Capítulo 10
El viernes, apenas doce horas después de la cena con Silvia, todo lo bueno de la noche anterior quedó momentáneamente aparcado por una llamada de Inés a las siete y media de la mañana, con un tono de urgencia que no había escuchado en ella hasta entonces.
—Celia, tenemos un problema. Un problema grande.
Me incorporé en la cama de golpe, todavía medio dormida, con el corazón acelerándose antes incluso de saber de qué se trataba.
—¿Qué ha pasado?
—El taller que estaba haciendo los últimos ajustes de los vestidos de las damas de honor ha tenido un incendio esta noche. Nadie ha salido herido, menos mal, pero el taller entero se ha quemado. Con los vestidos dentro.
Sentí que el suelo se movía bajo mis pies, literalmente, aunque estaba sentada en la cama.
—¿Todos los vestidos?
—Los cinco. Los de las damas de honor. El de Carmen está a salvo, lo tenían en otro sitio, gracias a Dios, pero los otros cinco han desaparecido, literalmente, entre las llamas.
—Inés, la boda es en diez días.
—Lo sé, Celia, créeme que lo sé mejor que nadie ahora mismo. He llamado ya a tres talleres distintos intentando encontrar quien pueda ayudarnos con la urgencia, pero todos están completamente saturados con encargos propios, y ninguno se compromete a nada en un plazo tan corto.
—¿Y las telas? ¿Se ha salvado algo?
—Nada, Celia. El taller estaba en la planta baja de un edificio antiguo, y por lo que me han contado los bomberos, el fuego se propagó muy rápido por culpa de unos rollos de tela sintética que había almacenados cerca de la zona donde parece que empezó todo. No ha quedado nada aprovechable.
Cerré los ojos un momento, respirando hondo, intentando pensar con claridad a pesar del pánico incipiente que sentía subir por el pecho.
—Vale. Dame una hora. Voy a hablar con Marta y os llamo con un plan.
—Gracias, Celia. De verdad. Sabía que erais la opción correcta para esta boda desde el primer día que vi los vestidos de la trastienda.
Colgué el teléfono y me quedé sentada en la cama un momento, procesando la información, antes de llamar a Marta, que contestó al segundo tono con la voz todavía pastosa del sueño.
—Marta, tenemos una emergencia.
Le expliqué la situación mientras me vestía a toda prisa, y para cuando llegué a la tienda, veinte minutos después, Marta ya estaba allí, con el ordenador abierto y una expresión de determinación que reconocía de otras crisis anteriores, más pequeñas, pero que confirmaba que estábamos a punto de entrar en modo supervivencia total.
—Vale —dijo, sin perder tiempo en lamentaciones—. Tenemos diez días. No podemos hacer cinco vestidos completamente nuevos desde cero, no con la calidad que necesitamos, pero sí podemos trabajar con lo que ya tenemos en la tienda, ajustándolo a las medidas de cada una de las chicas.
—¿Crees que va a ser suficiente?
—Va a tener que serlo. No tenemos otra opción.
Pasamos el resto del viernes revisando cada rincón del almacén, sacando vestidos que pudieran servir como base, calculando qué ajustes serían necesarios, y a media mañana, Hugo apareció en la tienda con una expresión tensa que no había visto en él desde el día de la reunión con Rodrigo, cargando café para los tres y una determinación silenciosa de ayudar en lo que fuera necesario, aunque no tuviera ni idea de costura.
—¿Qué puedo hacer? —preguntó, dejando los cafés sobre el mostrador.
—Ahora mismo, la verdad, poco —dije, sin apartar la vista de un vestido verde botella que estaba evaluando para Julieta—. Esto es trabajo de aguja y tijera, y tú, con todo el cariño, no tienes ni idea de coser un botón.
—Podría aprender.
—No tenemos diez días para que aprendas a coser, Hugo, los necesitamos para los vestidos en sí.
—Entonces déjame hacer algo. Llamadas, coordinación, lo que sea. No pienso quedarme sentado mientras vosotras resolvéis esto solas.
Marta y yo intercambiamos una mirada, y entre las dos le fuimos asignando tareas: contactar con las damas de honor para reprogramar las pruebas con la máxima urgencia, coordinar con Inés los horarios, incluso hacer recados cuando hizo falta ir a comprar hilo de un color muy concreto que se nos había acabado a media tarde.
Carla, la más callada del grupo de damas de honor, fue la primera en llegar esa misma tarde, avisada por un Hugo que había conseguido, con una eficiencia sorprendente para alguien acostumbrado a reuniones de consejo de administración más que a logística de vestuario, reorganizar toda la agenda de pruebas en cuestión de horas.
—Siento mucho lo del incendio —dijo Carla, mientras se probaba el vestido color champán que ya conocía de la primera prueba, ahora sacado directamente del stock de la tienda—. Debe de ser un caos organizarlo todo de nuevo tan rápido.
—Un poco, sí. Pero lo vamos a conseguir.
—Si necesitáis ayuda con algo, decídmelo. Sé coser, mi abuela me enseñó de pequeña.
