Capítulo 10 #3
—Vale, no tan bien. Un par de miembros del consejo llevan meses insistiendo en que deberíamos vender la participación en las bodegas de Rioja, la que mi padre compró hace quince años y a la que tenía más cariño que a cualquier otra parte del negocio.
Dicen que no es rentable a largo plazo, que deberíamos concentrar recursos en la distribución pura, sin meternos en producción.
—¿Y tú qué opinas?
—Que se equivocan, pero que quizá tengan razón desde un punto de vista puramente financiero.
El problema es que esa bodega no es solo un activo en un balance para mí.
Es donde mi padre pasaba los veranos, donde me enseñó a distinguir un buen vino de uno mediocre, donde tengo algunos de mis mejores recuerdos con él.
—Entonces no es solo una decisión de negocio.
—No, no lo es. Y esa es exactamente la parte que el consejo no entiende, o no quiere entender, porque para ellos solo son números en una hoja de cálculo.
—¿Y qué vas a hacer?
Hugo se quedó pensativo un momento, removiendo el café con más atención de la que requería la tarea.
—Voy a defenderla. Con argumentos financieros de verdad, no solo con nostalgia, porque sé que la nostalgia sola no convence a un consejo de administración. Pero voy a defenderla, cueste lo que cueste.
—Me alegra escuchar eso.
—¿Por qué?
—Porque es la primera vez que te escucho decir que vas a defender algo por lo que sientes de verdad, en lugar de simplemente ceder porque es lo más práctico o lo que se espera de ti.
Hugo me miró entonces con una expresión que no supe descifrar del todo, algo entre la sorpresa y la gratitud, y por un momento pensé que iba a decir algo más al respecto, pero en su lugar solo asintió, guardándose la reflexión para sí mismo, aunque su expresión dejaba claro que mis palabras habían calado más hondo de lo que ninguno de los dos comentó en ese momento.
—¿Sabes qué voy a hacer? —dijo, al fin, con una determinación nueva en la voz—.
Voy a proponer un plan alternativo. Mantener la bodega, pero reestructurar cómo la gestionamos, quizá buscando un socio especializado en producción que nos permita seguir siendo dueños sin tener que asumir toda la carga operativa nosotros mismos.
—Eso suena como una solución inteligente.
—Se me ha ocurrido anoche, mientras no podía dormir pensando en esto. A veces las mejores ideas llegan así, cuando menos las esperas.
—Deberías presentárselo al consejo cuanto antes, antes de que tomen alguna decisión precipitada.
—Tengo una reunión programada para la semana después de la boda. Voy a preparar la propuesta con calma, con números reales que respalden la decisión emocional, no solo el argumento sentimental.
—Me parece un buen plan.
—Gracias por escucharme sobre esto, Celia. No sueles trabajar en el sector de la distribución de vinos, pero tienes una manera de ayudarme a pensar con claridad que no encuentro en nadie más, ni siquiera en la gente que sí entiende del negocio.
—Para eso estamos, ¿no? Para pensar con claridad juntos, aunque sea sobre cosas que ninguno de los dos domina del todo.
Sonrió, terminando su café con una expresión más ligera de la que había mostrado al llegar, y por primera vez en toda la semana sentí que, a pesar de todo el caos del incendio y las flores canceladas, también estábamos construyendo algo sólido en los momentos más tranquilos, en las conversaciones de desayuno sobre bodegas familiares y consejos de administración.
Encontrar el nuevo proveedor de flores no fue tan sencillo como yo había prometido en un arranque de optimismo que, en su momento, sonó más convincente de lo que en realidad sentía.
Pasé buena parte del jueves siguiente al teléfono, llamando a cada floristería con la que La Percha había trabajado alguna vez, explicando la urgencia, negociando plazos, hasta que por fin di con Rosa, la dueña de una floristería pequeña en el barrio de Chamberí que conocía de un encargo anterior, una boda de hacía dos años en la que habíamos coincidido brevemente.
—Celia, qué alegría escucharte —dijo Rosa, con la calidez de quien recuerda con cariño una colaboración pasada—. Cuéntame qué necesitas.
Le expliqué la situación completa, el incendio, el proveedor cancelado, la boda a menos de dos semanas, y Rosa, después de un silencio que me hizo temer lo peor, soltó una risa que no esperaba.
—Vale, esto es exactamente el tipo de caos que me gusta resolver. Dame un par de horas para revisar disponibilidad con mis proveedores habituales y te llamo.
Rosa cumplió su palabra, y hacia media tarde ya teníamos un plan: en lugar de las peonías originales, que ningún proveedor podía garantizar a tiempo, optaríamos por una combinación de rosas de un tono coral suave y ramas de eucalipto que, según Rosa, “van a quedar incluso mejor que las peonías, más elegantes y con menos posibilidades de que se marchiten antes de tiempo con el frío que está haciendo”.
Le llevé la propuesta a Hugo esa misma tarde, con fotografías de composiciones similares que Rosa me había enviado, preparada para tener que convencerlo de que el cambio no suponía ningún sacrificio en calidad, pero Hugo, al ver las imágenes, simplemente asintió con una expresión de alivio genuino.
—Es precioso, Celia. Mejor que lo original, la verdad, aunque no sé si debería admitir eso en voz alta después de todo el drama de esta semana.
—Puedes admitirlo, no se lo voy a contar a nadie.
—¿Y Carmen? ¿Crees que le va a gustar el cambio?
—Le he enviado ya las fotos a Inés para que se las enseñe. Si no le convence del todo, todavía tenemos un par de días de margen para ajustar algo, pero creo que le va a encantar.
Carmen, cuando vio las fotografías esa misma noche, respondió con un mensaje tan entusiasta que hasta Inés, normalmente comedida en sus valoraciones, admitió que “quizá el incendio ha sido, sin quererlo, una bendición disfrazada”.