Capítulo 11
Encontramos flores el jueves, a través de una floristería en las afueras que trabajaba con Marta desde hacía años y que, tras una llamada cargada de súplicas y promesas de futuros encargos, aceptó hacerse cargo del pedido con una variedad ligeramente distinta a las peonías originales pero igualmente elegante, y los vestidos, después de días enteros de coser sin descanso, quedaron terminados el sábado por la tarde, cinco días antes de la boda, con un margen que a Marta y a mí nos pareció, después de la semana que habíamos tenido, prácticamente un lujo.
Pensé que, con las flores resueltas y los vestidos terminados, lo peor había quedado atrás. Me equivocaba.
El sábado por la tarde, nada más terminar de coser el último de los vestidos, Hugo me pidió que lo acompañara a un sitio, sin dar más detalles, solo pidiéndome que me abrigara bien porque “vamos a estar fuera un rato”.
Condujo en silencio la mayor parte del trayecto, hasta un cementerio en las afueras de Madrid, tranquilo y bien cuidado, con hileras de cipreses que dividían el terreno en secciones ordenadas, y aparcó cerca de una zona donde las lápidas eran de piedra clara, sencillas, sin ostentación.
—Es la tumba de mi padre —dijo, mientras caminábamos entre las hileras, con las manos metidas en los bolsillos del abrigo—. Vengo cada pocas semanas, normalmente solo. Nunca había traído a nadie, la verdad, ni siquiera a mi madre le gusta venir muy a menudo, dice que le resulta demasiado doloroso.
Nos detuvimos frente a una lápida sencilla, con el nombre de su padre grabado en letras pequeñas y precisas, y las fechas que marcaban una vida de sesenta y tres años, más corta de lo que cualquiera hubiera querido.
—Hola, papá —dijo Hugo, con una naturalidad que dejaba claro que aquella era una costumbre bien asentada—. Te traigo a alguien. Se llama Celia, y creo que te habría caído muy bien. Tiene mejor gusto para la ropa que cualquiera de las personas que conociste en vida, eso seguro.
Sonreí, sintiendo que se me humedecían los ojos sin poder evitarlo, conmovida por la sencillez de aquel gesto, por la confianza que suponía llevarme a un lugar tan íntimo.
—Le habría gustado la boda de Carmen —continuó Hugo, mirando la lápida con una expresión que mezclaba la tristeza con algo más parecido a la paz—. Aunque probablemente se habría quejado del presupuesto de las flores, era muy tacaño con esas cosas.
—¿En serio?
—Muchísimo. Una vez discutió media hora con un camarero por el precio de una botella de vino en un restaurante, delante de todo el mundo, solo por principio, aunque el precio fuera completamente razonable.
Nos quedamos allí un rato, en un silencio cómodo, con el viento moviendo suavemente las ramas de los cipreses, y en algún momento Hugo tomó mi mano, sin decir nada, solo buscando el contacto de una manera que se sintió, en aquel lugar tan cargado de significado, más importante que cualquier palabra.
—Gracias por traerme —le dije, cuando por fin empezamos a caminar de vuelta hacia el coche.
—Gracias por venir. No sé por qué, pero sentía que necesitaba que lo conocieras, aunque sea así, de esta manera tan indirecta.
—Lo entiendo. Yo también siento que ahora lo conozco un poco, después de todo lo que me has contado de él.
—Era un buen hombre, con sus defectos, como todos. Exigente, a veces demasiado, pero generoso también, de una manera que no siempre se veía a simple vista. Creo que habría estado orgulloso de cómo ha quedado la boda de Carmen, a pesar de todos los contratiempos.
—Estoy segura de que sí.
De vuelta en el coche, Hugo se quedó un momento más con las manos en el volante antes de arrancar, mirando hacia la entrada del cementerio con una expresión pensativa.
—¿Sabes qué es lo más raro? Después de que muriera, pasé meses enteros sin poder venir aquí. Me parecía insoportable. Y ahora, cuatro años después, es de los pocos sitios donde de verdad consigo pensar con claridad, sin la presión de tener que resolver algo constantemente.
—A veces el duelo funciona así, de maneras que no esperamos.
—Supongo que sí. —Arrancó el coche, por fin, y me miró de reojo con una pequeña sonrisa—. Gracias por escuchar todo esto sin poner cara rara, otra vez.
—Ya te dije que no tengo frases hechas preparadas para estas cosas. Solo tengo la sensación de que tu padre estaría muy orgulloso del hombre en el que te has convertido, incluida la parte en la que has aprendido, poco a poco, a dejar que otras personas te ayuden a sostener las cosas.
Hugo no contestó de inmediato, pero cuando lo hizo, su voz sonó más ligera de lo que la había escuchado en toda la semana.
—Eso espero.
El domingo, Hugo me llamó con una voz que reconocí enseguida como distinta a la de los días anteriores, no cansada sino genuinamente preocupada, de una manera que hizo que se me encogiera el estómago antes incluso de que empezara a hablar.
—Celia, necesito contarte algo, y no sé cómo vas a tomártelo.
—Me estás asustando.