Aquella oferta, inesperada y generosa, terminó siendo más útil de lo que ninguna de las dos esperaba, porque Carla, además de resultar tener verdadero talento con la aguja, se quedó las tardes siguientes ayudándonos con los ajustes más sencillos, liberando tiempo para que Marta y yo nos concentráramos en los detalles más delicados de cada vestido.
—Esto no formaba parte de tu trabajo como dama de honor —le dije el lunes, mientras las tres cosíamos en un silencio cómodo, roto solo por la radio que Marta insistía en poner siempre de fondo.
—No, pero Carmen es mi mejor amiga desde el colegio, y verla estresada por esto me estresa a mí también. Prefiero ayudar a quedarme en casa sin hacer nada útil.
Sofía y Julieta se pasaron también por la tienda esos días, no tanto para coser, porque ninguna de las dos tenía la habilidad de Carla con la aguja, pero sí para hacer compañía, traer bocadillos a horas intempestivas y, en el caso de Sofía, ofrecer una perspectiva sobre moda contemporánea que, para mi sorpresa, resultó bastante útil a la hora de decidir algunos detalles finales de los complementos.
—¿Sabéis lo que más me sorprende de todo esto?
—dijo Sofía, una noche, mientras las cinco —Marta, Carla, Julieta, ella y yo— trabajábamos en un silencio cómodo, roto solo por la radio de fondo—.
Que hace unas semanas, en la primera prueba, estaba convencida de que esta iba a ser la peor boda de mi vida como dama de honor.
Y ahora, con todo el caos del incendio, es probablemente la experiencia más bonita que he tenido en mucho tiempo.
—¿Por el drama? —pregunté, sin poder evitar una sonrisa.
—No, por esto. —Señaló a su alrededor, la tienda llena de telas y agujas, las cinco trabajando juntas en algo que, en teoría, no nos correspondía compartir de manera tan íntima—.
Por sentir que formamos parte de algo, no solo que estamos cumpliendo con una obligación social.
Nunca había tenido tanta relación con las personas que me hacían el vestuario de una boda, la verdad.
—Nosotras tampoco solemos tener tanta relación con las damas de honor —admitió Marta, sin levantar la vista de su costura—. Normalmente es un trato mucho más profesional, más distante. Esto ha sido distinto.
—Puede que el incendio haya sido, sin quererlo, lo mejor que le ha pasado a esta boda —dijo Julieta, con una sonrisa cansada pero sincera—. Aunque suene raro decirlo.
—No suena tan raro —contesté, pensando en todo lo que había cambiado en las últimas semanas, en la manera en que la crisis nos había obligado a acercarnos de una forma que, sin el caos, quizá nunca habría sucedido—.
A veces las cosas más difíciles terminan sacando lo mejor de la gente, si se les da la oportunidad.
Los siguientes días fueron un torbellino de trabajo que apenas dejaba tiempo para dormir.
Marta y yo nos turnábamos en la tienda, cosiendo hasta altas horas de la madrugada, ajustando cada vestido con una precisión que no admitía errores, mientras Hugo aparecía cada tarde con comida, con café, con la disposición constante de quien quiere ayudar aunque no sepa exactamente cómo hacerlo de manera práctica.
Una de aquellas noches, mientras cerrábamos la tienda más tarde de lo habitual después de una jornada especialmente agotadora, Marta se sentó en el mostrador con una copa de vino que se había servido “porque me lo he ganado, y tú también, así que sírvete otra”, y por primera vez en mucho tiempo me contó, sin que se lo pidiera, algo de su propia historia.
—¿Sabes por qué abrí esta tienda? —preguntó, mirando hacia los percheros llenos de ropa que llevábamos años cuidando juntas.
—Nunca me lo has contado del todo, la verdad.
—Tenía treinta y cuatro años, estaba casada con un hombre que no me dejaba tomar ninguna decisión sin consultárselo primero, ni siquiera qué ropa comprarme, y un día, viendo un vestido de los años sesenta en un mercadillo, sentí algo que llevaba mucho tiempo sin sentir: la certeza de que quería algo solo porque a mí me gustaba, sin necesidad de justificarlo ante nadie más.
—¿Y qué pasó?
—Compré el vestido. Y luego compré otro.
Y en unos meses tenía un armario entero lleno de ropa vintage y una obsesión completamente nueva.
Mi marido se rio de mí al principio, diciendo que era “una fase”, y cuando le dije que quería abrir una tienda con mis ahorros, se opuso frontalmente.
Así que lo dejé, a él, no la idea de la tienda, y usé los ahorros de todas formas.
Me quedé mirándola, sorprendida por la sinceridad repentina, por lo poco que sabía en realidad de la vida de Marta antes de La Percha, a pesar de los tres años que llevábamos trabajando codo con codo.
—Nunca me habías contado esto.
—No suelo hacerlo. Pero te veo con Hugo, viendo cómo defiendes lo que sientes por él a pesar de las dudas de su madre, a pesar de Rodrigo, a pesar de todo, y me recuerda un poco a mí misma con esta tienda.
A veces la gente que más te quiere es la que más te frena, sin darse cuenta, porque tienen miedo de que te hagas daño, o simplemente porque no entienden que lo que tú necesitas es distinto de lo que ellos habrían elegido.
—¿Te arrepientes de algo?