C de Celia, H de Hugo (comedias románticas 2) Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

Me di la vuelta antes de que pudiera responder, con el corazón latiéndome deprisa y las manos ligeramente temblorosas, y caminé de vuelta hacia la carpa, donde Marta me esperaba con una expresión de preocupación que dejaba claro que había visto, aunque fuera de lejos, que la conversación no había sido precisamente agradable.

—¿Estás bien?

—Estoy bien. Rodrigo siendo Rodrigo, nada nuevo.

No le conté los detalles a Marta, no en ese momento, aunque ella insistió un poco más mientras recogíamos las últimas cosas del coche.

—Celia, te conozco desde hace tres años. Sé cuándo algo te ha afectado de verdad y esto te ha afectado.

—Estoy bien, de verdad.

—No tienes que estar bien todo el tiempo, ¿sabes? Puedes estar mal un rato y contármelo, para eso estoy aquí, además de para venderte vestidos y pagarte el sueldo con más retraso del que me gustaría admitir.

Me reí, a pesar de todo, porque Marta tenía ese don particular de aligerar cualquier momento pesado con un comentario sobre sí misma, y por un segundo estuve tentada de contarle toda la conversación con Rodrigo, palabra por palabra, pero algo me detuvo, quizá el miedo de que ponerlo en voz alta le diera más peso del que merecía.

—Es solo Rodrigo siendo Rodrigo —repetí—. Intentando sembrar dudas donde no las hay, como siempre ha hecho.

—¿Y lo ha conseguido?

Dudé antes de responder, lo suficiente como para que Marta captara la duda antes incluso de que yo la verbalizara.

—Un poco. No sobre lo que siento por Hugo, eso lo tengo clarísimo. Pero sí sobre si estoy siendo justa con él, si le estoy dando a esto la oportunidad que merece sin arrastrar todo el peso de lo anterior.

—Celia, todos arrastramos algo de peso a las relaciones nuevas. Sería raro que no fuera así. Lo importante no es no tener peso, es no dejar que ese peso decida por ti.

Aquella frase se me quedó grabada durante el resto del trayecto de vuelta a Madrid, mientras Marta conducía y yo miraba por la ventanilla el paisaje de las afueras difuminándose en la creciente oscuridad de la tarde, pensando en cuánto peso, exactamente, estaba dispuesta a dejar atrás y cuánto, sin darme cuenta, seguía cargando conmigo sin ni siquiera notarlo.

No le conté los detalles a Hugo tampoco, no en ese momento, porque necesitaba procesarlos yo primero, y porque una parte de mí, una parte pequeña pero persistente, se había quedado enganchada en la pregunta de Rodrigo de una manera que me irritaba profundamente admitir: ¿era real lo que tenía con Hugo, o era, aunque fuera en parte, una reacción a todo lo que Rodrigo había roto?

La duda me acompañó el resto de la tarde, incluso cuando Hugo llegó a la finca una hora después y me buscó enseguida, con esa sonrisa que ya se había convertido en una de mis cosas favoritas del mundo, y me abrazó sin preguntar, solo porque sí, solo porque llevábamos horas sin vernos y porque a esas alturas ya no necesitábamos excusas para tocarnos.

—¿Todo bien? —preguntó, notando algo en mi cara que yo no había conseguido esconder del todo.

—Todo bien. Cansada, nada más.

No le mentí del todo, pero tampoco le conté toda la verdad, y esa pequeña omisión, ese silencio que elegí en lugar de la sinceridad completa, se instaló en algún rincón de mi pecho durante el resto del día, como una piedra pequeña en el zapato que no duele lo suficiente como para detenerte a quitártela, pero que tampoco te deja caminar del todo tranquila.

Esa noche, ya en casa, con Hugo de vuelta en la suya después de acompañarme hasta el portal con un beso largo que casi consiguió borrar del todo la conversación con Rodrigo, llamé a Bea y le conté todo, sin editar nada, incluida la parte de la duda que me negaba a admitir en voz alta a cualquier otra persona.

—¿Y tú qué crees? —me preguntó, con una seriedad poco habitual en ella—. Olvídate de lo que dijo Rodrigo. ¿Tú qué sientes cuando estás con Hugo?

Pensé en la respuesta un momento, de verdad, antes de contestar, repasando mentalmente las últimas semanas: el paseo por el jardín, la conversación sobre su padre en el coche, el beso en el banco de la plaza, la manera en que sus manos encontraban las mías sin pensarlo, como si llevaran mucho tiempo practicando ese gesto.

—Siento que por primera vez en mucho tiempo no tengo que fingir ser nadie distinto a quien soy.

—Entonces ahí tienes tu respuesta. Y la próxima vez que Rodrigo intente sembrar dudas donde no las hay, mándalo a la mierda con mucho más gusto del que le mandaste hoy.

Me reí, la primera risa de verdad desde la conversación en el jardín, y colgué el teléfono con la sensación de que, a pesar de todo, a pesar de la piedra pequeña que Rodrigo había conseguido meter en mi zapato, lo que tenía con Hugo seguía siendo, de la manera más clara posible, exactamente lo que parecía: real, sin trucos, sin nada escondido detrás.

El móvil volvió a sonar un rato después, justo cuando ya me estaba quedando dormida, y por un momento pensé que sería Hugo, dándome las buenas noches como había empezado a hacer casi todas las noches desde la cena en La Latina. Pero era Carmen.

“Hola Celia, espero que no te importe que te escriba tan tarde. Quería darte las gracias por todo lo que estás haciendo con el vestuario, mi madre no para de hablar de lo bien que le ha quedado el vestido a las chicas. Y también quería decirte, si no es muy raro por mi parte, que me alegra mucho ver a Hugo así. Hace mucho que no lo veía sonreír tanto por algo que no fuera trabajo.”

Leí el mensaje dos veces, sorprendida por la sinceridad de una mujer a la que apenas conocía de un par de reuniones y una prueba de vestuario, y sentí que algo se aflojaba en mi pecho, algo relacionado con el miedo de estar construyendo una relación sobre terreno inestable, un miedo que la conversación con Rodrigo había reavivado sin que yo quisiera admitirlo del todo.

“Gracias por decírmelo, Carmen. Yo también me alegro mucho. Nos vemos en la próxima prueba.”

“Allí estaré. Y Celia… gracias también por cuidarlo un poco. Lleva años cuidando de todo el mundo menos de sí mismo.”

Dejé el móvil sobre la mesita de noche y me quedé un rato mirando el techo, pensando en la promesa que Hugo le había hecho a su madre hacía cuatro años, en el peso que llevaba cargando desde entonces, y en la manera extraña en que la vida a veces decide juntar a las personas exactamente cuando más se necesitan la una a la otra, aunque ninguna de las dos lo hubiera planeado así.

Hugo notó que algo pasaba dos días después, un viernes por la noche, mientras cenábamos en mi piso una pasta improvisada que había cocinado él mismo con lo poco que encontró en mi nevera, demostrando que su torpeza en la cocina, de la que Marcos tanto se había burlado, era quizá una exageración más que una realidad.

—Llevas dos días rara —dijo, sin rodeos, mientras recogía los platos—. No es nada grave, no te preocupes, solo lo he notado. Estás aquí pero también un poco en otro sitio.