Me senté en el borde de la cama, todavía con el teléfono pegado a la oreja, sintiendo cómo el corazón se me aceleraba con cada segundo de silencio que Hugo dejaba pasar antes de continuar, un silencio que en cualquier otra circunstancia habría interpretado como una simple pausa para ordenar las ideas, pero que esa mañana, después de la semana que habíamos tenido, se sintió cargado de un peso distinto.
—Mi madre me ha preguntado esta mañana, directamente, qué pretendo hacer contigo después de la boda.
—Vale. ¿Y eso es malo?
—No es malo en sí, pero la pregunta venía acompañada de una reflexión sobre…
sobre cómo se vería, dentro del círculo social de la familia, que estuviera saliendo con alguien que trabaja como proveedora en la boda de mi hermana.
Dice que la gente va a hablar, que va a parecer que te contraté a ti para algo más que para vestir a las damas de honor.
Le he dicho que me parece una preocupación absurda, pero se nota que le importa lo que la gente piense, sinceramente, más de lo que a mí me gustaría.
Sentí que el estómago se me caía hasta los pies, una sensación fría y desagradable que no tenía nada que ver con la fatiga de los últimos días.
—¿Y tú qué le has dicho?
—Le he dicho que me da absolutamente igual lo que piense la gente, que estoy con quien quiero estar y que si eso incomoda a alguien, es su problema, no el mío.
—¿Pero?
—Pero me ha dejado pensando, Celia, si esto va a ser un problema constante. Si cada vez que aparezcamos juntos en algún evento familiar o social, va a haber alguien cuestionando cómo nos conocimos, insinuando cosas que no tienen nada que ver con la realidad.
Me quedé en silencio un momento, procesando la información, sintiendo que la inseguridad que Rodrigo había plantado hacía unas semanas volvía a asomar, esta vez desde un ángulo completamente distinto.
—¿Te avergüenzas de cómo nos conocimos?
—No, claro que no. Jamás. Es solo que me preocupa que tú tengas que lidiar con comentarios, con miradas, con gente que no te conoce intentando definir quién eres a partir de un encargo de trabajo.
—Hugo, llevo toda mi vida adulta lidiando con gente que me mira por encima del hombro por trabajar en una tienda vintage en lugar de en una oficina con corbata.
No me asusta la gente que juzga. Lo que me asustaría de verdad es que tú, en algún momento, empezaras a dudar de esto por lo que piensen los demás.
—Nunca haría eso.
—Espero que no. Porque no pienso pasar el resto de esta relación demostrando que merezco estar en ella.
Hubo un silencio al otro lado de la línea, un silencio que se alargó lo suficiente como para preocuparme.
—Tienes razón —dijo, al fin—. Y siento haberte hecho dudar, aunque fuera sin querer, solo por contarte la conversación con mi madre. Debería haberla manejado yo solo y contártela después, ya resuelta, en lugar de traspasarte la preocupación a medio procesar.
—Prefiero que me la cuentes, aunque esté a medio procesar. Prefiero eso a que me ocultes las cosas incómodas, ¿recuerdas? Fue justo lo que hablamos hace unas semanas.
—Es verdad. Vale. Entonces te cuento el resto: le he dicho a mi madre que si de verdad le importa la opinión de gente que ni siquiera te conoce más que su propio hijo siendo feliz por primera vez en años, entonces tiene un problema de prioridades bastante serio.
Y le he pedido, con todo el cariño posible, que no vuelva a sacar el tema.
—¿Y cómo se lo ha tomado?
—Se ha quedado callada un buen rato. Y luego me ha dicho que tenía razón, que estaba dejándose llevar por costumbres antiguas que no tienen sentido en el mundo actual, y que la próxima vez que te vea, te va a pedir disculpas, aunque tú no sepas nada de esta conversación.
Sentí que algo se relajaba en mi pecho, aunque la inquietud no desapareció del todo, esa sensación pequeña y persistente de que, por muy bien que Hugo defendiera lo nuestro, siempre iba a haber gente en su mundo dispuesta a cuestionarlo.
—Gracias por defenderme.
—No hace falta que me des las gracias por eso, Celia. Es lo mínimo que puedo hacer.
—Aun así, gracias. Significa mucho saber que no voy a tener que librar estas batallas sola.
—Nunca vas a tener que librarlas sola, mientras yo tenga algo que decir al respecto.
Colgamos poco después, con la promesa de vernos al día siguiente para seguir con los preparativos, y me quedé sentada en mi cama, con el teléfono todavía caliente en la mano, repasando la conversación entera, sintiendo una mezcla extraña de gratitud y de vulnerabilidad que no supe nombrar del todo hasta mucho más tarde esa noche.
Aquella noche, después de colgar, me quedé pensando en la conversación durante horas, incapaz de conciliar el sueño del todo, dándole vueltas a la misma pregunta que Rodrigo había plantado semanas atrás y que ahora, desde un ángulo distinto, volvía a rondarme: ¿era yo suficiente, tal y como era, para encajar en el mundo de Hugo sin tener que cambiar nada de mí misma?
Llamé a Bea, aunque eran casi las doce de la noche.
—¿Estás bien? —preguntó, con la voz todavía adormilada.
—No lo sé, la verdad.