C de Celia, H de Hugo (comedias románticas 2) Capítulo 10 #2
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Capítulo 10 #2

—De nada. Ni un solo día. Esta tienda me ha dado más de lo que ese matrimonio me dio nunca, y te ha traído a ti, que ya es un motivo suficiente para no arrepentirme de nada.

Me acerqué y la abracé, un gesto poco habitual entre nosotras, más acostumbradas a demostrarnos el cariño con bromas y con trabajo compartido que con gestos físicos, y Marta, después de un segundo de sorpresa, me devolvió el abrazo con una fuerza que dejaba claro que lo necesitaba tanto como yo.

—Vale, ya está bien de sentimentalismos —dijo, apartándose con los ojos un poco brillantes—. Todavía nos quedan vestidos por terminar y no se van a coser solos.

Nunca me imaginé que esa pregunta tendría una respuesta tan reveladora, ni que aquella noche de confesiones compartidas en la trastienda de La Percha se convertiría, con el paso de las semanas, en uno de los recuerdos que más atesoraría de todo aquel otoño de bodas, incendios y descubrimientos inesperados sobre la gente que más quería.

—Deberías irte a casa —le dije el martes por la noche, cuando ya eran casi las once y Hugo seguía sentado en un rincón de la tienda, revisando en su móvil los últimos detalles logísticos de la boda mientras Marta y yo terminábamos de ajustar el dobladillo del vestido de Sofía—.

No tiene sentido que te quedes despierto viéndonos coser.

—No me importa quedarme. Prefiero estar aquí que en casa solo, preocupándome sin poder hacer nada.

—Hugo, llevas cinco días viniendo cada tarde después del trabajo. Vas a terminar agotado.

—Estoy bien.

—No lo pareces.

Marta, con el tacto que la caracterizaba en según qué momentos, decidió en ese instante que necesitaba “revisar algo urgente en el almacén”, dejándonos a Hugo y a mí prácticamente solos en la tienda, con la única compañía de la máquina de coser todavía tibia y la radio sonando muy bajo de fondo.

Hugo levantó la vista del móvil, con unas ojeras que confirmaban lo que yo ya sospechaba, y por un momento la tensión acumulada de los últimos días se hizo visible en su expresión de una manera que no había mostrado hasta entonces.

—Si esta boda sale mal, Celia, si algo falla el día D, no va a ser solo un problema logístico.

Va a ser… voy a sentir que le he fallado a mi hermana, y a mi madre, y a la promesa que hice hace cuatro años.

Sé que suena desproporcionado, sé que un incendio en un taller no es culpa de nadie, pero no puedo evitar sentir que todo esto recae sobre mí de alguna manera.

—No es culpa tuya, Hugo. Ni tampoco es tu responsabilidad exclusiva arreglarlo. Marta y yo estamos aquí, trabajando en esto tanto como tú, y lo vamos a conseguir. Los vestidos van a estar listos.

—¿Y si no lo están?

—Entonces improvisaremos, como hacemos siempre en este oficio. Pero te prometo que va a salir bien.

No pareció del todo convencido, y se quedó callado un momento, con la mirada fija en un punto indefinido del suelo de la tienda, como si estuviera librando una batalla interna que no tenía nada que ver con vestidos ni con proveedores.

—A veces pienso que si dejo que algo salga mal, aunque sea una vez, aunque sea algo pequeño, todo lo demás se va a desmoronar detrás. Como si llevara cuatro años sujetando algo con las dos manos y en cuanto suelte un poco, se me va a caer todo.

—Hugo, eso no es sostenible. Nadie puede sujetarlo todo para siempre sin que algo, en algún momento, se resienta.

—Lo sé. Racionalmente lo sé. Pero saberlo no hace que sea más fácil soltar.

Le tomé la mano, sentándome a su lado en el pequeño sofá de la trastienda que Marta había comprado hacía años en un mercadillo y que ninguna de las dos se había atrevido a tirar a pesar de lo gastado que estaba ya el tapizado.

—No tienes que soltarlo todo de golpe. Solo tienes que dejar que, de vez en cuando, alguien más lleve un poco del peso contigo. Esta semana, por ejemplo, ese alguien somos Marta y yo, cosiendo hasta las tantas para que los vestidos estén listos.

—Lo sé, y os lo agradezco más de lo que puedo expresar con palabras.

—Pues déjanos ayudarte de verdad, entonces. No solo trayendo café.

Sonrió, un poco, cansado pero real, y por un momento la tensión de la conversación se aflojó lo suficiente como para que ambos pudiéramos respirar con más calma.

El miércoles, la tensión acumulada de la semana terminó estallando de una manera que ninguno de los dos había previsto.

Hugo llegó a la tienda más tarde de lo habitual, con una expresión sombría que atribuí, en un primer momento, al cansancio general de la semana, pero que resultó tener un origen más concreto.

—El proveedor de las flores acaba de cancelar —dijo, sin preámbulos, dejándose caer en una silla con un gesto que no era propio de él—. Dice que ha tenido un problema con el pedido de peonías que Carmen quería específicamente, y que no puede garantizar la entrega a tiempo.

