C de Celia, H de Hugo (comedias románticas 2) Capítulo 9
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Capítulo 9

La invitación llegó un lunes, en forma de mensaje de Hugo tan escueto que tardé varios minutos en entender del todo lo que estaba pidiendo.

“Mi madre quiere conocerte. Cena el jueves en su casa. Sé que suena a mucho, pero prefiero avisarte con tiempo para que no te pille de sorpresa.”

Me quedé mirando la pantalla del móvil con la misma sensación de vértigo que se siente al asomarse a un balcón demasiado alto, esa mezcla de miedo y de ganas de asomarse un poco más, y llamé a Bea antes incluso de contestarle a él.

—¿La madre? —chilló Bea, con un entusiasmo que no ayudaba nada a calmar mis nervios—. Celia, eso es serio. La gente no presenta a su madre a cualquiera.

—Puede que sea solo cortesía, porque voy a estar en la boda de todas formas.

—No, no, no. Si fuera solo cortesía, te la presentaría el día de la boda, entre doscientos invitados, no en una cena privada en su casa. Esto es una declaración de intenciones, Celia.

—Genial. Justo lo que necesitaba, más presión.

—No es presión, es una buena señal. Aunque entiendo que las dos cosas a veces se sientan exactamente igual.

Le contesté a Hugo que sí, claro, que allí estaría, intentando sonar más tranquila de lo que me sentía, y pasé los tres días siguientes entre el trabajo en la tienda —que no dejaba de ser una locura, con la boda de Carmen ya a diez días vista y una lista de tareas que no paraba de crecer— y una ansiedad silenciosa sobre qué ponerme, qué decir, cómo comportarme delante de una mujer de la que solo sabía, hasta entonces, que había perdido a su marido hacía cuatro años y que le había pedido a su hijo mayor que cuidara de todo lo demás.

—¿Y si no le gusto? —le pregunté a Marta el miércoles, mientras doblaba una pila de pañuelos de seda para el escaparate con más fuerza de la necesaria.

—¿Y si le gustas? —respondió ella, sin levantar la vista de la caja registradora—. Has pensado en esa opción también, ¿verdad? Porque por lo que me cuentas de Hugo, no parece de los que presentan a cualquiera a su madre solo por diversión.

—Ya, pero es que su madre… no sé, imagino a alguien intimidante. Con la empresa, con la casa, con todo lo que representan.

—Celia, tú tratas con mujeres intimidantes todos los días. Ayer mismo convenciste a una clienta que llevaba veinte minutos discutiendo por el precio de un abrigo de que se lo llevara sin descuento porque “el valor de una prenda no está solo en la etiqueta”. Puedes con esto.

—No estaba tan segura, pero agradecí el voto de confianza de todos modos.

El martes por la tarde, mientras cerrábamos la tienda, Marta insistió en hacer una especie de simulacro de la cena, sentándose frente a mí en el mostrador con los brazos cruzados y una expresión seria que no le había visto usar nunca fuera del contexto de negociar precios con proveedores.

—Vale, imagina que soy Silvia. Pregúntame algo sobre mi familia.

—Marta, esto es ridículo.

—Es exactamente lo que necesitas. Practicar. Vamos, pregunta.

Suspiré, siguiéndole el juego a pesar de todo, y durante casi media hora estuvimos improvisando una versión exagerada y absurda de la cena, con Marta interpretando a una Silvia mucho más severa e intimidante de lo que resultaría ser en realidad, interrogándome sobre mis “intenciones” con su hijo con un acento que pretendía sonar aristocrático y que terminó, más que calmándome los nervios, haciéndome reír con tantas ganas que se me saltaron las lágrimas.

—¿Ves? —dijo Marta, volviendo a su tono normal—. Ya estás más relajada. Cualquier cosa que pase el jueves va a ser mucho menos dramática que esto.

—Eso espero.

—Y si no lo es, siempre puedes usar la frase que le dijiste a Rodrigo hace unas semanas. Esa de que no eres tú quien tiene que arreglar los problemas de nadie más.

—No creo que le pueda decir eso a la madre de Hugo en su propia casa, Marta.

—Nunca se sabe. A veces las madres más intimidantes solo están esperando a que alguien les plante cara con educación.

No supe si aquel consejo era sabio o completamente descabellado, pero de alguna manera, entre las risas del simulacro y la certeza tranquila de Marta, llegué al jueves con menos nervios de los que había esperado tener.

El jueves llegó más rápido de lo que me hubiera gustado.

Elegí, después de probarme prácticamente todo mi armario y buena parte del de la tienda, un vestido midi de color burdeos que Marta insistió en que era “elegante sin parecer que lo estás intentando demasiado”, y a las ocho en punto Hugo me recogió en la puerta de mi portal, con un ramo de flores pequeño en la mano que, según explicó con cierta vergüenza, era “para mi madre, no para ti, aunque también podría haberte traído algo, no sé por qué no se me ocurrió”.

—No pasa nada, prefiero que la mimes a ella esta noche. Yo ya he tenido mi ración de mimos esta semana.

—Eso es verdad, la cena del miércoles con las palomitas quemadas cuenta como mimo, supongo.

—Cuenta muchísimo.

