C de Celia, H de Hugo (comedias románticas 2) Capítulo 12 #3
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Capítulo 12 #3

Se rio, guardando la libreta en el bolsillo interior de la chaqueta, y me rodeó con un brazo, atrayéndome un poco más hacia él mientras contemplábamos juntos cómo las últimas luces del atardecer se reflejaban en las ventanas del caserón.

—¿Sabes qué es lo que más ilusión me hace de todo esto? —dijo, después de un rato de silencio cómodo—. Que dentro de cinco días, cuando todo esto termine, vamos a poder simplemente estar juntos, sin bodas de por medio, sin reuniones de trabajo, sin nada que gestionar. Solo nosotros dos.

—Yo también tengo ganas de eso.

—¿Sabes qué más me hace ilusión?

—¿Qué?

—Que mi madre ya está preguntando cuándo vas a volver a cenar a casa. Creo que le has caído mejor de lo que ninguno de los dos esperaba.

—Eso es un logro considerable, teniendo en cuenta cómo empezó todo.

—El mejor logro de esta boda entera, probablemente, aparte de que los vestidos hayan sobrevivido a un incendio.

Nos quedamos un rato más en aquel banco, viendo cómo el jardín se vaciaba poco a poco de operarios, hasta que solo quedamos nosotros dos y el sonido lejano de algún pájaro que se resistía a dejar de cantar a pesar del frío creciente de la tarde.

—Hugo —dije, después de un silencio cómodo—, quiero que sepas que, pase lo que pase el día de la boda, estos últimos meses han sido de los mejores de mi vida. Incendio incluido.

—Eso es mucho decir, teniendo en cuenta la semana que hemos tenido.

—Lo digo en serio. Antes de conocerte, había decidido, sin darme cuenta del todo, que prefería mantenerme a salvo, no arriesgar nada, no volver a sentir lo que sentí con Rodrigo. Y contigo he tenido que arriesgarlo todo, una y otra vez, y cada vez ha merecido la pena.

Hugo me miró con una intensidad que no era habitual en él, ni siquiera en los momentos más íntimos que habíamos compartido hasta entonces.

—Yo también he tenido que arriesgar cosas contigo, Celia.

Mi manera de controlarlo todo, la promesa que llevaba cuatro años sosteniendo solo, la idea de que necesitaba demostrar constantemente que merecía la confianza de mi familia.

Contigo he aprendido que se puede soltar un poco sin que el mundo se derrumbe.

—Qué buen equipo hacemos, entonces. Los dos aprendiendo a soltar cosas al mismo tiempo.

—El mejor equipo, sin duda. Nunca lo dudes, pase lo que pase estos próximos días.

Se hizo de noche mientras seguíamos allí, sentados, sin prisa por movernos, y cuando finalmente nos levantamos para volver al coche, Hugo me tomó la mano con la naturalidad de quien lleva haciendo ese gesto toda la vida, aunque en realidad apenas llevábamos unas semanas practicándolo.

—¿Lista para los últimos cinco días de locura? —preguntó, mientras caminábamos hacia el aparcamiento.

—Lista. Contigo, creo que puedo con cualquier cosa que se nos ponga por delante.

—Yo pienso exactamente lo mismo de ti, Celia. Cada día que pasa lo pienso con más convicción, la verdad.

Condujimos de vuelta a Madrid con la radio puesta muy bajo, en un silencio cómodo que ya se había convertido en una de mis costumbres favoritas de estar con él, y cuando me dejó en la puerta de mi portal, con un beso largo y tranquilo que se sintió como el cierre perfecto de una semana que había empezado con un incendio y terminaba, contra todo pronóstico, con la sensación de que todo, absolutamente todo, iba a salir bien.

Nos quedamos allí un rato más, viendo caer la tarde sobre el jardín, sin prisa por movernos, sin saber todavía que los cinco días que faltaban para la boda iban a traer, todavía, una última sorpresa que ninguno de los dos había visto venir.

De camino a casa, ya con las últimas luces del atardecer tiñendo de naranja las calles de Madrid, pensé en todo lo que habíamos superado en las últimas semanas: el incendio del taller, las flores canceladas, la tensión con Silvia, la sombra persistente de Rodrigo, la discusión pequeña pero real que habíamos tenido y superado juntos.

Cada obstáculo, en su momento, había parecido suficiente para hacer tambalear lo que teníamos, y sin embargo, aquí estábamos, más unidos que nunca, contando los días para una boda que, contra todo pronóstico, prometía salir perfecta.

Le escribí a Bea esa noche, ya en la cama, resumiendo brevemente cómo había ido el día.

“Cinco días para la boda. Todo listo, por fin. Creo que lo hemos conseguido.”

“Sabía que ibais a conseguirlo. Ahora solo falta que la boda en sí salga bien, sin más incendios ni ex-novios entrometidos.”

“No tientes a la suerte, Bea.”

“Es broma, cielo. Va a salir perfecto. Os lo merecéis, después de todo lo que habéis pasado.”

Sonreí, dejando el móvil en la mesita de noche, sin sospechar todavía cuánta razón, y cuánta ironía, había en aquel deseo bienintencionado de mi mejor amiga.

Me quedé dormida poco después, con la certeza tranquila de que, pasara lo que pasara en esos últimos cinco días, teníamos entre los dos la fuerza suficiente para afrontarlo juntos, sin imaginar todavía que aquella calma, tan merecida después de todo lo vivido, estaba a punto de ser puesta a prueba una última vez antes de que sonaran las campanas de la boda de Carmen.