C de Celia, H de Hugo (comedias románticas 2) Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

La cena, servida por una mujer mayor que Silvia presentó como Amparo, “que lleva con nosotros desde que Hugo tenía diez años, prácticamente forma parte de la familia”, transcurrió entre anécdotas de la infancia de Hugo que él intentaba, sin mucho éxito, minimizar o desviar, y preguntas de Silvia que, aunque formuladas con educación, tenían la precisión de quien está evaluando algo con mucho más cuidado del que aparenta.

—Cuéntale lo del campamento de verano —dijo Amparo, dejando una fuente de verduras asadas en el centro de la mesa con una sonrisa cómplice que dejaba claro que aquella anécdota era una de sus favoritas.

—Amparo, por favor, no.

—¿Qué campamento? —pregunté, ya intrigada, sin poder disimular la curiosidad.

—Tenía nueve años —empezó Silvia, ignorando por completo las protestas de su hijo—, y se empeñó en que quería ir a un campamento de supervivencia en la montaña, de esos donde los niños duermen en tiendas y aprenden a hacer fuego sin cerillas.

Su padre y yo dudábamos, porque Hugo, hasta entonces, jamás había mostrado el más mínimo interés por nada relacionado con la naturaleza, pero insistió tanto que al final accedimos.

—¿Y qué pasó?

—Que duró dos días —dijo Amparo, ya riéndose abiertamente—. Nos llamó desde el teléfono del campamento, llorando, diciendo que se había dado cuenta de que prefería mil veces los hoteles con piscina climatizada.

—No es que prefiriera los hoteles —protestó Hugo, con las orejas ya bastante rojas—. Es que descubrí que tenía una alergia severa a un tipo de planta que crecía por toda la zona del campamento, y nadie se había dado cuenta hasta entonces.

—La alergia se descubrió el segundo día, Hugo. El primer día ya estabas llorando por el teléfono del despacho del monitor.

—Eso es un detalle sin importancia.

Me reí con tantas ganas que tuve que dejar los cubiertos sobre el plato, imaginando a un Hugo de nueve años, entre lágrimas, suplicando que lo rescataran de un campamento de supervivencia, una imagen que contrastaba de una manera entrañable con el hombre serio y controlado que había conocido frente a la puerta de La Percha.

—Bueno, al menos descubriste pronto tus límites —le dije, todavía riéndome.

—Descubrí que la naturaleza y yo tenemos una relación complicada, sí. Prefiero admirarla desde una distancia prudencial, idealmente con aire acondicionado cerca.

—Eso explica por qué tu casa de Asturias, según me has contado, tiene más ventanales que jardín propiamente dicho.

—Exactamente. Ventanales grandes, para admirar la naturaleza sin tener que estar directamente expuesto a ella.

Silvia nos observaba con una expresión que no supe descifrar del todo al principio, hasta que caí en la cuenta de que sonreía de una manera que hacía mucho tiempo que no le veía sonreír, según me confesaría Amparo más tarde, mientras recogíamos juntas los platos del primer plato.

—¿Qué? —preguntó Hugo, notando la mirada de su madre.

—Nada. Solo me alegra veros así, riendo por tonterías. Hacía tiempo que no veía esta mesa tan alegre.

—¿Y tu familia, Celia? ¿A qué se dedican? —preguntó Silvia, ya con el segundo plato servido, retomando el hilo de las preguntas con la misma precisión educada de antes.

—Mi madre trabaja en administración, en un colegio. Mi padre… no tenemos mucha relación, la verdad. Se marchó cuando yo era pequeña.

Silvia asintió, sin la incomodidad que otras personas mostraban ante esa revelación, sino con algo parecido a la comprensión genuina.

—Las familias son complicadas. La mía también lo fue, a su manera, aunque de una forma distinta. Lo importante no es de dónde vienes, sino la gente que eliges tener cerca cuando ya eres adulta.

—Eso mismo pienso yo.

Algo en la mirada de Silvia cambió entonces, una suavidad que no había estado ahí al principio de la cena, y por primera vez sentí que quizá aquella noche iba a salir mejor de lo que había temido.

Después de la cena, mientras Hugo ayudaba a Amparo a recoger la mesa —una tarea que insistió en hacer él mismo, a pesar de las protestas de Amparo, en lo que parecía una costumbre arraigada de toda la vida—, Silvia me invitó a sentarme con ella en el salón, junto a la chimenea que ya empezaba a encenderse para combatir el frío de las noches de noviembre que se acercaban.

—Quiero preguntarte algo, Celia, y espero que no te importe la franqueza.

—Adelante.

—Hugo lleva cuatro años sin ser realmente feliz.

Desde que murió su padre, se ha convertido en una especie de…

sostén, de la familia, de la empresa, de todo.

Y ha sido bueno en ello, no me malinterpretes, ha hecho un trabajo excepcional.