La casa de la familia de Hugo estaba en el barrio de Chamberí, un edificio de principios de siglo con fachada de piedra y un portal tan solemne que por un momento pensé que me había equivocado de dirección, hasta que Hugo, notando mi vacilación, me tomó de la mano con una naturalidad que consiguió calmarme, al menos un poco.

—No es tan grave como parece por fuera —dijo, mientras subíamos en un ascensor antiguo con puertas de rejilla dorada—. Mi madre es intensa, pero no muerde. Casi nunca, al menos.

—Qué tranquilizador.

—Lo digo en broma. Te va a caer bien. Y tú le vas a caer bien a ella, estoy seguro.

El ascensor se detuvo con una sacudida suave, y mientras subíamos los últimos peldaños hasta la puerta del piso —porque, según explicó Hugo, “el ascensor solo llega hasta el rellano inferior, es un capricho arquitectónico de principios de siglo que nadie ha tenido el valor de arreglar”—, noté cómo se le tensaban los hombros bajo la chaqueta, un gesto que contrastaba con la seguridad que había mostrado hasta entonces.

—¿Tú también estás nervioso? —le pregunté, sorprendida.

—Un poco. Nunca había traído a nadie a cenar aquí, la verdad. Ni siquiera en época de universidad, cuando mis amigos venían a estudiar, mi madre siempre encontraba una excusa para no coincidir con ellos si sospechaba que había algo más que amistad de por medio.

—¿Y por qué conmigo es distinto?

Se detuvo un segundo, justo antes de llamar al timbre, y me miró con una expresión que ya empezaba a reconocer, esa mezcla de sinceridad y vulnerabilidad que solo mostraba en momentos muy concretos.

—Porque contigo no me importa lo que piense, en el fondo. Quiero que te conozca porque quiero que forme parte de esto, sea lo que sea que estemos construyendo. No porque necesite su aprobación para seguir adelante.

La puerta del piso se abrió antes de que Hugo llegara a llamar, revelando a una mujer de unos sesenta años, elegante de una manera que no parecía requerir ningún esfuerzo, con el pelo gris recogido en un moño impecable y unos ojos que reconocí enseguida como los mismos de Hugo, la misma manera seria de mirar que había visto en él aquel primer día frente a La Percha.

—Hugo, llegas tarde —dijo, a modo de saludo, antes de girarse hacia mí con una expresión que se suavizó, aunque solo ligeramente—. Y tú debes de ser Celia.

—Encantada de conocerla, señora Valdés.

—Silvia, por favor. Señora Valdés hace que me sienta como si tuviera que estar organizando un consejo de administración en lugar de una cena.

Nos hizo pasar a un salón amplio, lleno de fotografías familiares en marcos de plata y estanterías repletas de libros que parecían leídos de verdad, no solo decorativos, y durante los primeros minutos la conversación se mantuvo en el terreno seguro de las formalidades: cómo había ido el tráfico, si había encontrado sitio para aparcar, cómo iban los preparativos de la boda.

—Hugo me ha contado que trabajas en una tienda de ropa vintage —dijo Silvia, sirviendo el vino con una precisión que sugería años de práctica en cenas de este tipo—. Debe de ser un trabajo interesante.

—Lo es, aunque no siempre de la manera que la gente imagina. Hay mucho de psicología detrás, de entender lo que alguien necesita antes de que lo sepa expresar del todo.

—Interesante. ¿Y siempre quisiste dedicarte a esto?

—No exactamente. Empecé casi por casualidad, cubriendo un verano a una amiga de mi jefa, y me quedé porque descubrí que se me daba bien.

—A veces las mejores cosas de la vida llegan así, sin planearlas —dijo Silvia, con una mirada que se desvió, brevemente, hacia Hugo, con un significado que no supe interpretar del todo—.

Aunque a mi hijo eso le cuesta entenderlo.

Lleva toda la vida planificando cada paso con tanto detalle que a veces olvida que las cosas también pueden salir bien sin un plan detrás.

—Mamá.

—¿Qué? Es un cumplido, en el fondo. Aunque no lo parezca.

—Cuéntame más sobre la tienda —continuó Silvia, ignorando la protesta de su hijo con una naturalidad que dejaba claro que aquel patrón se repetía desde hacía años—. ¿Cuánto tiempo lleváis abiertas?

—Casi diez años. Marta, mi jefa, la abrió cuando todavía nadie hablaba de moda vintage con el interés que tiene ahora. En su momento fue casi una apuesta arriesgada, y ahora es de las tiendas de referencia en el barrio.

—Admiro a la gente que apuesta por cosas antes de que se pongan de moda. Requiere una visión que no todo el mundo tiene.

—Marta la tiene, sin duda. Yo simplemente tuve la suerte de llegar en el momento adecuado.

—No creo que sea solo suerte, por lo que cuenta Hugo de tu trabajo. Suena a que tienes un talento genuino para entender lo que la gente necesita, aunque no sepan expresarlo del todo bien.

Sentí que se me calentaban un poco las mejillas ante el cumplido, sorprendida de que Hugo hubiera hablado de mi trabajo con tanto detalle como para que su madre pudiera repetir aquella descripción casi palabra por palabra.

—Le he contado bastante sobre ti, sí —admitió Hugo, notando mi expresión—. Espero que no te importe.

—No me importa en absoluto. Solo me sorprende, para bien.