Capítulo 12 #2
—Voy a cuidarlo bien, Carmen. Te lo prometo.
—Lo sé. Se nota en cómo lo miras.
Nos abrazamos, un abrazo breve pero sincero, y antes de separarnos del todo, Carmen añadió, con una sonrisa traviesa que por un momento me recordó mucho a la de su hermano.
—Por cierto, ya que estamos con las confesiones: mi madre lleva toda la semana diciéndole a todo el que quiera escucharla que “la novia de Hugo tiene un gusto exquisito para la moda”, así que prepárate, porque después de la boda te va a llover trabajo de todas sus amigas del club de lectura.
—¿En serio?
—Completamente en serio. Bienvenida al círculo social de mi madre, para lo bueno y para lo que implica en términos de encargos futuros.
Me reí, sin poder evitarlo, pensando en la ironía de que aquella boda, que había empezado como una condena profesional por culpa de Rodrigo, pudiera terminar convirtiéndose, además de todo lo demás, en una fuente inesperada de nuevos clientes para La Percha.
—Se lo voy a agradecer a Marta cuando se entere. Seguro que le hace mucha ilusión.
—Dile que la invito a la boda como agradecimiento, aunque técnicamente ya esté invitada por trabajar en el vestuario.
Cuando volvimos junto al resto del equipo, Hugo nos miró con una curiosidad divertida, sin preguntar de qué habíamos hablado, quizá intuyendo que había sido algo importante que no necesitaba explicación inmediata.
Al final de la tarde, cuando ya el sol empezaba a bajar y todo el equipo se preparaba para marcharse, Hugo me encontró junto a la carpa, observando el jardín que en cinco días estaría lleno de invitados, de música, de la celebración que habíamos estado construyendo, entre crisis y más crisis, durante semanas enteras.
—¿Puedes creer que esto ya casi termina? —le pregunté, mientras él se acercaba y me rodeaba con un brazo, apoyando la barbilla en mi hombro.
—Todavía no me lo creo del todo. Ha sido el mes más intenso que recuerdo en mucho tiempo.
—El mes más intenso y probablemente el mejor, a partes iguales.
—Definitivamente el mejor. Incendio de taller incluido.
Me reí, apoyándome contra él, disfrutando de aquel momento de calma después de tanta tormenta, y pensé, mirando el jardín que en pocos días sería testigo de la boda de Carmen, que a pesar de todos los obstáculos —el incendio, las flores canceladas, la tensión con la madre de Hugo, la sombra siempre presente de Rodrigo— lo que teníamos había resistido, se había fortalecido incluso, con cada prueba que la vida nos había puesto por delante.
—¿Sabes lo que más me sorprende de todo esto?
—le pregunté, mientras contemplábamos juntos cómo los últimos operarios recogían sus herramientas para el día—.
Que hace apenas mes y medio, cuando Marta me contó lo de esta boda, lo único que sentía era pavor.
Pavor de tener que trabajar con Rodrigo, pavor de que todo saliera mal, pavor en general.
—¿Y ahora?
—Ahora siento que ha sido, con diferencia, el mes y medio más importante de mi vida en mucho tiempo. Y no por la boda en sí, aunque estoy orgullosa del trabajo que hemos hecho, sino por todo lo demás. Por ti.
Hugo se giró hacia mí, con una expresión que mezclaba la ternura con algo más intenso, más profundo, y por un momento pensé que iba a decir algo trascendental, algo que marcara un antes y un después en lo que fuera que estábamos construyendo, pero en su lugar, simplemente me besó, un beso lento y tranquilo que dijo, sin palabras, todo lo que ninguno de los dos parecía capaz de verbalizar todavía.
—Cinco días —dijo, cuando por fin nos separamos, apoyando la frente contra la mía—. Cinco días y todo esto habrá terminado.
—¿Y qué viene después?
—Después, espero, vacaciones. Las que los dos llevamos años sin darnos. Y quizá, si te apetece, una visita a Asturias, para que veas de una vez esa casa de la que tanto te he hablado.
—Me encantaría.
—Y quién sabe, quizá hasta te enseño el boceto que hice en la servilleta de aquella cena en La Latina. Sigue guardado en el bolsillo de la chaqueta que llevaba ese día, no he tenido valor de tirarlo.
—Eso quiero verlo, sin falta.
—Trato hecho.
Antes de irnos de la finca esa tarde, nos sentamos un rato en uno de los bancos de piedra del jardín, repasando juntos, casi por costumbre ya, la lista interminable de últimos detalles que Inés nos había hecho llegar esa misma mañana: la hora exacta de llegada de cada proveedor, el orden de la ceremonia, el momento preciso en que las damas de honor debían estar listas para las fotos.
—¿Estás nervioso? —le pregunté, apoyando la cabeza en su hombro mientras él repasaba la lista en su libreta de tapas negras.
—Un poco. Aunque es un nervio distinto al de las últimas semanas.
Antes tenía miedo de que algo saliera mal, de fallarle a mi hermana o a mi madre.
Ahora tengo más bien ganas de que llegue el día, de verlo todo terminado, de poder simplemente disfrutar de la boda en lugar de estar solucionando problemas constantemente.
—Eso suena a un cambio muy sano.
—Lo es, creo. Y en parte es gracias a ti, aunque suene a cliché decirlo así.
—No suena a cliché. Suena bonito.