Capítulo 8 #3
Consideré, por un momento, seguir escondiéndolo, minimizarlo como había hecho con Marta, pero algo en la manera directa en que Hugo lo había planteado, sin acusación, solo con curiosidad genuina, me hizo cambiar de idea.
—Rodrigo me habló el jueves pasado, en la finca. Me dijo que se arrepentía de cómo terminamos, que quizá cometió un error.
Vi cómo la mandíbula de Hugo se tensaba, un gesto pequeño pero inconfundible, aunque su voz se mantuvo tranquila cuando habló.
—¿Y qué le dijiste?
—Que el error lo cometió hace dos años y que este no era ni el momento ni el lugar para arreglarlo. Que estoy con alguien y que lo que tenemos no tiene nada que ver con él.
—¿Y por qué no me lo contaste antes?
Suspiré, dejando el trapo con el que estaba secando un plato sobre la encimera, buscando las palabras adecuadas para explicar algo que ni yo misma terminaba de entender del todo.
—Porque me daba vergüenza admitir que, aunque sea solo por un segundo, me hizo dudar. No de lo que siento por ti, eso lo tengo clarísimo, sino de si estaba siendo justa contigo, de si estaba arrastrando demasiado peso de lo anterior a esto.
Hugo se acercó, tomándome las manos entre las suyas con una calma que consiguió, casi de inmediato, aflojar el nudo que llevaba dos días instalado en mi pecho.
—Celia, todos arrastramos peso. Yo arrastro el mío, con lo de mi padre, con la promesa que le hice a mi madre, con todo lo que eso significa. La cuestión no es no tener dudas, es no dejar que esas dudas decidan por nosotros sin que lo hablemos primero.
—Eso mismo me dijo Marta.
—Marta es una mujer sabia.
—Lo es, aunque se le olvida bastante a menudo pagarme a tiempo.
Hugo se rio, y el ambiente se aligeró de golpe, esa tensión que llevaba dos días acumulándose disolviéndose con la misma facilidad con la que se había formado.
—Gracias por contármelo —dijo, más serio otra vez, aunque con una calidez que no había perdido—. Prefiero que me cuentes las cosas incómodas antes que descubrirlas por otro lado, o que las guardes hasta que se conviertan en algo más grande de lo que son.
—Lo tendré en cuenta para la próxima vez.
—Espero que no haya próxima vez con Rodrigo, la verdad, pero agradezco el compromiso general.
Me reí, y me acerqué a él, apoyando la frente contra su pecho, dejando que me rodeara con los brazos en ese abrazo que ya se había convertido, en apenas unas semanas, en uno de mis lugares favoritos del mundo.
—¿Sabes qué es lo más raro de todo esto? —dije, con la voz un poco ahogada contra su camisa—. Que Rodrigo, sin querer, me ha hecho darme cuenta de algo importante.
—¿De qué?
—De que ya no siento nada por él. Ni rabia, ni nostalgia, ni siquiera esa curiosidad incómoda de saber cómo le va la vida.
Nada. Y durante mucho tiempo pensé que esa ausencia de sentimiento significaba que todavía no lo había superado del todo, que estaba reprimiendo algo.
Pero ahora entiendo que es justo lo contrario.
Es la prueba de que sí lo he superado, por fin, completamente.
Hugo me besó la frente, un gesto pequeño y cálido que se sintió, de alguna manera, como el cierre definitivo de un capítulo que llevaba dos años sin terminar de escribir del todo.
—Me alegro de haber estado aquí para verlo.
—Yo también me alegro de que estuvieras aquí.
Nos quedamos así un rato más, abrazados en mitad de mi diminuta cocina, con los platos todavía por fregar y la ciudad murmurando fuera de la ventana, y pensé, con una certeza que no había sentido en mucho tiempo, que fuera lo que fuera que la boda de Carmen tuviera preparado para las próximas dos semanas, lo que había entre Hugo y yo era ya, pasara lo que pasara, algo lo bastante fuerte como para sostenerse por sí solo.
Esa noche, cuando Hugo se marchó ya tarde, con un beso largo en la puerta y la promesa de vernos el fin de semana siguiente para la penúltima prueba de vestuario antes de la boda, me quedé un rato sentada en el sofá, sola, repasando mentalmente todo lo que había pasado en las últimas semanas: el sujetador atascado, el vestido verde esmeralda, el reencuentro incómodo con Rodrigo, el jardín bajo la lluvia, la azotea con las luces colgantes, el banco bajo el árbol, la cocina llena de confesiones.
Todo aquello, sumado, ya no parecía la condena que había temido al principio, sino más bien el comienzo de algo que llevaba mucho tiempo esperando, sin saberlo, a que le dieran una oportunidad de verdad.
Escribí un último mensaje antes de dormirme, esta vez a Bea, que seguramente ya estaría dormida pero que leería el mensaje a primera hora de la mañana con la misma emoción con la que había vivido cada capítulo de esta historia desde el principio.
“Creo que esto es real, Bea. De verdad de verdad.”
“Lo sé desde el primer día, cielo. Ya iba siendo hora de que tú también lo vieras.”
Sonreí, dejé el móvil en la mesita de noche, y me quedé dormida con esa sonrisa todavía puesta, sin sospechar que la boda de Carmen, ya a menos de dos semanas, estaba a punto de poner a prueba, de una manera que ninguno de los dos podía prever todavía, todo lo que habíamos construido con tanto cuidado en las últimas semanas.