Pero le ha costado, en el proceso, algo de sí mismo que todavía no ha recuperado del todo.

Escuché sin interrumpir, con la certeza de que aquella conversación importaba más de lo que su tono tranquilo sugería.

—Desde que apareciste tú en su vida, algo ha cambiado. Sonríe distinto. Habla distinto. Incluso discute conmigo de una manera más ligera, menos cargada de la responsabilidad que suele llevar encima. No sé exactamente qué has hecho, pero quiero que sepas que se lo agradezco, sea lo que sea.

—No he hecho nada especial, la verdad. Solo… he intentado escucharlo, supongo. Y animarlo a que piense en lo que él quiere, no solo en lo que se espera de él.

—Eso es más de lo que la mayoría de la gente ha intentado en cuatro años, créeme.

Hugo apareció en ese momento, secándose las manos con un trapo de cocina, y al ver la expresión en la cara de las dos, se detuvo en el umbral con cierta cautela.

—¿De qué habláis?

—De nada que te importe —dijo Silvia, con una sonrisa que dejaba claro que sí que le importaba, y mucho, aunque no fuera a admitirlo delante de él—. Ven, siéntate, que todavía tenemos que hablar de los últimos detalles de la boda de tu hermana.

La noche terminó pasadas las once, con Silvia despidiéndose de mí en la puerta con un abrazo que me sorprendió por su calidez, tan distinto de la formalidad con la que había empezado la velada.

—Vuelve cuando quieras, Celia. Y no solo por las bodas de la familia.

—Gracias, Silvia. Ha sido un placer.

Amparo se asomó también al recibidor para despedirse, con un cariño que dejaba claro que aquella noche había ganado, sin proponérselo, otra aliada más dentro de la familia.

—Vuelve pronto, cielo. Y la próxima vez te enseño más anécdotas vergonzosas de este —dijo, señalando a Hugo con un gesto travieso—. Tengo material de sobra para varias cenas más.

—Cuento con ello —respondí, riéndome, mientras Hugo ponía los ojos en blanco con resignación teatral.

Ya en el coche, camino a mi casa, Hugo me miró de reojo con una sonrisa que llevaba conteniendo, evidentemente, toda la noche.

—Le has caído genial.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque mi madre no invita a nadie a “volver cuando quiera”. Es su manera particular de decir que apruebas el examen.

—¿Había un examen?

—Siempre hay un examen con mi madre. Es solo que normalmente no es tan sutil al respecto.

La última chica que trajo a casa un amigo mío del trabajo, hace un par de años, salió de la cena convencida de que Silvia la odiaba, y en realidad le había caído genial, solo que mi madre tiene una manera muy particular de demostrar aprobación que no siempre se entiende a la primera.

—Menos mal que a mí me lo has traducido.

—Menos mal, sí. Aunque contigo no ha hecho falta mucha traducción, la verdad. Ha sido bastante obvio desde el principio que le gustabas.

—¿Desde el principio? Yo la vi bastante seria al abrir la puerta.

—Esa es su cara por defecto. La cara que hay que vigilar es la otra, la que ha puesto cuando le has contado lo de la señora de ochenta y tres años y el vestido verde esmeralda. Esa sonrisa pequeña que ha hecho es la que reserva para muy poca gente.

Me reí, sintiendo que se me relajaban por fin los hombros después de una noche entera de tensión contenida, y apoyé la cabeza contra la ventanilla, viendo pasar las calles de Madrid iluminadas, pensando que aquella cena, que tanto había temido, se había convertido, sin que lo esperara, en una de las noches más importantes de las últimas semanas.

Ya en mi piso, sola, me quité los zapatos con un suspiro de alivio y me dejé caer en el sofá, todavía con el vestido burdeos puesto, repasando mentalmente cada momento de la velada: el examen implícito de las primeras preguntas, la anécdota del campamento que había humanizado a Hugo de una manera que ninguna conversación previa había conseguido, la conversación junto a la chimenea que había dejado claro que Silvia, detrás de su fachada elegante y ligeramente intimidante, era sobre todo una madre preocupada por la felicidad de su hijo.

Le escribí a Bea antes de acostarme, un mensaje largo que resumía la noche entera con el mismo entusiasmo con el que ella lo había recibido todo desde el principio de esta historia.

“Ha ido genial. Mejor de lo que esperaba, la verdad. Su madre me ha invitado a volver.”

“TE LO DIJE. Sabía que ibas a caerle bien. Ahora solo falta que sobrevivas a la boda sin más incendios ni ex-novios pesados y ya tenemos el cuento de hadas completo.”

Me reí, sola, en mitad de mi salón, sin saber todavía que aquel comentario de Bea, dicho en broma, iba a resultar más profético de lo que ninguna de las dos hubiera podido imaginar.