—Vale, respira. Podemos buscar otro proveedor.

—Llevo dos horas llamando a floristerías, Celia. Nadie tiene disponibilidad para un pedido de esta magnitud con tan poco margen.

—Lo encontraremos. Conozco gente en el sector, a través de otros encargos de la tienda.

—No es tan simple. Todo esto no es tan simple.

Se levantó de la silla y empezó a caminar de un lado a otro del pequeño espacio libre que quedaba entre las estanterías de la tienda, con el móvil todavía en la mano, repasando mentalmente, por lo que pude deducir de sus gestos, la lista completa de todo lo que podía salir mal en los próximos días.

—Llevo toda la semana apagando fuegos, literalmente en el caso del taller, y cada vez que resuelvo uno, aparece otro. Empiezo a pensar que esta boda está gafada, que el universo ha decidido ponernos a prueba de todas las maneras posibles antes de dejarnos llegar al día D.

—El universo no gafa bodas, Hugo. Estas cosas pasan. Los incendios pasan, los proveedores cancelan, es parte de organizar cualquier evento grande, no una señal de nada.

—Fácil decirlo cuando no eres tú quien tiene que darle explicaciones a mi madre cada vez que algo falla.

Su tono, más cortante de lo habitual, me pilló desprevenida, y sentí que algo se tensaba en mi pecho, una alarma pequeña pero clara.

—Hugo, entiendo que estás estresado, pero no hace falta que lo pagues conmigo. Estoy intentando ayudar.

—No lo estoy pagando contigo. Es solo que…

llevo diez días sin dormir bien, con un incendio, con proveedores que cancelan, con mi madre preguntándome cada dos horas cómo va todo, y a veces necesito un segundo para simplemente estar frustrado sin que alguien me diga inmediatamente que todo va a salir bien.

—Vale. Tienes razón. Lo siento.

Nos quedamos en silencio un momento, un silencio incómodo, distinto a los silencios cómodos que habíamos compartido hasta entonces, y por primera vez desde que estábamos juntos sentí la distancia de una discusión pequeña pero real, el tipo de fricción que toda relación acumula tarde o temprano y que, hasta ese momento, habíamos conseguido evitar.

—Perdona —dijo Hugo, al fin, pasándose las manos por la cara con un gesto de cansancio absoluto—. No debería haberte hablado así. No es culpa tuya que las flores hayan cancelado, ni el incendio, ni nada de esto. Estoy descargando en ti una frustración que no tiene nada que ver contigo.

—Lo entiendo, de verdad. Pero necesito que sepas que estoy de tu lado en esto, Hugo, no soy un obstáculo más en tu lista de problemas.

—Lo sé. Lo sé perfectamente. Es solo que llevo tanto tiempo resolviendo cosas solo que se me olvida, a veces, que ahora tengo a alguien con quien compartir el peso.

Se quedó callado un momento, mirándome con una expresión que mezclaba el cansancio con algo más tierno, más vulnerable de lo que solía permitirse mostrar.

—¿Sabes qué es lo raro? Llevo cuatro años acostumbrado a que nadie me pregunte cómo estoy de verdad, más allá del “todo bien, ¿no?” de cortesía.

Y tú lo haces constantemente, sin que yo tenga que pedírtelo.

Todavía me estoy acostumbrando a que alguien se preocupe así, sin que sea una obligación ni un favor que luego tenga que devolver.

—No tienes que devolver nada, Hugo. Así no funcionan las relaciones sanas.

—Lo sé, en teoría. En la práctica todavía me cuesta un poco creérmelo del todo.

—Pues vamos a tener que practicar juntos, entonces.

Se acercó y me abrazó, un abrazo que se sintió, después de la tensión de los minutos anteriores, como una disculpa mucho más elocuente que cualquier palabra, y me quedé ahí, entre sus brazos, sintiendo que aquella pequeña fricción, por incómoda que hubiera sido, también había servido para algo: para recordarnos a los dos que lo que teníamos era lo bastante real como para sobrevivir a un mal momento sin resquebrajarse del todo.

—Vamos a encontrar flores —dije, contra su pecho—. Y vamos a terminar los vestidos a tiempo. Y la boda de tu hermana va a salir bien, Hugo, te lo prometo.

—¿Cómo puedes estar tan segura?

—Porque llevo tres años haciendo que las cosas salgan bien en situaciones imposibles. Es literalmente mi trabajo.

Se rio, un poco, contra mi pelo, y aquella risa, pequeña y cansada como era, me confirmó que lo peor de la tormenta ya había pasado.

Lo que Hugo no me había contado, no del todo, era que aquella misma semana, en mitad de todo el caos de los vestidos y las flores, había tenido también una reunión especialmente tensa con el consejo de administración de la empresa familiar, una reunión que solo mencionó de pasada el sábado, mientras desayunábamos juntos en mi piso, con una ligereza que no engañó a nadie.

—¿Qué tal fue la reunión del consejo? —le pregunté, sirviendo el café con una naturalidad que esperaba disimulara mi curiosidad genuina.

—Bien. Complicada, pero bien.

—Hugo.