C de Celia, H de Hugo (comedias románticas 2) Capítulo 12
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Capítulo 12

Silvia me llamó el lunes, algo que no esperaba en absoluto, con una voz que reconocí distinta a la de la cena de la semana anterior, más suave, casi vacilante.

Estaba en la tienda cuando sonó el teléfono, ajustando los últimos detalles de un broche art déco en uno de los complementos de las damas de honor, y por un momento, al ver el nombre de Silvia en la pantalla, sentí que el corazón me daba un vuelco, temiendo que la llamada trajera consigo alguna nueva complicación relacionada con la conversación de la semana anterior.

—Celia, espero que no te importe que te llame directamente. Hugo me ha contado que os llamó ayer para hablar de nuestra conversación, y quería disculparme yo misma, en persona, o al menos por teléfono, ya que no puedo hacerlo en persona ahora mismo.

—No hace falta que se disculpe, Silvia, de verdad.

—Sí hace falta. Dije algo que no debí decir, movida por costumbres de una época que ya debería haber superado hace tiempo.

La verdad es que llevo semanas viendo a mi hijo más feliz de lo que lo he visto en cuatro años, y en lugar de simplemente alegrarme por ello, me dejé llevar por preocupaciones que no tienen ningún fundamento real. Lo siento mucho.

—Se lo agradezco. De verdad.

Su voz, al otro lado de la línea, sonaba genuinamente aliviada, como si aquella llamada le hubiera costado más esfuerzo del que yo podía imaginar, algo poco habitual en una mujer que solía proyectar una seguridad casi inquebrantable en todo lo que decía.

—Quiero que sepas que te aprecio, Celia.

Lo que estás haciendo por la boda de Carmen, el cuidado con el que tratas a mi hijo, todo eso vale muchísimo más que cualquier consideración social absurda que se me pudiera pasar por la cabeza.

Espero que puedas perdonar a una mujer mayor por un momento de mal juicio.

—Está perdonada, Silvia. De verdad.

Aquella frase, dicha con toda la sinceridad que pude reunir, pareció aliviar a Silvia de una manera visible incluso a través del teléfono, y por primera vez desde que la conocía, la sentí genuinamente cercana, despojada de la formalidad elegante que solía envolver cada una de sus palabras.

Colgamos poco después, y me quedé sentada en el sofá de mi piso, con una sensación de alivio que no esperaba sentir con tanta intensidad, como si un peso que ni siquiera había terminado de identificar del todo se hubiera aligerado de golpe.

Lo que no supe hasta más adelante, porque Inés me lo contó casi de pasada durante la última prueba de vestuario, fue que Rodrigo había tenido, esa misma semana, una conversación con Carmen que probablemente explicaba su actitud distante y profesional en el jardín los días siguientes.

—Carmen le llamó la atención, por lo visto —me contó Inés, mientras revisaba la lista de proveedores confirmados—.

Le dijo, más o menos, que si volvía a intentar algo con la exnovia de su hermano, mientras trabajaba en su boda nada menos, iba a buscarse otro catering aunque tuviera que cancelar el contrato a estas alturas y pagar la penalización que fuera.

—¿Carmen le dijo eso?

—Carmen es mucho más feroz de lo que aparenta cuando se trata de proteger a la gente que quiere. Y por lo visto, Hugo también tuvo unas palabras con él, aunque no me ha contado los detalles exactos.

Aquella información me sorprendió gratamente, y aunque Hugo nunca lo mencionó explícitamente delante de mí, preferí no sacar el tema, entendiendo que aquel episodio se había resuelto ya, sin más dramas ni confrontaciones públicas necesarias.

Se lo conté a Hugo esa misma tarde, cuando vino a buscarme para ir juntos a la última prueba de vestuario antes de la boda, y su expresión, al escuchar que su madre me había llamado directamente, pasó por una sorpresa genuina que terminó en una sonrisa amplia, de alivio compartido.

—No sabía que iba a llamarte. Le dije que había metido la pata, pero no esperaba que fuera tan lejos como para disculparse ella misma.

—Me ha sorprendido, la verdad. Pero me ha gustado.

—Mi madre no suele disculparse fácilmente. Que lo haya hecho contigo dice mucho de lo importante que te has vuelto para esta familia en apenas un mes y medio.

Camino a la finca, con los cinco vestidos terminados y colgados con cuidado en el asiento trasero del coche, protegidos en fundas que Marta había insistido en reforzar “por si acaso, después de la semana que hemos tenido, no me fío ni de mi propia sombra”, Hugo me contó, con más detalle del que me había dado por teléfono, cómo había sido exactamente la conversación con su madre tras la disculpa.

—Le dije que espero que esto no vuelva a pasar, ni con la boda de Carmen ni con nada relacionado contigo en el futuro. Y me dijo, palabras textuales, que “a partir de ahora, va a intentar juzgar menos y confiar más” en mi criterio.

—Eso suena a un gran paso para ella.

—Lo es, créeme. Mi madre no cambia de opinión fácilmente sobre casi nada, así que si lo ha hecho esta vez, es porque de verdad le importa que esto funcione, aunque le cueste demostrarlo de la manera correcta a la primera.

