Capítulo 11 #2
Le conté toda la conversación, palabra por palabra, y Bea, que normalmente reaccionaba con bromas y comentarios ligeros, se mantuvo seria durante toda la explicación, algo poco habitual en ella.
—Celia, escúchame. La pregunta que te estás haciendo, la de si eres suficiente, es la pregunta equivocada.
La pregunta correcta es si Hugo te trata como si lo fueras.
Y por todo lo que me cuentas, lo hace. Defiende lo vuestro delante de su madre, te cuenta las cosas incómodas en lugar de ocultarlas, aparece cada tarde para ayudar aunque no sepa coser un botón.
Eso no es poca cosa, Celia. Eso es exactamente lo que deberías estar buscando.
—¿Y si su madre nunca termina de aceptarme del todo?
—Entonces será su problema, no el tuyo. Tú no te casas con su madre, te casas, o sales, o lo que sea que estéis construyendo, con Hugo. Y por lo que cuentas, Hugo tiene bastante claro de qué lado está.
—Tienes razón. Es solo que después de lo de Rodrigo, cualquier duda, por pequeña que sea, se me hace una montaña.
—Es normal, Celia. No has tenido precisamente la mejor suerte con las relaciones hasta ahora, es lógico que cualquier señal de alarma, aunque sea falsa, te dispare las defensas.
Pero fíjate en la diferencia: Rodrigo te dejó con un audio de cuarenta y tres segundos sin darte ninguna explicación real.
Hugo te llamó de inmediato para contarte una conversación incómoda con su madre, antes incluso de que tuviera que hacerlo.
Esas dos cosas no se parecen en nada, aunque las dos duelan un poco al principio.
—Cuando lo dices así, tiene mucho sentido.
—Porque tiene sentido, cielo. Solo necesitas un poco de tiempo para que tu cabeza lo procese al mismo ritmo que tu corazón ya lo ha entendido.
—¿Sabes qué es lo más raro de todo esto, Bea?
Que hace dos meses, si me hubieras dicho que iba a estar aquí, preocupada por si encajo lo suficiente en la familia de alguien, me habría reído en tu cara.
Llevaba tanto tiempo protegiéndome de sentir nada parecido a esto que había olvidado lo aterrador que puede ser, incluso cuando es bueno.
—Especialmente cuando es bueno, diría yo. Lo malo ya sabes cómo gestionarlo, tienes práctica de sobra. Lo bueno es territorio nuevo, y da vértigo precisamente porque tienes algo que perder de verdad.
—Gracias por explicármelo así. Necesitaba escucharlo.
—Para eso estoy, Celia. Siempre.
Nos quedamos hablando un rato más, de cosas más ligeras esta vez, del trabajo de Bea, de un chico con el que había quedado la semana anterior y que, según sus propias palabras, “tenía potencial pero hablaba demasiado de sus gatos para una primera cita”, hasta que el sueño empezó a vencerme de verdad y colgamos con la promesa habitual de seguir hablando al día siguiente.
Me quedé más tranquila después de hablar con Bea, aunque la inquietud no desapareció del todo esa noche, instalada en algún rincón de mi pecho con la persistencia silenciosa de las dudas que, aunque se calmen, rara vez desaparecen del todo a la primera.
Se lo conté también a Marta al día siguiente, mientras preparábamos los últimos detalles de los complementos para las damas de honor, y ella, sin dejar de trabajar, escuchó toda la historia con una atención que agradecí enormemente.
—¿Sabes qué pienso? —dijo, cuando terminé de contarle todo—.
Que las madres como Silvia, las que han pasado por lo que ella ha pasado, a veces confunden el control con el amor.
No es que no te quiera cerca de su hijo, Celia, es que lleva cuatro años intentando controlar cada variable posible para proteger a su familia del dolor, y de repente aparece algo, alguien, que no puede controlar del todo, y eso le da miedo, aunque el miedo se disfrace de preocupación social.
—Puede que tengas razón.
—Casi siempre la tengo, es agotador para todos los que me rodean. —Sonrió, dejando a un lado el broche que estaba cosiendo a uno de los complementos—. Lo importante es que ya se ha disculpado, ¿no? Eso dice mucho más de ella que la preocupación inicial.
—Sí, la verdad es que sí.
—Entonces deja de darle vueltas y concéntrate en la boda, que ya nos queda menos de una semana y todavía tenemos que rematar mil detalles.
Seguí su consejo, al menos en apariencia, aunque durante los días siguientes seguí notando, de vez en cuando, un eco pequeño de aquella conversación con Silvia, un recordatorio de que construir una relación con alguien de un mundo tan distinto al mío iba a requerir, probablemente, más de una conversación incómoda a lo largo del camino.
Bea vino a la tienda el sábado por la tarde, con la excusa de “ver cómo van los preparativos” que en realidad escondía, como siempre, unas ganas incontenibles de fisgonear en los últimos detalles de la historia entre Hugo y yo, y se sentó en el pequeño sofá de la trastienda mientras Marta y yo terminábamos de planchar los últimos vestidos.
—Así que la madre te ha llamado para disculparse en persona —dijo, con los ojos brillantes de emoción—. Eso es prácticamente un sello de aprobación oficial, Celia. Deberías estar celebrándolo con champán, no planchando vestidos.
—Estoy celebrándolo a mi manera. Planchando vestidos con una sonrisa tonta en la cara, que es más de lo que hacía hace un mes.
—Es verdad, tienes razón. —Bea se quedó mirándome un momento, con una expresión más seria de la habitual—.
¿Sabes qué es lo que más me alegra de todo esto, Celia?
Verte relajada. Llevas dos años con los hombros tensos, como si estuvieras siempre esperando el próximo golpe, y desde que apareció Hugo, es como si por fin hubieras podido soltar el aire que llevabas conteniendo todo este tiempo.
—No sabía que se notaba tanto.
—Se nota muchísimo. Y me alegra mucho, de verdad, verte así.
Marta, que había escuchado toda la conversación sin decir nada mientras seguía con su trabajo, levantó la vista con una sonrisa cómplice.
—Yo llevo diciendo lo mismo desde el primer día del sujetador atascado, si os interesa mi opinión, que nadie me la ha pedido.
Las tres nos reímos, y aquella tarde, entre planchas y risas compartidas, sentí que tenía, a mi alrededor, exactamente el tipo de familia elegida de la que le había hablado a Hugo semanas atrás, gente que celebraba mis buenos momentos con la misma intensidad con la que sostenía los malos.