. Y lo digo en serio, no como una formalidad de cena.

Amparo, que había estado sirviendo los últimos cafés de la noche, se acercó también a despedirse, con un cariño que dejaba claro que aquella noche había ganado, sin proponérselo, otra aliada más dentro de la familia.

—Vuelve pronto, cielo. Ya sabes que en esta casa siempre hay sitio para una más en la mesa.

—Gracias, Amparo. De verdad.

—Y dile a Hugo que la próxima vez que venga solo a comer, sin avisar, no pienso hacerle su plato favorito. Que se acostumbre a avisar con tiempo, como una persona civilizada.

Me reí, prometiendo transmitirle el mensaje, mientras Hugo, desde el otro lado del salón, fingía no haber escuchado la amenaza de Amparo con una expresión de inocencia poco convincente.

Aquella noche, ya en casa, después de despedirme de Hugo con un beso largo en la puerta de mi portal, me quedé pensando en lo mucho que habían cambiado las cosas desde aquel primer día, con el sujetador atascado y el vestido verde esmeralda, hasta convertirme, sin proponérmelo del todo, en alguien a quien una familia entera consideraba parte de los suyos.