La prueba fue, después de todo el drama de la semana anterior, sorprendentemente tranquila.

Las cinco damas de honor se probaron los vestidos ajustados, satisfechas con el resultado a pesar de todo lo que había pasado entre bastidores, y hasta Sofía, que en la primera prueba había mostrado tantas reticencias, admitió que el vestido, con los pequeños retoques que le habíamos hecho, le quedaba “todavía mejor que el original, la verdad”.

—¿Sabéis lo más gracioso de todo esto? —dijo Marina, mientras se admiraba en el espejo con el vestido puesto—.

Que si no hubiera pasado el incendio, nunca habríamos conocido a Carla como la costurera secreta que lleva escondiendo todo este tiempo.

Deberías dedicarte a esto profesionalmente, en serio.

Carla, que se había quedado ayudando otra vez esa tarde con los últimos retoques, se sonrojó ante el cumplido, restándole importancia con un gesto de la mano.

—Es solo un hobby, de verdad. Mi trabajo de verdad es bastante menos glamuroso, trabajo en un despacho de abogados llevando la contabilidad.

—Pues menudo talento desperdiciado —dije, admirando el trabajo que había hecho en el dobladillo de Nuria, una costura invisible que ni Marta, con su ojo entrenado, había conseguido detectar a primera vista—. Si alguna vez te cansas de la contabilidad, ya sabes dónde encontrarnos.

—Lo tendré en cuenta, la verdad. Nunca me había divertido tanto trabajando como estas últimas dos semanas, aunque suene raro decirlo teniendo en cuenta las circunstancias.

—Lo entiendo perfectamente. A veces las crisis sacan a relucir cosas buenas que de otra manera nunca habríamos descubierto.

Inés se acercó en ese momento, con la tablet en la mano y una expresión de satisfacción que llevaba semanas sin mostrar.

—Lo habéis conseguido —dijo, observando a las cinco mujeres desfilar frente al espejo con una expresión de alivio que igualaba a la mía—. Después de todo lo que ha pasado esta semana, no me lo puedo creer.

—Nunca lo dudes, Inés. Marta y yo no dejamos caer una boda ni aunque se incendie medio Madrid.

—Voy a recomendaros a todo el mundo que conozco después de esto, os lo prometo. Sois las mejores profesionales con las que he trabajado en años, y eso que llevo organizando bodas desde hace más de una década.

Aquel comentario, dicho con tanta sinceridad, se me quedó grabado durante el resto de la tarde, un pequeño recordatorio de que, más allá de todo el drama y la tensión de las últimas semanas, estábamos haciendo un trabajo del que sentirnos genuinamente orgullosas.

Rodrigo estaba también en la finca esa tarde, terminando de coordinar los últimos detalles del menú, y para mi sorpresa, cuando se cruzó conmigo en el jardín, se limitó a saludarme con un gesto profesional, distante, sin ningún rastro de las insinuaciones de la semana anterior.

—Celia. Espero que hayáis solucionado lo de los vestidos.

—Todo listo.

—Me alegro. —Se quedó un momento más, como si fuera a añadir algo, pero finalmente solo asintió y siguió con su trabajo, dejándome con la sensación de que, quizá, aquel capítulo con Rodrigo estaba por fin cerrándose del todo, sin dramas adicionales, sin más intentos de reabrir algo que ya no existía.

Carmen me encontró un rato después, mientras yo revisaba por última vez los complementos de las damas de honor, y me pidió, con una sonrisa un poco tímida, si podíamos hablar un momento a solas, lejos del bullicio de los últimos preparativos.

—Quería darte las gracias en persona —dijo, cuando nos alejamos hacia un rincón tranquilo del jardín—. Por todo. Por los vestidos, por supuesto, pero sobre todo por lo que has hecho por Hugo.

—No he hecho nada especial, Carmen, de verdad.

—Sí lo has hecho. Llevo cuatro años viendo a mi hermano cargar con todo, sin permitirse un solo momento de debilidad, sin dejar que nadie le ayudara de verdad con nada.

Y desde que apareciste tú, algo ha cambiado.

Le he visto pedir ayuda, admitir que está cansado, incluso reírse de cosas tontas sin sentir que está fallando a alguna responsabilidad invisible.

—Me alegra mucho escuchar eso.

—Hay algo más que quería decirte. —Carmen bajó un poco la voz, mirando hacia donde Hugo coordinaba con Inés los últimos detalles de la disposición de las mesas—.

Sé que él nunca te lo va a contar del todo, porque es demasiado orgulloso para admitir según qué cosas, pero después de que muriera nuestro padre, Hugo dejó de salir con nadie durante casi dos años.

No porque no le interesara, sino porque sentía que no tenía derecho a ser feliz mientras nuestra madre lo estaba pasando tan mal, mientras la empresa necesitaba tanto de él.

Verlo contigo, verlo permitirse esto, es más de lo que yo misma me atrevía a esperar para él.

Sentí que se me hacía un nudo en la garganta, una mezcla de ternura y de responsabilidad que no supe nombrar del todo en el momento, pero que se quedó conmigo durante el resto de la tarde.